El ‘no a la guerra’ del ‘ninot’ Charlot
En medio de un mundo sacudido por una nueva guerra —la iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán—, con la incertidumbre instalada en la conversación pública y el temor extendiéndose por los titulares internacionales, València ofrece estos días una imagen inesperada. En el corazón de la ciudad, en la plaza del Ayuntamiento, el monumento de la falla municipal levanta una gigantesca figura de Charles Chaplin, Charlot, convertida en ninot de 27 metros. Viste uniforme militar, lleva un fusil al hombro y, sin embargo, está rodeado de mariposas, flores y corazones multicolores que sobrevuelan la palabra Hope (esperanza) junto al símbolo universal de la paz. El contraste es evidente y deliberado: la guerra frente al deseo de esperanza.

El público asistente toma fotografías del ninot de Charlot ataviado como un soldado de la primera Guerra Mundial, rodeado de humo, durante la mascletà de este viernes de las Fallas 2026. Kai Försterling / EFE
La falla municipal de este año, obra del tándem formado por Alejandro Santaeulalia y Vicente Llácer —que repiten por segundo año consecutivo—, se presenta bajo ese mismo lema, Hope. Los propios autores han sintetizado con claridad el mensaje que querían transmitir: en un contexto geopolítico cada vez más polarizado, beligerante y peligroso, era necesario lanzar una advertencia sencilla pero contundente: las guerras nunca son un buen camino. Por cierto, el diseño se presentó en junio, antes de la guerra de Irán.
El arte fallero, tan dado a la ironía y a la sátira, vuelve así a cumplir una de sus funciones más profundas: dialogar con la actualidad y ofrecer una mirada crítica sobre el presente. Pero esta vez el mensaje no se articula únicamente desde el humor o la caricatura política. También lo hace desde la memoria cultural y desde un símbolo universal del pacifismo: Chaplin.
La figura central reproduce al personaje del célebre Charlot tal como aparece en el mediometraje ¡Armas al hombro! (Shoulder Arms), rodado durante la Primera Guerra Mundial y estrenado en 1918, cuando aquel conflicto devastador estaba llegando a su fin. En aquella película, Chaplin interpretaba a un recluta estadounidense atrapado en las trincheras, un soldado temeroso que debía enfrentarse a bombas, barro y absurdo militar. La sátira era tan evidente como eficaz: mostrar la guerra como un escenario grotesco donde el heroísmo se mezcla con el miedo, la torpeza y la tragedia.
Más de un siglo después, esa misma imagen resurge en forma de gigantesco ninot. Pero ahora las trincheras son simbólicas y el mensaje se eleva sobre el paisaje urbano de València ante la mirada de decenas de miles de visitantes. Chaplin vuelve a recordarnos, desde el humor y la ternura, la profunda inutilidad de una guerra a la que algunos, desde la derecha, aplauden, así en España como en Europa.
No es casual que los autores hayan elegido precisamente a este personaje. Chaplin fue un genio de la comedia, pero también un hombre de convicciones firmes. Su film más célebre en el terreno político, El gran dictador (1940), fue una valiente crítica al nazismo cuando Hitler se encontraba en pleno auge y la Segunda Guerra Mundial ya había comenzado, incluso antes de que Estados Unidos se implicara en ella. En su famoso discurso final, Chaplin apelaba a la humanidad común frente al odio, al militarismo y al fanatismo. Aquellas palabras siguen resonando hoy con una inquietante actualidad.
La falla municipal convierte ahora esa herencia en un monumento efímero pero poderoso. La figura de Chaplin armado —pero rodeado de símbolos de paz— resume visualmente la paradoja de nuestro tiempo: vivimos en una época que proclama valores de cooperación y derechos humanos mientras contempla, una vez más, cómo se multiplican los conflictos armados.
En ese contexto, el arte puede ejercer un papel inesperadamente balsámico. No porque tenga capacidad de detener guerras, sino porque puede recordarnos algo esencial: que la paz no es una abstracción diplomática, sino una aspiración profundamente humana. Ver a Charlot alzarse 27 metros sobre la plaza del Ayuntamiento, envuelto en mariposas y flores, tiene algo de gesto colectivo, de recordatorio compartido.
Las Fallas son, por naturaleza, efímeras. Todo lo que hoy se levanta terminará consumido por el fuego en la cremà. Pero quizá precisamente por eso su mensaje adquiere una fuerza especial. Durante unos días, miles de personas contemplarán esta gigantesca alegoría antibelicista y se detendrán, aunque sea un instante, a pensar en el mundo que nos rodea.
En tiempos convulsos, esa imagen de Chaplin —el viejo Charlot convertido en soldado improbable— nos devuelve una idea sencilla y poderosa: frente al ruido de las armas, siempre merece la pena insistir en la esperanza. Y repetir, alto y claro, el viejo y necesario “no a la guerra”.
Salvador Enguix
Publicado en La Vanguardia



