La fiesta pide límites y políticos de verdad
Hace seis años de la cancelación de la fiesta por el miedo a la epidemia y hoy estamos enfrascados en una espiral del absurdo porque hemos reventado la urgencia de fiesta
Entiendo a Morrissey. Seguro que hay divismo en su decisión de cancelar un compromiso de trabajo por una mala noche. Seguro que hay egoísmo al frustrar los planes de tanta gente. Pero entiendo cada vez más el valor del silencio. Y discrepo cada vez más de la tiranía del ruido. Están bien las ganas de alegría y de romper el ritmo de los días. Pero la fiesta no puede ser una apisonadora que deje sin derechos a quien quiere seguir con sus rutinas de vida. Podría enumerar todo lo que no puede ser estos días, pero cualquier valenciano ya sabe esa lista.

València, ayer, durante la ‘mascletà’. / Miguel Angel Montesinos
Cuando llegan estos días que son de fiesta pero aún no lo son, pienso en 2020. Hace seis años, cinco días antes de empezar todo, fuimos capaces de frenar en seco sin saber bien lo que teníamos delante y que al poco se demostró como una gran tragedia. Quizá alguien cuente pronto cuánto costó aquella decisión y quienes se oponían en firme a ir “contra el pueblo”. Hace seis años la fiesta se canceló por precaución. Y se asumió. También porque enseguida llegaron decisiones superiores más drásticas: el estado de alarma, el confinamiento total… Y la muerte empezó a rodar cerca.
Hace seis años todo se detuvo y hoy no queda nada. La urgencia de vivir es la fuerza de olvido más poderosa. Arrambla con todo.
Hace seis años todo se paró y se impuso un silencio áspero, lleno de miedo. No quiero ese silencio. Quiero el silencio pacífico que una sociedad civilizada debería tener como meta.
Hace seis años de tanta tristeza y hoy estamos enfrascados en una espiral del absurdo porque hemos reventado la urgencia de fiesta: somos tantos los que necesitamos sentirla en su hora punta y es tanto el poder de la industria del turismo que nos hemos convertido en un peligro para nosotros mismos. El último año estuvo cerca la desgracia y el fin de semana fue casi imposible salir de los trenes en la estación de València por la marabunta que llenaba el entorno de la mascletà. Como es lógico, Policía y Bomberos han exigido medidas.

Pilar Bernabé y María José Catalá, ayer. / JM LOPEZ
Lo que ha venido después es el tema de estos días, con el resultado habitual en este tiempo: una refriega verbal y de tuits como ejemplo de una política que expulsa y mueve a la desconfianza. El error no existe en esta concepción política y ese es el error.
El punto de partida es que València no puede ser un destino peligroso. Y la base es un problema con dos partes: trenes que cobran por trasladar a los usuarios a un punto final que ya no es y una ciudad cuyo estado de abarrotamiento necesita que esos trenes no lleguen. Por seguridad. El error de Renfe (del Ministerio de Transportes) es anunciar una medida naturalmente mala como es dejar a cientos de personas en Albal sin alternativa (ya me puede llamar el ministro tuitero equidistante o lo que quiera). El error del ayuntamiento y su alcaldesa es, a la vista de la obvia reacción negativa popular, no asumir que es parte fundamental de la decisión e imputársela entera y deslealmente al ‘otro’ en lugar de sentarse serenamente a arbitrar alguna solución. ¿Cuál? Desde poner un aforo de público a la mascletà (pese a las dificultades aparentes de algo así con tantas calles implicadas), establecer salidas alternativas de la estación o cortar antes la calle Xàtiva a la más drástica de trasladar la mascletà…
En todo caso, la raíz del problema está en la necesidad de límites. Y eso corresponde a València y las autoridades valencianas. La fiesta y la industria de la masificación están pidiendo límites desde que la democratización del turismo se desfasó, pero ese es un riesgo electoral y los de antes y los de ahora han preferido dejarlo estar. El poso que queda es el descrédito. En ese sustrato sucio estamos.
Yo busco estos días el sonido de las olas, mientras intento conciliar en paz estar pensando en fiestas cuando nuevas bombas siembran muertos en Oriente. ¿A quién le importa? Esta mañana, al menos, al abrir la ventana, entraba olor a azahar mientras un gorrión jugueteaba en los rosales. Y de los zapatos, que aún huelen a noche fresca, se desprendía un trébol de cuatro hojas. Quizá dice algo.
Alfons García
Publicado en Levante.emv



