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Trump: el mayor enemigo de la democracia

Desde el 3 de enero que ocurrió la llamada «Operación Determinación Absoluta» por parte de EEUU y que consistió en secuestrar a Maduro, las reflexiones de los mejores analistas internacionales nos van dando luz sobre lo que pretende Trump.

Algunas cosas compartimos: que no hay defensa pública ni política para Maduro, un dictador que ha provocado el mayor éxodo de venezolanos jamás visto, por tanto, ni un ápice ni palabra de apoyo ante la persona estrambótica y tirana de Nicolás Maduro. Pero, dicho eso, los demócratas también compartimos que esta detención ha ido contra el derecho internacional; que nos encontramos en un periodo donde impera la salvaje ley “del más fuerte”; que a Trump no le importa mucho cuál sea el futuro democrático de Venezuela; que la agresión militar no es una respuesta para quitar un dictador, sino para hacerse con el control de los recursos naturales, el petróleo, de este país.

Y seguimos sumando certezas a medida que pasan las horas. El gobierno Trump comienza el año con un ataque y una injerencia que tiene la finalidad de usurpar los recursos naturales, imponer su fuerza, tener bajo control a los países latinoamericanos como súbditos de los intereses del gobierno Trump (no exactamente de los intereses de EEUU), despreciar a la Unión Europea, y el mayor ataque a la democracia liberal que provoca el futuro reparto del mundo.

Los tres mayores peligros son:

  • que este ataque de Trump deja libertad para que Rusia siga su guerra contra Ucrania en busca de territorio y que China haga lo propio con Taiwán sin que encuentre resistencia (aunque salvando las distancias entre lo que supone histórica, geográfica y políticamente Taiwán para China frente a la colonización que Trump pretende de América Latina);
  • el desconcierto de la Unión Europea que debe rearmarse políticamente (y quizás militarmente) ante un posible ataque de Trump contra Groenlandia que afectaría a un país europeo, al tiempo que también debe rearmarse de sus valores morales y democráticos, pues solo Europa es ahora la única defensora de la democracia;
  • y, la vulnerabilidad de otros países latinoamericanos como México, Colombia, incluso Brasil, ante las zarpas de Trump.

El nuevo imperialismo ya no es solo disponer de más territorios sino de los recursos naturales. Hay dos artículos a los que me sumo y quiero reseñar.

Uno es el que ha escrito el periodista valenciano de La Vanguardia, Salva Enguix, “La debilidad de Europa”,

https://www.lavanguardia.com/local/valencia/20260104/11410677/debilidad-europa.html.

El otro titulado “2026. Alerta naranja” del analista y catedrático Juan Romero https://www.levante-emv.com/opinion/2026/01/04/2026-alerta-naranja-125251232.html

Como bien señala Salva Enguix: “Ser europeísta hoy no es una consigna vacía ni una nostalgia institucional. Es un acto de resistencia política y cultural. Significa defender un modelo de convivencia que ha garantizado paz y prosperidad durante décadas y que ahora está seriamente amenazado”.

Porque, como señala Juan Romero: “el hecho histórico realmente nuevo es que desde la propia Casa Blanca se ha puesto en marcha una estrategia global que no solo tiene una motivación económica, sino ideológica: el apoyo intelectual, material e indisimulado a los partidos de la extrema derecha europeos con el objetivo de deconstruir la Unión Europea y recomponer el viejo mapa de Estados-nación, para de ese modo poder negociar con cada uno en condiciones de total debilidad”.

Nunca hubiéramos imaginado que el mayor peligro para el sistema democrático provendría de EEUU, el que hasta ahora era el socio más fiable de Europa y el pilar de las democracias occidentales. Pero esto ya no es así. Resulta impactante ver la desfachatez con la que Trump y los suyos hablan de “quedarse con los recursos”, “invadir otros países”, obligar a “que hagan lo que tienen que hacer”, las continuas amenazas descaradas y chulescas. Para Trump no existe el derecho internacional, la soberanía de los países, la diplomacia y la política, los valores éticos y, mucho menos, los derechos humanos. El “trumpismo” no es solo la obra de un hombre maleducado, inculto y despótico: es el juego de intereses de la casta de hombres blancos estadounidenses de ideología ultraconservadora y con grandes intereses económicos privados.

Entiendo y comparto la alegría de los millones de venezolanos que viven fuera de su tierra, que están exiliados, que han sido represaliados, de los presos políticos, de todos ellos que hoy sueñan con la esperanza de que detenido el dictador pueden volver a su país e iniciar un rumbo democrático.

Lo que a muchos nos entristece y nos preocupa es que no parece que esa sea la intención de Trump, quien no ha dudado en menospreciar a Edmundo González y Maria Corina Machado y en afirmar con rotundidad que será él y su gobierno quien se haga cargo de Venezuela: primero quiere los recursos del petróleo, luego rehacer las infraestructuras, y finalmente verá qué hace con la democracia.

Ahora no existe un dictador en Venezuela, ahora tenemos un tirano a los mandos del mundo occidental.

Ana Noguera

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