Según las advertencias de los expertos que estudian la huella ecológica, parece ser que el 28 de julio habremos utilizado ya todos los recursos naturales que nos corresponden para el 2023. Es decir, necesitaremos 1,8 veces el planeta Tierra para nuestro mantenimiento. Y no tenemos más planeta alternativo.

A ello hay que considerar que el reparto de los recursos es absolutamente injusto. La desigualdad sigue creciendo, y según el último informe de Oxfam, el 1% más rico ha acaparado casi dos terceras partes de la nueva riqueza generada desde 2020 a nivel global (casi el doble que el 99% restante de la humanidad), mientras observamos como la hambruna aparece en países africanos debido a la falta de suministro de cereales por la guerra en Ucrania.

Estamos todavía dando vueltas a cómo conducir de forma política y democrática la globalización, cuando parece que el tablero económico salta de nuevo por los aires. No hemos sabido extraer aún las lecciones positivas de la globalización como podría ser la distribución global de recursos, la cooperación, la solidaridad, la equidad mundial. ¿Para qué debía servir la globalización?

Hemos estado creando organismos internacionales y acuerdos a nivel mundial que pudieran atender problemas gravísimos que hoy son globales como el cambio climático, el agotamiento de nuestro planeta, la sostenibilidad, la desigualdad económica-social, las migraciones, las tecnologías de la comunicación …

Hay problemas que superan las fronteras nacionales y todos somos conscientes de ello. El reto estaba en conseguir desde la política aunar esfuerzos, trabajar en busca de un bien común universal, y procurar un orden mundial que garantizara la mayor estabilidad política.

Sin embargo, todo está saltando por los aires. En mi opinión, lo retrata muy bien The Economist, en el artículo traducido por Juan Gabriel López, https://www.lavanguardia.com/internacional/20230118/8687238/nueva-logica-destructiva-amenaza-globalizacion.html

La economía manda de nuevo y altera las negociaciones, acuerdos, instituciones, organismos y problemas globales. Ahora la economía necesita nacionalización, cierre de fronteras, fuera las alianzas, invertir dentro de cada lugar para garantizar un “sálvese quien pueda”. Aunque esto parece correcto dentro de una lógica de gobiernos y partidos nacionales que deben proteger a su ciudadanía por encima del resto, no deja de tener consecuencias serias en la configuración de una política global.

Pregunto: una renacionalización de “nosotros primero”, ¿supone un recrudecimiento de las relaciones internacionales, sobre todo, un mayor enfrentamiento entre las grandes potencias, EEUU y China? ¿Qué pasa con un sistema político-económico como el de la Unión Europea?

¿Puede el mundo y, sobre todo, los perdedores del sistema económico quedar excluidos de los acuerdos globales? ¿Dónde queda el beneficio mutuo si solo se prioriza el nacional?

El proteccionismo como forma política de entender el mundo no ayudará a resolver los problemas comunes ni tampoco a extender unos valores humanistas, sino que acentuará la insolidaridad, la división social y los nacionalismos más egoístas. Como bien apunta el artículo, “si las políticas de suma cero se perciben como éxitos, solo se conseguirá que sea más difícil abandonarlas”. Y lo que es evidente es que, cuanto mayor sea el nacionalismo económico, más difícil será encontrar espacios de colaboración mundial, de salvar los problemas del cambio climático, de rescatar a países endeudados, de colaborar comercialmente con los países más pobres, o de buscar diálogos entre bloques cada vez más recelosos y enfrentados.

Ana Noguera