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A ver si te reconoces

Vuelvo de viaje a casa y el portero me dice que mi mujer acaba de salir hace unos segundos. Estoy cansado, el calor se ha convertido en un amigo maniático, conviene huir de él, pero tengo ganas de hablar con ella, así que le dejo la maleta y salgo a la calle. Si va a comprar alguna cosa para la cena, seguro que ha doblado la esquina de la izquierda. A la hora que es no está abierto el mercado del barrio. La tienda de desavíos, donde compramos los olvidos urgentes, y el supermercado nos quedan a la izquierda.

La veo pasar por delante de la farmacia. Acelero para acercarme a ella, pero me detengo antes de llegar porque me gusta mirarla mientras anda con el bolso colgado en el hombro derecho. La cabellera negra que le cae sobre la espalda y la decisión de sus pasos, envueltos en una encantadora falta de agilidad, como si arrastrase al mundo y tirase de la vida en cada uno de sus movimientos, son para mí una contraseña de alegría íntima. No me cuesta trabajo imaginar su cara. Está guapa.

Muy guapa, demasiado guapa, pienso. Ella no se arregla así para comprar unos sándwiches, una botella de vino o una lata de melva canutera. ¿A dónde irá? Decido seguirla, me entretiene la idea de espiarla mientras cruza la calle Fuencarral. Rompe mis previsiones de itinerario al continuar por Manuela Malasaña. No me va a ser difícil mantener mi persecución en secreto, porque hay mucha gente en la calle, parejas, muchachas con perro, grupos de jóvenes detrás de los que esconderse. La vida celebra con sus mejores escándalos la existencia, carcajadas, ropa ligera, brazos desnudos, nombres que cruzan de una acera a otra. Muchas llamadas de atención, pero mi mujer no vuelve la cabeza en ningún momento. Parece que sabe bien hacia dónde va.

De golpe se apodera de mí la inquietud. ¿Y si tiene un amante? ¿Y si en nuestra vida se ha abierto una existencia paralela de la que yo no soy consciente? Los celos se apoderan de mí, por unos segundos me distraigo, casi la pierdo, porque acaba de doblar por San Bernardo y me cuesta trabajo reconocerla entre los paseantes. Al volverla a ver, la repentina indignación se ha convertido en un sentimiento de culpabilidad y tristeza. Demasiados viajes, demasiadas inercias, falta de atención y de conversaciones tranquilas para poner música, arreglar el mundo entre los dos, confesar miedos, murmurar sobre los conocidos, comentar las peripecias de los amigos, ese libro que nos ha gustado o ese otro que nos ha gustado mucho menos de lo que deseábamos.

La veo entrar en un portal de la calle Acuerdo. Dudo un segundo, un minuto. Podría haberla llamado, puedo ahora volverme y esperarla en casa, contarle mi viaje, preguntarle qué tal le ha ido o decirle de manera directa que la he visto al llegar y la he seguido hasta una casa de la calle Acuerdo. Pero no hay portero en el número 1 de la calle Acuerdo, así que no me resisto a entrar y subir por las escaleras, recorrer despacio los pisos, esperando que mis oídos reconozcan alguna voz. Al llegar al tercero veo que hay una puerta abierta. Voy a entrar. No llamo.

Una estantería larga me lleva desde la entrada hasta un pasillo. Paso delante de la cocina y me detengo en la puerta del dormitorio. Ella está ya desnuda, abrazada al cuerpo de un hombre, besándolo. Me quedo paralizado cuando descubro la cara del hombre en la almohada y veo mis ojos, mi nariz, mis labios, el pelo que ella me acaba de despeinar con sus manos. Mi mujer vuelve la cabeza hacia donde yo estoy, sonríe y me pregunta: ¿cuándo vas a reconocerte?  

Luis García Montero
Publicado en Infolibre

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