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«Ninguna frontera, patria o idea vale más que las vidas humanas»

Conversar con Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) en la librería Antonio Machado de la plaza de las Salesas de Madrid convierte un día cualquiera en uno especial. La autora de ‘El infinito en un junco’ (Siruela) domina esa sutil disciplina del lenguaje que transforma cualquier charla en una experiencia única. La extenuante gira de promoción de un fenómeno editorial que ha traspasado fronteras y lenguajes no deja señales de piloto automático. Hay respeto por todas las preguntas, intensidad en las reflexiones y generosidad en las respuestas. Entre otros muchos premios, la escritora ha ganado el de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, el Nacional de Ensayo y el de Los Libreros Recomiendan. No es para menos: su obra ha roto prejuicios, tópicos y verdades asentadas en el mundo editorial y ha acercado a cientos de miles de lectores a un paisaje que, ‘a priori’, parecía más dispuesto para filólogos y profesores. Un libro sobre los libros en la Antigüedad que sigue arrasando en más de treinta países y que ya ha sido traducido a más de veinte idiomas. Todo en Irene Vallejo es verdad, coherente e inteligente, interesante y bello. No hay rasgo alguno de impostura. 

El escritor Joseph Roth sostenía que «ninguna patria política da a sus hijos tantos rasgos comunes como una era o una época a los suyos». ¿Qué te dice la actualidad del tiempo que nos ha tocado vivir?

Para mí, la literatura ha sido siempre la demostración de que existen parentescos insospechados con personas que vivieron en otras latitudes e incluso en otras épocas. Cuando traduces a los autores clásicos y te identificas con sus emociones, comprendes que aquello que os une es más fuerte que las cuestiones circunstanciales, las adscripciones o las identidades. Confieso que en algunos momentos de mi vida he tenido la necesidad de que me liberasen del momento asfixiante que vivía dentro de las coordenadas de mi tiempo. Por ejemplo, cuando sufrí acoso escolar, fue a través de la literatura como pude entrever un mundo muchísimo más amplio donde me acogieran; donde sentirme cómoda sin tener que estar transformándome para adaptarme a los que me rodeaban. La literatura nos recuerda que podemos sentirnos identificados con una persona nacida en otro país, en otra patria o con otras inquietudes y sentirnos más cerca de ella que de nuestros contemporáneos.

Si nos aferramos al momento que nos ha tocado, la pandemia no termina de pasar y no acertamos a vislumbrar sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. Por si fuera poco, aparece una guerra dura en las fronteras de Europa por la invasión de Putin a Ucrania. Vuelven los fantasmas del pasado: la inflación sube y Alemania se rearma. No puedo evitar pensar que no me gusta nada lo que veo.

Este presente es desasosegante. Nos habíamos olvidado de la fragilidad de todo lo que habíamos conseguido. Habíamos llegado a pensar que la paz era lo normal y la guerra, una excepción, cuando históricamente sucede lo contrario. Dice Homero que antes se cansan los seres humanos de comer, cantar, bailar y festejar que de hacer la guerra. En el siglo XX hicieron el cálculo: en los 3.500 primeros años de civilización solo hubo cerca de 200 años sin guerra. También nos habíamos olvidado de las pandemias y creíamos que algunos de los privilegios de los que disfrutábamos eran seguros, firmes e inquebrantables. Espero que sacudidas como esta sirvan para proteger de nuevo las cosas importantes. Por ejemplo, puede ser un buen momento para repensar la Unión Europea y la democracia, amenazadas por varios frentes. Ha llegado el momento de formar allí donde es importante y olvidar esa confianza temeraria con la que hemos abandonado el pensamiento y la defensa activa de ciertas ideas.

Desde los orígenes del humanismo, nunca la naturaleza subjetiva de una idea se situaba por encima de la naturaleza objetiva de una vida. Sin embargo, en el lugar del que yo vengo hubo un gran fallo del sistema de valores: muchos pensaron que las ideas propias valían más que las vidas ajenas. Es algo contracíclico a los últimos siglos europeos que ahora volvemos a ver en Ucrania. ¿Por qué nos pasa esto una y otra vez? ¿Por qué solo 200 años sin guerra?

Ojalá tuviera la respuesta. Fallamos reiteradamente a la hora de aceptar que ninguna frontera, patria o idea vale más que las vidas humanas. Durante los últimos años, el humanismo se ha considerado una serie de conceptos inútiles, obsoletos, que no merecían estar en los programas educativos. Poco a poco se van arrinconando las asignaturas de humanidades y pensamos que las habilidades técnicas, laborales y pragmáticas son más importantes, cuando la realidad nos dice que esos conceptos son axiales y que ahí donde fallan está en peligro toda la estructura que permite el bienestar, el Estado y la democracia, condiciones sine qua non para el sistema en el que vivimos. Son las vigas maestras que sostienen todo lo demás, pero acostumbran a despreciarse. El imperativo categórico está ahí, en vivir bajo leyes que tú quisieras que fueran las que rigen tu comportamiento y que sean las mismas que impones a los demás.

¿Cómo convencerías a la ministra de Educación, Pilar Alegría, amiga mía y de tu tierra, para que se apueste más a fondo por incluir las humanidades?

Es sorprendente que todavía tengamos que estar argumentando una y otra vez que la educación va más allá de su dimensión laboral. Una democracia necesita afianzarse sobre una serie de principios, y cuando estos se erosionan, también lo hace el lenguaje, la comunicación y el debate. Lo peculiar de una democracia es que cada uno de nosotros aceptamos que no vamos a imponer la fuerza, sino a pactar, regirnos por los acuerdos y aceptar que van a ser insatisfactorios. Una insatisfacción que viene, precisamente, de que nadie va a ser absolutamente ganador a cambio de que nadie salga totalmente perdiendo en esas negociaciones. Cuando esta base se tambalea, empiezan a llegar todos esos fenómenos que tanto tememos: los populismos, las perversiones lingüísticas o los debates con los que tanto tiempo perdemos. Surgen del desprecio a conceptos como la ética, la filosofía o de la historia, que muchas veces nos advierten de ciertas derivas y nos permite atajarlas a tiempo. Si no concedemos valor a esos conocimientos, estamos minando el cimiento de la democracia. Me gusta mucho una etimología que dice que el elector, el que elige en unas elecciones, lleva dentro el concepto de lector. El elector es alguien que lee la realidad, lee los conceptos, los interpreta y así sabe cómo elegir. Solo crearemos una comunidad de electores si somos buenos lectores de la realidad.

Cuando uno observa el lenguaje en la política nacional, parece como si los significantes y los significados se estuvieran bifurcando, como si los contenidos de fondo de las ideas con las que se establece una conversación política prescribieran antes que nunca. No tengo claro qué hay al otro lado de un país en cuya conversación pública las palabras ya no valen nada.

Algunos de los acontecimientos más graves se anticipan en el conflicto del lenguaje; es el síntoma de lo que va a venir. Precisamente, en Todos los futuros perdidos, el libro que escribiste junto con Borja Sémper sobre el fin de ETA, diseccionas cómo, en ocasiones, el paso previo de la violencia es una transformación o adulteración del lenguaje. Por eso la conversación es tan importante. Considero, como Camus, que hay que luchar contra el mal como si se le pudiera vencer, aunque no sea así. Esto me hace pensar en Sócrates y en los discursos platónicos, que son debates sobre la definición de los conceptos principales: ¿qué es justicia?, ¿qué es la piedad?, ¿qué es el amor? Cada uno de ellos es un término que creemos conocer perfectamente, aunque a la hora de la verdad estemos constantemente discutiendo sobre cómo los definimos. Sócrates decía que debemos tener al menos en común esos conceptos si queremos crear una comunidad sólida. Ahora todavía estamos debatiendo términos que parecían básicos, intuitivos y claramente dilucidados, como el de la libertad o el de nosotros. ¿Dónde colocamos el límite? A mí me gusta decir que la palabra nosotros incluye la palabra otros, y desde el humanismo se plantea el nosotros como algo universal. Y hay otros debates, como el que surge sobre la nación o sobre lo que es ser mujer. Es importante que sigamos dispuestos a hablar, a transformar el debate en las redes sociales –a veces tan áspero– e insistir en el valor de las palabras. Hay muchísimo en juego. La democracia es una conversación y la salud de esa conversación es la misma que la de nuestra vida en común.

Hay una pertenencia muy evidente relativa al verbo ser: ser nacional de un lugar, por ejemplo. Sin embargo, siempre he pensado que hay también cierta pertenencia en el verbo estar, que no exige una pureza nacional ni cumplir requerimientos de ningún tipo. Esto me lleva a la idea de ciudadanía, que encierra una pertenencia que no pregunta, que absorbe la pluralidad, que se siente cómoda en la impureza y en la diversidad. Actualmente, no estoy seguro de que vaya ganando el verbo estar; creo que los buscadores de pureza en la pertenencia del verbo ser cada vez son más.

Muchas veces es la búsqueda de una comunidad la que desata la necesidad de definirse y, sobre todo, de que exista una definición única que aplaste y silencie todas las demás. No solo hay otros en nosotros, sino que hay otros en uno mismo. Tenemos muchos rasgos, sentimientos y pertenencias simultáneos no necesariamente conflictivos. Cuando nos centramos en solo uno de ellos y lo convertimos en nuestro eje principal a costa de todos los demás, esa idea de pureza nos acaba mutilando. Es cierto que en momentos de complejidad la gente tiene necesidad de sentir esa pertenencia, le tranquiliza porque es duro moverse ante un mundo tan cambiante, con una aceleración tecnológica, una avalancha de información y de acontecimientos súbitos para los que no nos sentimos preparados. Es interesante ser comprensivos y no atacar frontalmente, sino fomentar un debate respetuoso. Esto implica asumir ideas de gente en desacuerdo con nosotros y no pensar necesariamente que lo hagan ni por molestar, dinamitar u obstaculizar, sino porque nacen de un bagaje distinto al nuestro. Personalmente, he sentido el apoyo de la comunidad que me rodea y eso me trae cierto optimismo.

¿En qué momentos has sentido ese respaldo?

Cuando nació mi hijo con tantos problemas de salud, ahí estuvo la comunidad para, primero a través de la sanidad pública y luego de la educación, atenderlo y cuidarlo. En otro país probablemente no hubiéramos podido pagar esos tratamientos. Soy consciente de que en mi trayectoria ha habido un momento en el que todo se pudo haber perdido. Pude no haber continuado con el sueño de dedicarme a la literatura, endeudarme o modificar la ruta de mi vida. Pero se presentó la comunidad para ayudarme y apoyarme, haciendo posible todo lo que ha sucedido después. Hay que ser conscientes de todo lo que hemos construido, que funciona, y que nos dejaron las generaciones anteriores.

A veces he tenido la sensación de formar parte de una generación más volcada en política que no ha sabido poner del todo en valor lo que estás diciendo. Creo que es difícil encontrar un tiempo mejor en el que vivir que en la Europa occidental posterior a 1945, cuando se desarrollaron las democracias y los estados del bienestar. Un edificio ideológico que se construye sobre cuatro grandes pilares: el ideal de Kant de la paz entre Estados, el de Hobbes de la seguridad, el de Marx de la igualdad y el de Locke de la libertad. Me da un poco de miedo esta revolución tecnológica donde el empleo está amenazado. ¿Qué impacto crees que van a tener la inteligencia artificial y la robotización sobre el empleo?

Yo tiendo a ser optimista. Hemos construido la parte más difícil del edificio, aunque tengamos que estar constantemente revisándolo. Me parece importante insistir en que somos comunidad. En la sanidad pública, por ejemplo, hemos decidido todos juntos ser más fuertes para no dejar a nadie en el camino. A mí, personalmente, me hizo libre. Hay un componente emocional en el hecho de que las generaciones previas hiciesen frente a situaciones duras para que nosotros tuviéramos una vida mejor. Te hablo de las experiencias que conocen los que han estado en una UCI neonatal o a las puertas de un quirófano. Son relatos importantes porque son los que no nos dividen, sino que destacan los logros conseguidos conjuntamente. En la medida en que esa comunidad no se erosione, vamos a ser más fuertes para afrontar la complejidad que se avecina. Pero sobre las cuestiones de inteligencia artificial en el mundo laboral tú sabes más que yo: ¿cómo lo ves?

Soy optimista en la medida en que, con códigos éticos y humanistas, sepamos leer el significado. El economista Schumpeter planteaba que todas las revoluciones tecnológicas en el medio y en el largo plazo terminan generando mucho más empleo del que destruyen en el corto. La revolución industrial es seguramente la gran epifanía de esto: en el corto destruyó todos esos empleos que aparecen en las novelas de Dickens, pero creó un mundo nuevo que ha traído un gran desarrollo en Europa. Sin embargo, tengo dudas; hacen falta más humanistas que ingenieros para esta revolución tecnológica, pero no les veo en la escena. Es cierto que, sin empleo, está en riesgo el modelo de organización económica y social, lo que termina en eso que tú señalabas y que considero núcleo de lo que somos en Europa desde los últimos 70 años.

La democracia es un sistema en riesgo permanente. Por eso las primeras fueron tan frágiles. Para mantenerla se necesita un trabajo conjunto entre científicos, tecnólogos y humanistas, y una revalorización de las humanidades. En el sistema educativo parece que se margina a las voces que hablan de conceptos humanistas. ¿Qué está sucediendo con el pensamiento humanístico para que se le desprecie de esta manera? ¿Por qué se pregunta tan poco a los filósofos? ¿Por qué no se integran en los focos de pensamiento? ¿Por qué no trabajamos juntos? Parece que se está ahondando en la división entre ciencias y letras a través de un enfrentamiento en el que cada uno de los bandos debe defender que tiene mayor importancia respecto al otro. Eso es un error. En el futuro no vamos a tener todos los conocimientos necesarios para cada uno de nosotros, por lo que tenemos que empezar a formar grupos donde pensemos juntos y otros suplan nuestras carencias.

¿Qué has aprendido de ti misma con El infinito en un junco?

Que a veces estamos más cerca de cumplir un sueño de lo que somos conscientes. Escribí el libro pensando que era mi despedida de la literatura. Además, estaba convencida de que iba a interesar a muy poca gente; era lo más lógico. Con lo maltrechas que andan las humanidades, ¿qué otra cosa podía esperar? Me di cuenta de que me había dejado convencer por los derrotistas sobre los libros, la literatura, los clásicos y las humanidades, que me decían que era algo residual. Este libro ha demostrado que estos mensajes podían apelar a mucha gente que, quizá, se sentía un poco huérfana porque no tenía un discurso con el que sentirse reconocida, defendida y valorada. Este libro fue un acto de tozudez frente a todos los contras, frente a todas las previsiones que decían que este enfoque no interesaba. Incluso había gente que nos decía que en otros países más cultos podría funcionar, pero que aquí no tendría lectores.

Cuarenta y cinco ediciones y traducido a más de veinte lenguas. Qué difícil el siguiente libro, ¿no?

Ni siquiera puedo plantearme empezar a escribir de nuevo porque la promoción está siendo abrumadora. Quiero aprovechar la experiencia al máximo. Siempre será necesario que quienes de verdad creemos en la palabra nos movilicemos para que no se eche a perder la partida.

Eduardo Madina
Publicado en Ethic

 

 

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