Ginebra no vive de relojes
La pasada semana se celebró en la ciudad suiza de Davos la reunión organizada por el Foro Económico Mundial (World Economic Forum). Allí acuden desde 1991 los principales líderes económicos, políticos, periodísticos e intelectuales del mundo para analizar los problemas más apremiantes que afronta el planeta. Su sede está en Cologny, una comuna suiza ubicada en otra ciudad también suiza: Ginebra.
No conozco Davos, pero sí Ginebra, y la primera me ha hecho recordar a la segunda. Visité Ginebra en 2016, invitada por la hija de un amigo. Fueron pocos días, pero siempre tuve la sensación de que estaba en una ciudad «peculiar».
En Suiza, se hablan tres idiomas oficiales: alemán, francés e italiano. Depende del cantón. Ginebra habla francés, pero no es una peculiaridad. Tampoco su carácter marcadamente nórdico, aunque no sea una ciudad nórdica, sino centroeuropea.
Ginebra es sede de NU, la OMS y centenares de organismos y ONG internacionales. Algunas reuniones celebradas allí han dejado huella, como los «Acuerdos de Ginebra», entre el 26 de abril y el 20 de julio de 1954. Allí se aprobaron la independencia de Camboya, Laos y Vietnam de Francia y la partición de esta última en dos. Consecuencias posteriores fueron la Guerra de Vietnam entre los Estados Unidos como aliada de Vietnam del Sur y el comunista Vietnam del Norte y la intensificación de la guerra de independencia de Argelia.
Una peculiaridad ginebrina es su «internacionalidad»: allí se «asientan» miles de diplomáticos, representantes de otros países y trabajadores expatriados con sus familias. Casi la mitad de su población no tiene la nacionalidad suiza.
Ginebra es un «no-lugar». Según su «definidor», Marc Augé, se trata de un «espacio intercambiable donde el ser humano permanece anónimo». Ejemplos de un «no-lugar»: una habitación de hotel, un aeropuerto, una estación de ferrocarriles, un centro comercial, el área de descanso de una autopista… Los hijos de los residentes temporales de la clase pudiente estudian en colegios internacionales a los que no van ni ginebrinos ni refugiados ni clase trabajadora. Ellos y sus familias siempre tienen la maleta a punto para marcharse a otro «no-lugar».
Estos rasgos desembocan en la inexistencia de vínculos con las personas o el lugar y, por tanto, no se establecen relaciones de amistad ni con los de fuera ni con los lugareños. Tampoco de arraigo al territorio. Se preceptúan unas normas que, de forma tácita, solo inciden en los residentes temporales. Incluso sus compras habituales se realizan en establecimientos exclusivos, con productos procedentes de todo el mundo y sin pagar impuestos.
¿De qué vive Ginebra?
Es la sede de bancos privados que custodian una información a la que ni el propio gobierno puede acceder. Es uno de los primeros y mejor definidos paraísos fiscales del mundo. También posee un Puerto Franco, donde dirigentes mundiales y variados oligarcas guardan obras de arte, joyas, vinos y un sinfín de tesoros inaccesibles a la ciudadanía del país y del mundo.
En sus sedes económicas, se efectúan transacciones cuyos actores están muy alejados físicamente entre sí y tienen un carácter muy dispar. Resulta paradójico que, en una ciudad interior como Ginebra, se lleven a cabo intercambios marítimos en los que las cantidades que se negocian helarían el corazón del más imaginativo. Ginebra es un emplazamiento característico de la economía global.
Que sea un paraíso fiscal implica una enorme injusticia para los ciudadanos del mundo. Así, las obras de arte que los millonarios acumulan en almacenes fuertemente custodiados no pueden ser admiradas en los museos. Y, como no pagan impuestos, nosotros carecemos de una sanidad, una vivienda, unas infraestructuras, una enseñanza y unas pensiones dignas.
Ginebra es un modelo de mundo oculto en el que se suspenden tiempo y espacio. Defiende la globalización a ultranza, aunque todavía hay almas ingenuas que creen que es un movimiento desaparecido definitivamente y otras que mienten al respecto. Donald Trump, por ejemplo, ataca la globalización, pero posee hoteles y campos de golf por todo el mundo. Bannon globaliza contactos con extremas derechas nacionalistas de todos los países para defender la existencia de países cerrados donde los multibillonarios ocultan sus riquezas. Los políticos, con ese carácter paradójico que los define, compatibilizan fronteras cerradas con tratados de libre comercio, como Mercosur, que, en Europa, favorece fundamentalmente a la industria alemana. Es decir, se combinan sin reparo ni vergüenza, una ideología territorial nacionalista y una acumulación creciente de capitales a escala global.
En consecuencia, mientras los Estados abdican de poderes que les corresponden, los más ricos y poderosos dirigen sus actividades de forma imperceptible e impune para la mayor parte de la ciudadanía. No solo utilizan a sus «ejércitos» de abogados, consultores y contables, sino que también aprovechan todos los resquicios y vacíos legales posibles para pagar muy poco o nada. Los lugares «liminales» —de transición— y los «no-lugares» — de Ginebra se dedican a la evasión.
Los mayores potentados del mundo defienden la globalización y, al mismo tiempo, empoderan el nacionalismo más xenófobo y excluyente. Sin embargo, no es una ideología exclusiva de la extrema derecha. Tanto políticos conservadores como «progresistas», representan a regímenes que solo atraen a las personas que potencian los intereses de los más ricos y repelen a las que no.
Las políticas inmigratorias nacionalistas rechazan a los carentes de derechos: detenidos en cárceles extraterritoriales; obreros empobrecidos que trabajan para la exportación en áreas industriales libres de impuestos dispersas por el subcontinente indio; marineros y solicitantes de asilo aprisionados en embarcaciones de las que no pueden salir sin papeles… Son personas que no pueden seguir en su lugar de origen, pero a los que nadie quiere en el extranjero. Son los habitantes del «tercer espacio» o «esclavos» contemporáneos.
Ginebra estableció las bases del mundo actual a través de su gente, las guerras en las que participaron —eran los mercenarios más solicitados de la Europa medieval y moderna— y las leyes que le dieron una estructura política distinta. Su modelo ha inspirado a otros Estados en cuanto a la extensión de fronteras antes impensables: alta mar, fondo del océano, espacio ultraterrestre, almacenes secretos para ocultar riquezas, áreas de libre circulación de mercancías, tribunales virtuales, agujeros negros legales controlados por «democracias» occidentales y sus aliados…
¿Por qué no construimos, pues, zonas igualmente libres para las personas?
Si Ginebra protege a los ricos, arruina a los ciudadanos de todo el mundo
Estas minorías billonarias que operan con total impunidad delatan la existencia de un grupo mayor que funciona en un contexto histórico-mundial cuyo impacto es terrible para los seres humanos, porque, al no pagar impuestos, las poblaciones no cuentan con el mínimo necesario para sobrevivir en condiciones dignas y el estado de bienestar se hunde: menos y peores escuelas, enseñanza empobrecida, falta de becas, infraestructuras en estado de derribo —¿se comprenden mejor los cada vez más frecuentes accidentes de tren o autobús, el mal estado de las carreteras, la carencia de medios públicos de transporte o de centros públicos?—, sanidad insuficiente, falta angustiante de viviendas, privatización y congelación de sueldos y pensiones… Cuando ese dinero se va a los lugares «liminales» y «no-lugares» o a Países del Primer Mundo que los acoge «amorosamente» —Irlanda, Luxemburgo, Suiza— crece la desigualdad.
¿Qué mecanismos utilizan para trasvasar ingentes cantidades de dinero de los países pobres a los ricos? El 90 por ciento se transporta en barcos que no se responsabilizan de las emisiones de carbono o de las condiciones laborales de sus trabajadores. Recordémoslo cuando comamos marisco procesado por sus «esclavos» o cuando compremos electrodomésticos con su cuota incorporada de contaminación o cuando rechacemos a una población de refugiados huida de sus países de origen por miedo a la muerte.
El nacionalismo como cáncer
Recurrir al nacionalismo, sea del tipo que sea, no es la solución. Para saber dónde nos encontramos realmente —política, económica y físicamente— deberíamos escudriñar a fondo los resquicios y fisuras entre fronteras.
Pepa Úbeda Iranzo



