Ayer vencida, hoy superpotencia

Cómo neutralizar esta guerra
Es lo que muchos nos preguntamos ante el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán y Líbano.
Desde que tenemos noticia acerca de la historia de la humanidad, no se ha conocido ninguna guerra que haya presentado una única solución, porque no ha habido ni una sola abstracta y, por tanto, no se ha podido aportar ninguna solución abstracta. Asimismo, no ha habido tampoco ningún conflicto bélico que se haya repetido del mismo modo en el mismo lugar ni tampoco que haya un modelo que se pueda aplicar a dos conflictos diferentes.
¿De qué depende la solución ante una guerra?
La única constatación que tenemos es que los precedentes del conflicto permitan comprender por qué se ha producido y se conviertan, además, en norma de las actuaciones posteriores. Pero, sobre todo, depende de una serie de actos sucesivos de carácter diverso.
El esquema podría aplicarse también a situaciones de radicalización política. Es el caso, por ejemplo, del recrudecimiento de los fascismos en la actualidad. Ayudaría analizar y comprender qué ocurrió cuando aparecieron a finales del siglo XIX y se reprodujeron al final del primer tercio del siglo XX. En ambos casos, no se trató de concepciones estructuradas rígidamente y que se repitiesen en diferentes periodos, sino de realidades que respondían a situaciones determinadas y que sobrepasaban cualquier concepción previa.
Resulta, por tanto, extremadamente peligroso aplicar fórmulas o teoremas a hechos bélicos en particular y políticos en general que dependan de contextos emocionales.
Solo la prevención puede evitar el desastre, cada vez más grave y generalizado, como la situación que actualmente vivimos.
¿Por qué no hay dos guerras iguales?
Los factores implicados en toda guerra son: las fuerzas de combate con que se cuenta, el país o países en los que tiene lugar —teniendo en cuenta, además, las características de su territorio—, la población que participa y los aliados de cada bando.
Por su parte, la naturaleza de la guerra depende de la completa reunión de fuerzas en el menor tiempo posible, lo cual no significa que el triunfo sea del primero que lo consiga.
China, la superpotencia actual, fue un país vencido y humillado
De igual forma, el resultado de una guerra no ha tenido hasta ahora un carácter absoluto, porque un Estado vencido en un momento determinado puede considerar su derrota un mal pasajero y encontrar un remedio o salida con posterioridad.
China es un excelente ejemplo al respecto. Merece la pena narrar su caída tras haber sido el Imperio más poderoso, extenso y rico de la Tierra, porque se trata de un caso bélico prototípico en cuanto a orígenes, causas, evolución y final. Final relativo hasta cierto punto, porque nadie hubiese esperado que China resurgiese de sus cenizas como lo ha hecho. Seguiremos, en esta ocasión, el relato del National Geographic.
El uno de octubre de 1949, Mao Zedong proclamaba en la Plaza de Tiananmén el inicio de la República Popular China, poniendo fin al «siglo de la humillación» —denominación de los intelectuales chinos—, durante el cual la política interior y exterior de China estuvo sujeta a los intereses del intervencionismo occidental y extranjero.
Dicho periodo se inició durante la primera guerra del opio, que marcó el principio del fin de la época imperial. Fue un claro ejemplo del estancamiento del Imperio a manos de una pequeña nación occidental a más de veinticinco mil kilómetros de distancia: el Reino Unido. El «gran dragón» chino fue vencido sin problemas gracias a los avances tecnológicos occidentales; de su decadencia se beneficiaron también algunos países europeos y Japón.
El consumo de opio se propagó por ciertas regiones chinas, como la isla de Taiwán y algunas provincias costeras, y alarmó a los gobernadores locales, por lo que, en 1729, se publicó un edicto del emperador Yongzheng prohibiendo su consumo en todo el imperio. Sin embargo, el contrabando del opio procedente de ultramar continuó y creció durante todo el siglo XVIII, aunque a pequeña escala.
Dicho contrabando creó un circuito comercial en el que participaban mercaderes europeos con sede en Bengala y que llegaban a China a través de la portuguesa Macao. Terminaba en Cantón, el mayor puerto comercial chino. Durante décadas el opio llegó gracias a la aquiescencia de los corruptos gobernadores locales de Cantón.
La situación cambió drásticamente a inicios del siglo XIX, cuando el comercio de opio con China se convirtió en una prioridad comercial del Imperio británico a través de su East India Company, que, tras una serie de guerras contra el Imperio francés, se había arruinado y necesitaba constantes préstamos de la Corona para mantenerse.
La situación empeoró cuando el pueblo británico empezó a exigir más té procedente de China y la East India Company no tenía con qué neutralizar el equilibrio comercial. Entonces, la embajada británica llegó a Pekín en 1793 para proponerle al emperador Qianlong una apertura comercial. Le ofrecieron a cambio relojes, telescopios y armas que el emperador despreció como «baratijas inútiles».
Con el paso de las décadas, aumentaron los problemas de la East India Company para introducir su opio, ya que había otros competidores europeos. Decidió entonces liberalizar el sistema y abolir su monopolio sobre el opio en 1834, por lo que el aumento de la droga se disparó en China.
En pocos años, la East India Company consiguió revertir el desequilibrio comercial con el imperio Qing y hacerse con la plata americana —extraída por el Imperio español durante los siglos XVI y XVII— que había acumulado China en sus intercambios comerciales durante siglos.
Unido lo anterior a crecientes problemas de corrupción política, se generó una fuerte recesión económica que obligó a las autoridades chinas a intervenir para resolver el problema del opio. En 1838, el emperador Daoguang envió a Cantón a Lin Zexu, un funcionario incorruptible, para explorar la situación y quedó alarmado: el consumo era inmenso y los comerciantes británicos se negaban a entregar sus cargamentos de opio. Incluso Lin pidió a la reina Victoria que prohibiese el comercio de opio con China, pero no fue escuchado. Así pues, Lin tuvo que recurrir a la fuerza: purgas, prohibiciones, confiscaciones e incendios de opio.
Aunque se presentó este hecho como la causa de la guerra, no lo fue. En realidad, los británicos jamás quisieron una solución diplomática. Su interés real estaba en obligar a China a abrirse al comercio mundial y ser ellos los privilegiados. La tensión entre chinos y británicos creció y desembocó en un choque naval entre ambos bandos por la venta de suministros. Sucesivos enfrentamientos demostraron la superioridad tecnológica británica; a pesar de ello, no conseguían cerrar el conflicto.
En 1839, el Parlamento británico envió una expedición militar a China presionado por comerciantes británicos y de otras naciones occidentales. Los británicos exigían la apertura de los puertos chinos, trato comercial preferente y que los ciudadanos británicos solo pudiesen ser juzgados de acuerdo con leyes británicas.
Ante la negativa china, los ingleses retiraron a militares y diplomáticos, lo que hizo creer a los chinos que se marchaban; pero en 1840 una flota británica llegó a China y atacaron con una fragata de hierro a vapor. Los chinos solo contaban con juncos de madera y, entonces, se produjo la primera gran derrota.
Tras sucesivos enfrentamientos, China aceptó un alto el fuego en 1841: la superioridad tecnológica británica era imbatible. A lo largo de un periodo en el que los británicos fueron tomando lugares estratégicos, las autoridades chinas tuvieron que claudicar. La paz se firmó el 29 de agosto de 1842 y supuso la apertura comercial de China al resto del comercio internacional y la cesión de importantes plazas, como Hong Kong. El Imperio británico fue la primera nación que conseguió un trato comercial preferente con China, que abrió las puertas para tratos preferentes a otras naciones durante la segunda guerra del opio.
El conflicto se convirtió en el máximo ejemplo de la superioridad tecnológica de Occidente frente a China. Confirmó la supremacía del Imperio británico como superpotencia militar a escala global y abrió una nueva etapa en el imperialismo occidental llamada la «diplomacia de las cañoneras», por sus poderosos buques de guerra.
En el relato que termina aquí, hay algunos factores que recuerdan el enfrentamiento entre potencias como la israelí apoyada por Estados Unidos, frente a un país milenario como Irán.
Volviendo a China, la brutal humillación de que fue objeto por parte de Occidente, sobre todo de Gran Bretaña, no permitía suponer que terminase convirtiéndose, de nuevo, en una superpotencia. Sin olvidar la sádica represión que padeció bajo el Japón de entreguerras.
La paciencia, el manejo inteligente de las relaciones políticas, la observación del comportamiento de los otros, la búsqueda de nuevas combinaciones, el aprendizaje tecnológico y la sabiduría comercial ancestral de los chinos han sido factores fundamentales de su recuperación.
Pepa Úbeda Iranzo



