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Guía de ruta planetaria

La guerra de Ucrania ha mostrado lo que ya sabíamos: que nuestros responsables políticos se comportan como auténticos irresponsables, pues no implementan actitudes inteligentes, positivas y de largo alcance. Ni siquiera reformas socioeconómicas y políticas a tenor con la situación planetaria actual. En el ámbito medioambiental, por ejemplo, los Verdes alemanes, están defendiendo —sin ambages y sin que se les caiga la cara de vergüenza— la energía nuclear como «la más verde» de todas…

Actitud de los activistas medioambientales

Asesorados por científicos y expertos en cambio climático, no dejan de presionar a los políticos para que actúen, porque saben lo que nos jugamos. Aún más: ante la inopia general, recurren a políticos comprometidos para que conminen a gobiernos de todo el planeta.

De hecho, consideran ineludible una acción global que se centre en la interrupción de las emisiones de carbono, la eliminación de combustibles fósiles y la reforma en profundidad de la agricultura.

A propósito de la agricultura, multinacionales como Bayer obligan a gobiernos de muchos países a introducir productos transgénicos con la ayuda, entre otras, de la Fundación Bill y Melinda Gates. En el caso de  África, sin embargo, hay organismos independientes y sabios agricultores que han conseguido oponerse hasta el momento. Resulta paradójico que una empresa como Bayer, que envenena el planeta y nos enferma, sea la misma que luego nos vende los medicamentos que se supone que frenarán dichas enfermedades…

Actitud de nuestros gobernantes

En general, no están interesados en que se hable de las graves consecuencias que el cambio climático está comportando a nivel mundial: el desmoronamiento de las infraestructuras colectivas (sanitaria, de transportes, urbana…), educativas, laborales (desempleo, empleo precario, falta de empleo para gente muy preparada, pluriempleo indigente…) y tradicionales (pérdida de las creaciones humanas más valiosas en música, arte, literatura, ciencia…).

Cómo revertir el cambio climático

Poniendo en marcha iniciativas de carácter global. Las más efectivas consistirían en subir los impuestos a las personas y empresas más ricas y exigir la ayuda de los países más opulentos, que lo son a causa de su expolio sobre sus colonias africanas, americanas y asiáticas. Sin embargo, resulta muy difícil que accedan, aunque el cambio climático nos afecte a todos.

No obstante y a pesar del pesimismo que impera, expertos y activistas continúan luchando por establecer un diálogo con las bases sociales fundamentado en el respeto mutuo. El camino es largo y espinoso, pero no nos queda otra opción.

Necesitamos una estructura democrática global

Que reúna regularmente a representantes de todo el planeta para solucionar los problemas que vayan surgiendo. Indudablemente, las dos primeras cuestiones a resolver serían el abandono de los combustibles fósiles y la ayuda de los países ricos a aquellos en vías de desarrollo.

Por su carácter planetario, debería ser un organismo supranacional que arbitrase los acuerdos elaborados y tuviese el poder suficiente para obligar a su cumplimiento. En el fondo, se trataría de una alianza mundial de toda la humanidad. Indudablemente, el desprestigio en el que han caído organismos como Naciones Unidas o la Unión Europea las hace totalmente inoperantes.

El primer paso de dicho organismo consistiría en retomar aquellos aspectos positivos de reuniones anteriores a su aparición, debatirlos en un foro universal y establecer nuevos compromisos.

Asimismo, se debería reunir periódicamente y contar con una información completa y fidedigna, cuyo objetivo primordial sería neutralizar el cambio climático mediante la ayuda a los pobres con el dinero de los ricos.

La única vía para llevarlo a cabo pasaría por una alianza estable, una cooperación justa y una supervisión honesta y transparente.

«Guía de ruta planetaria»

Imprescindible para la planificación de una estructura democrática global, porque la vida de muchas especies está en juego. Ahora bien, para que sea posible, tendría que ajustarse a los cambios que vayan llegando, por lo que debería ser pragmática y experimental.

Indudablemente, habrá riesgos, como consecuencia de cambios importantes. Pero se pueden suavizar mediante una red que asegure los recursos de la población mundial. Una especie de «economía de guerra» ante al cambio climático.

Hito indispensable de dicha guía de ruta planetaria sería la sustitución del capitalismo, depredador y «cancerígeno», por su opuesto, el decrecimiento, cooperativo y solidario.

En la transición del uno al otro, la sustitución de unas inversiones por otras sería esencial. Así, el dinero destinado a Defensa para combatir al «enemigo» interno y externo serviría para neutralizar el cambio climático, consecuencia del enemigo más letal del planeta: el capitalismo. Sin duda, el billón de dólares que destinaron a Defensa los diez países más ricos del mundo en 2015 sería más que suficiente para acabar con la crisis climática.

Ciertamente, un paso previo consistiría en reservar espacios a nivel local para que la ciudadanía se reuniese y dialogase. Descubriríamos así las necesidades imprescindibles y prescindibles,  utilizaríamos nuestros recursos con más sensatez y el sacrificio sería más llevadero.

De hecho, cuando le vemos «las orejas al lobo», renunciamos a las diferencias y luchamos por llegar a un acuerdo mediante la solidaridad, acción  que acaba siendo muy gratificante.

Pepa Úbeda

 

 

 

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