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La falsa neutralidad suiza

En Ginebra parece haber vivido todo el mundo desde el Renacimiento: refugiados sin dinero, acaudalados, comunistas, capitalistas, protestantes, católicos, traficantes de armas, mediadores por la paz, monarcas exiliados, fugitivos y muchos más. Sin embargo, siempre se ha proclamado —y lo han proclamado— territorio neutral, lo cual no quiere decir, en absoluto, que haya sido apolítico, como se ha demostrado a lo largo de su evolución.

Sus actividades y atribuciones han sido y son muy variopintas: de «contenedor» de cámaras acorazadas y almacenes a sede de consulados, embajadas, misiones y organizaciones internacionales. Sin olvidar que cuenta con centros de investigación nuclear y mesas de negociación bursátil. Con todo, a pesar de esta heterogeneidad, su aspecto parece compacto, bien enraizado e imperecedero.

Curiosamente, también ha sido lugar de residencia de intelectuales y escritores muy conocidos, como Jean-Jacques Rousseau, Madame de Staël, Mary Shelley, Lord Byron, Mercè Rodoreda, Jorge Luis Borges y Jorge Semprún. En efecto, la ciudad ha sido un punto de encuentro intelectual por su tradición acogedora y su ambiente cultural. De hecho, a través de lecturas de algunos autores, hemos podido captar aspectos de la ciudad que nos sorprenderían o los pocos cambios que ha padecido algunos barrios, como el caso de la ciudad vieja, que sigue imperecederamente igual.

Pero su característica más destacada es la enorme cantidad de dinero que acumula, procedente, como le ocurre a todo el dinero «de verdad», de su «economía espectral», término acuñado por el sociólogo Jean Ziegler y que hace referencia al inmenso y opaco sector financiero y de comercialización de materias primas que operan en la ciudad. Se basa en el flujo de capitales masivos, comercio de recursos (crudo, granos) y servicios bancarios que funcionan independientemente de la economía real, facilitando la evasión fiscal a menudo y el secreto bancario. Ginebra es la anfitriona de dicha economía y el dinero que guarda está protegido por la seguridad, la neutralidad, la confidencialidad y las exenciones impositivas.

Solo cuenta con 200.000 residentes, pero controla el mercado mundial del grano y el café y es el epicentro de la industria petrolífera. Asimismo, aunque no tiene salida al mar, es la sede de algunas de las principales navieras del mundo.

La aportación más importante de esta peculiar ciudad es que ha sido modelo del mundo tal como lo conocemos hoy. Un mundo en el que lo importante no es el dónde y el cuándo, sino el quién, el cuanto y el por qué; un mundo en el que el dinero se mueve de forma abstracta, mediante números en una pantalla y transacciones en una terminal. Un mundo, finalmente, en el que las fronteras ya no delimitan territorios, sino personas y cosas.

En cuanto a los bancos, cabría hablar de los que se han erigido en toda Suiza, no solo en Ginebra. Han actuado como agujeros negros durante décadas, ya que engullían dinero de cualquier individuo y lugar y lo hacían desaparecer. Dinero que procedía sobre todo de clientes no suizos y entre los que destacaban franceses, alemanes, saudíes y emiratíes.

Se trata, además, de bancos que no solo atesoran fortunas, sino que también asesoran a sus clientes acerca de cómo invertir sus caudales, dentro y fuera del país. Es decir, se trata de auténticas «correas de transmisión».

Por lo que respecta a la famosa «neutralidad» suiza, está más cerca del tópico que de la realidad. Todo el mundo que quiera informarse, sabe que, durante la Segunda Guerra Mundial, el Reichsbank nazi vendió reservas de oro por un valor que, ahora mismo, sería de 20.000 millones de dólares, a los banqueros ginebrinos.

Con posterioridad, también se ha sabido de su «buena acogida» a millones de dólares en activo pertenecientes a los jefes de Estado de Egipto, Siria, Túnez y Libia.  Gobernantes que sometían a una dura represión a sus habitantes y que, hartos de sus dictadores, acabaron por participar en las revoluciones de la Primavera Árabe, durante el decenio de 2010.

En la actualidad, aseguran también los caudales de los personajes más poderosos de Kazajistán, Rusia y Ucrania, que tienen residencias a orillas del lago Lemán.

Por lo que respecta a las entidades políticas que tienen asiento en la ciudad, los ginebrinos le están profundamente agradecidos al Premier británico Harold Wilson por haber convertido la ciudad en sede de la Sociedad de Naciones tras el final de la Primera Guerra Mundial para evitar un nuevo conflicto tan sanguinario como aquel. Pero dicha organización fracasó de forma estrepitosa y fue sustituida, tras la Segunda Guerra Mundial, por Naciones Unidas (NU), que asumió las funciones de la primera en 1946. Y, como esta, se ubicó en Ginebra. Su creación, además, atrajo a otras organizaciones internacionales, como la Organización Mundial del Comercio, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual y unas cuantas decenas más.

La pertenencia a estos organismos ha favorecido el desarrollo de los Estados tal como los conocemos hoy, incluyendo las antiguas colonias independizadas de los grandes imperios. La caída del otomano, el austrohúngaro o el prusiano, tras la Primera Guerra Mundial, y la descolonización de amplias zonas en África, América y Asia ha permitido que, en NU, cada tierra, cada país, cada gobierno tenga un voto. Resulta, pues, curioso que Suiza, donde tiene su sede, no se integrara en ella hasta 2002.

Ciertamente, el precedente de esta normativa se introdujo como idea con el Tratado de Westfalia (1648). Allí ya se habló de un territorio, un pueblo, un gobierno. Pero no se desarrolló de forma activa hasta la descolonización. Sin embargo, la ideología nacionalista nos ha querido hacer creer que fue, gracias a aquel tratado, que se estableció el estado-nación tal como lo conocemos hoy.

Pero, ¿por qué Suiza se ha convertido en el «arcón» de tantas riquezas? Se debió a una situación muy precaria que obligó a los suizos a convertirse en mercenarios de los cantones. Al principio, eran «lanceros libres» («freelancers»), pero cobraban poco y tarde. Así que decidieron venderse a reyes y nobles extranjeros como soldados en una época en que guerras de todo tipo, como las de religión, enfrentaban a los distintos Estados entre sí. Se convirtieron así en una mercancía que enriquecía a su cantón, porque depositaban sus ganancias en casa y el flujo de dinero que llegaba era cada vez mayor. Por otro lado, dada la situación de precariedad en que vivían los suizos, sus gobiernos preferían tener fuera a hombres batallando para neutralizar cualquier conato de revuelta dentro de casa. Ginebra aprendió de los otros cantones ambas lecciones: afluencia de mucho dinero y soldados obedientes cuando volvían a casa a descansar. Si no es que morían en la batalla.

La religión también ha tenido mucho que ver con la Suiza que conocemos hoy. Tan fundamental es la figura del banquero como la del predicador protestante. Ginebra fue la ciudad donde Calvino decidió instalarse y, desde allí, impuso una mentalidad, ampliamente arraigada en el capitalismo, de que el trabajo era premiado por Dios si se convertía en riqueza, lo cual también conllevaba el alejamiento de toda forma de diversión y entretenimiento. Pero Calvino no fue el único, ante la extensión por toda Europa de las guerras de religión, Suiza se convirtió en refugio de protestantes de todo el continente.  Si bien cruzaron el Atlántico algunos grupos y bajaron hasta el sur de África otros, los hugonotes, protestantes franceses perseguidos en su país tras la traición de su rey, Enrique IV de Navarra, que prefirió ser rey de Francia que un bueno puritano.

Pero no solo exportaron soldados, también banqueros, que asumieron todo el intercambio comercial importante entre las metrópolis más poderosas del periodo y sus colonias de ultramar.

Pepa Úbeda Iranzo

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