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Bancos de peces

Querida comunidad de Contexto:

Terminé el año repasando un libro que ya había leído durante el otoño. Lo escribieron dos pensadoras y activistas argentinas a las que sigo muy de cerca, Verónica Gago y Luci Cavallero. Se titula Contra el autoritarismo de la libertad financiera.

Ambas autoras, refiriéndose a Argentina, realizan una reflexión que me parece generalizable al momento que atravesamos a escala global. Se está produciendo una mutación hacia un sistema de gobernanza global que pivota sobre tres vectores. El primero es la capacidad de destrucción de conquistas sociales y algunos acuerdos básicos –por más que en muchas ocasiones fueran meramente discursivos y de forma constante se pasase por encima de ellos– en términos de derechos humanos e igualdad, justicia y protección social, internacionalismo, desarme o abordaje de la crisis ecológica, casi siempre reducida a la cuestión climática. El segundo es la instauración de una política del shock en la que, a golpe de decretos y decisiones gubernamentales o supranacionales, se apuntala y consolida esa destrucción. El tercero es el despliegue de una brutal crueldad que festeja y celebra de forma obscena la destrucción, el despojo y el dominio.

Sin embargo, Gago y Cavallero señalan que la destrucción, el caos y la crueldad como maquinaria de gobierno no son nuevas. Lo novedoso es que esos tres elementos se aplican juntos, con una brutal velocidad que es estratégica, y se autopresentan como inevitables.

Y así empezamos 2026, con la intervención de EEUU en Venezuela, las amenazas a otros países latinomericanos, las secuelas de los bombardeos en Irán, Siria, Sudán o Nigeria, la ejecución televisada de Renee Nicole Good por parte del ICE –la agencia federal encargada de identificar, detener y deportar a inmigrantes en situación irregular– y la continuidad, por diferentes medios, del genocidio contra el pueblo palestino.

En contextos de crisis social y ecológica (climática, energética, material, hídrica, de biodiversidad…) interconectadas, las élites han desarrollado un interés particular en la guerra, el conflicto y la represión como formas de acumulación. Estimulan una cultura del odio que permea y cala en el conjunto de la sociedad. Dice William Robinson que la propia economía depende cada vez más de la evolución e implantación de esos sistemas de guerra, control social y violencia que se convierten en medios para obtener beneficios y seguir acumulando capital frente al estancamiento económico, una especie de acumulación por represión.

El estado policial global, la crueldad y la deshumanización son las respuestas a las contradicciones intrínsecas del sistema. Se abre un nuevo ciclo político y social en el que el ecocidio, el colonialismo, el racismo y la misoginia ya no son una realidad estructural que disfrazar y ocultar. Son los pilares explícitos, reivindicados con chulería, de una respuesta autoritaria y distópica a la policrisis ecosocial. Estoy de acuerdo con Jorge Riechmann cuando dice que, si hay algo real a estas alturas del Siglo de la Gran Prueba, es que atravesamos una situación de ecocidio acompañada de genocidio y que hace falta mucho esfuerzo para no verlo.

Aunque no guste, hay que reconocer que la mutación se produce con apoyos significativos y crecientes en las urnas. Y hay que preguntarse por qué personas que no son fascistas pueden terminar apoyando candidaturas y gobiernos que sí lo son.

Las ultraderechas practican una radicalidad que contrasta con la inmovilidad o extrema cautela en las políticas progresistas de los últimos tiempos, de modo que la fanatización de la ultraderecha evidencia también la crisis de institucionalidad democrática, la falta de audacia, la dificultad para proteger el conjunto de la vida y el arrastre, más o menos evidente según los casos, al agujero negro del miedo, el odio, la impotencia y los fallos en la redistribución de la riqueza y la garantía de la cobertura de las necesidades básicas. Habría que hacer una revisión crítica de cómo las políticas progresistas han abierto el camino para que esto pueda suceder.

La velocidad de la mutación crea un estado de profundo aturdimiento y desorientación. En el libro Todo era para siempre hasta que dejó de existir, el antropólogo ruso Alexei Yurchak denominó hipernormalidad al fenómeno que se dio en la Unión Soviética antes de su colapso. Las personas avanzaban hacia el derrumbe de su mundo convencidas, sin embargo, de que este era inmortal. La hipernormalidad apela al arte de actuar fingiendo que no pasa nada.

Muchas personas señalan que vivimos un momento de hipernormalización. Vivimos ya en otro mundo climático, mineral, social y, sin embargo, parece que solo algunos sectores de poder aglutinados en torno a lo que Naomi Klein y Astra Taylor denominan el fascismo del fin de los tiempos se preparan para él. Mientras, la tranquilidad pasmosa con la que una parte mayoritaria de los gobiernos europeos reaccionan contra la intervención en Venezuela muta en expresión pasmada cuando acto seguido se apunta a Groenlandia.

¿Qué tiene que pasar para que los datos que ofrece la ciencia o lo que cada vez es más evidente genere algún tipo de respuesta o mínima reflexión honesta? ¿Qué sentido tiene que cada sector que hace cálculos para establecer estrategias electorales que casi nunca aciertan dejen de hacer ortopedias y onanismos intelectuales para que la realidad pueda ser embutida en el discurso político que se considera acertado para convertirse en ganador o poder atizar un zasca al adversario político, que la mayor parte de las veces es el más supuestamente cercano?

Tratar de comprender lo que está pasando no es sencillo y hablar de ello no genera un bienestar inmediato, pero es fundamental para organizar la defensa de las vidas corrientes en un contexto distópico. Seguir tratando de proyectar la estrategia política con las mismas miradas es también otra forma de negacionismo.

Necesitamos crear un movimiento por abajo. Un poder que pueda aliarse con quien quede dentro de las instituciones y no se haya rendido a la creencia de que la creatividad, la voluntad, el apoyo mutuo y la capacidad de resistencia han colapsado; al catastrofismo de quien cree que lo necesario para aspirar a vivir con dignidad dentro de la tierra ya no es posible políticamente, y que, por tanto, la política realista obliga a convertirse en colaboracionistas del mal menor o ser considerado una persona retardista, infantil o limitada en el plano intelectual.

Necesitamos favorecer el encuentro en todos los lugares en donde las personas ejercen la libertad de autoeducarse mutuamente. Sindicatos, colegios, cooperativas, centros culturales, teatros, museos, asociaciones de padres y madres, grupos musicales, asociaciones de fiscales y de jueces, parroquias… En todos esos lugares ya se están desarrollando conversaciones y hay gente que explora cómo salir de esta encerrona.

Soy plenamente consciente de que suena a poco, pero no es poco. Me parece que podemos clamar hasta que la garganta se quede en carne viva exigiendo a los gobiernos cambios radicales, el final del genocidio, cambios en la forma de organizar la vida en común. Creo que no se intentarán hasta que no haya un movimiento de un tamaño suficiente que ya lo esté haciendo y fuerce los cambios.

La educación, tan despreciada por los populismos de diferente cuño, es siempre un acto político. Es una parte ineludible de la política, y renunciar a ella a cambio de una especie de batuta de emociones con la que algunos creen saber dirigir a las masas es un ejercicio peligroso que tiene muchas posibilidades de beneficiar al que conecta en mayor medida con los imaginarios hegemónicos, que son precisamente los que es preciso erosionar con veracidad, rigor y pasión.

María Lejárraga, en el libro Una mujer por los caminos de España, narra lo que para ella fue la propia República como aventura histórica. Conmueve el relato de lo que hoy se consideraría una campaña electoral, que fue en realidad un viaje político, pringarse en la realidad, una reivindicación de la vitalidad, una invitación a la vida digna.

La palabra caminos, que forma parte del título, es precisa y pertinente. La educación y la política son un camino. Un proceso ambulante, como el que desarrolló La Barraca, el grupo de teatro universitario que coordinaron Eduardo Ugarte y Federico García Lorca, que se complementó con las acciones de las misiones pedagógicas y las misiones ambulantes; o el mismo proceso del 15M, que convirtió plazas y barrios en espacios de educación compartida y activismo abriendo caminos a nuevas posibilidades.

El trabajo en todos esos ámbitos es el que yo creo imprescindible para crear una verdadera incidencia política que saque del estado de hipernormalización ante el desmoronamiento de las relaciones políticas más básicas. Es un trabajo minucioso, en el que hay que moverse casi a golpe de oportunidades, que se reorienta, a veces, como los bancos de peces en su movimiento a partir de la contingencia.

Puede parecer ingenuo y poco radical apelar a un enorme y ambicioso proceso educativo que conecte el saber con la voluntad colectiva de la sostenibilidad de la vida, pero como dice Marina Garcés, nuestro mundo está a punto de rendirse y renunciar a la capacidad de educarnos a nosotros mismos para construir juntos un mundo más habitable y justo. Y me temo que los atajos no funcionan.

Esa es también la tarea de CTXT. Nos hemos empeñado en poner todas las trabas posibles a la extensión de bulos y discursos que alientan el odio. Por eso denunciamos en los tribunales a través de Acción Contra el Odio y gracias al apoyo de esta comunidad que constituimos con todos vosotros y vosotras. Pero sabemos también que, siendo condición necesaria, la cultura del odio no se frena solo con denuncias, que en contextos de polarización incluso pueden llegar a ser manipuladas y abrir más fracturas. Por ello, nos empeñamos en rescatar y darle valor a una dimensión que podría confundirse con la hipernormalización, pero que es sana y esperanzadora: la que hace que incluso en momentos hostiles la gente siga haciendo lo que no se puede dejar de hacer si se quiere que la vida siga en pie. La vida cotidiana está plagada de acciones que aspiramos a que sigan siendo “normales”.

La cultura vertiginosa de la competencia eclipsa y oculta las redes de confianza que existen y hacen que todo funcione. El primer día que dejamos a nuestra hija en una escuela infantil, en manos de alguien que no conocemos de nada, confiamos en que la trate bien. Cuando nos aplicamos un tratamiento que el médico nos ha prescrito es porque creemos que va a hacer lo que más nos conviene. Al dormir en el trayecto de un autobús confiamos en que el conductor no sea imprudente… Todos y cada uno de los días de nuestra vida hacemos cosas, casi automáticamente, sin reparar en que se sostienen sobre una red de confianzas y responsabilidades compartidas, tan asumidas que ya no las vemos. Proteger las relaciones de apoyo mutuo y de solidaridad que hacen que unas nos hagamos cargo de otras es un ejercicio de autodefensa.

Ese reconocimiento es también nuestro objetivo. Combatir la cultura del odio con lo único que le puede poner freno: el intento consciente y esforzado de construir confianza y buscar el encuentro a través de la información no neutra pero sí veraz, rigurosa y cercana.

Gracias por ayudarnos a hacer de CTXT una herramienta de educación y transformación política.

Yayo Herrero
Publicado en Ctxt

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