El simbolismo universal de Plaça Salvem el Cabanyal

Sopar a la fresca en la plaça que l’Associació de Veïns del Cabanyal-Canyamelar ha sol·licitat que es dedique a Salvem el Cabanyal, entre l’Escorxador i el nou Centre CívicJosé García Poveda, El Flaco
El Cabanyal vive una metamorfosis que, en general, nos deja la sangre helada a quienes decidimos quedarnos aquí, pese a todo, y criar a nuestros hijos en el pueblo donde crecimos con nuestros padres; a quienes llevamos décadas peleando por su futuro y su dignidad. Y eso que se frenó la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez que pretendía partir en dos “la València que mira a la mar” y que dejó una herida social, urbanística y patrimonial terrible, con la expropiación de más de un millar de viviendas y la demolición de muchas de ellas.
La caída política de Rita Barberà en 2015 y los posteriores ocho años de gobierno municipal de centro-izquierda y los tres de la actual legislatura de PP y Vox no han sido suficientes para reflotar el antiguo Poble Nou de la Mar sobre algunos ejes de consenso: catalogación y protección de todo el patrimonio, tanto del específico como de la trama urbana; control de la delincuencia y revitalización de la convivencia vecinal; reactivación y refuerzo de servicios públicos, equiparándolos al resto de la ciudad, y, sobre todo, un plan específico que evite una sustitución poblacional similar a la que se pretendía con la prolongación.
Al menos, el PP, tras los numerosos reveses sufridos para impulsar la avenida, renunció a ella, primero tácitamente y luego, ya en el gobierno actual, de facto.
Aquel proyecto de voladura controlada del Cabanyal para, precisamente, sustituir a su población por otra de alto nivel adquisitivo hunde sus raíces en el PGOU de 1988, con el malogrado Ricard Pérez Casado aún en la alcaldía. Ese documento dejaba abiertas las puertas a la prolongación de la avenida, rendija por la que Barberà convirtió aquel dislate en la obsesión de sus 24 años como alcaldesa. Y fracasó. En realidad, se trata de una de las escasas iniciativas que se le resistió y, probablemente, la más deseada por ella.
La prolongación y destrucción de un tercio del antiguo Poble Nou representó uno de los más golosos proyectos urbanísticos de la historia del cap i casal: dejaría inifinidad de solares libres para construir fincas a orillas del amplio bulevar y provocaría la degradación sistemática (también) del Canyamelar y del Cap de França para acabar haciendo básicamente lo mismo. Todo nace de una infame premisa de clase que sigue en la mente de la derecha más rancia: ¿por qué en nuestra ciudad la fachada marítima y una de las mejores playas urbanas de Europa está en manos de los habitantes de un antiguo pueblo de pescadores y trabajadores del puerto y no de gente rica, como suele pasar en todas partes?
El descrédito de Barberà y su posterior fallecimiento permitieron que voces influyentes, en el entorno del PP, se plantaran con lo de la prolongación, que se había convertido en un delirio enfermizo.
Durante todos aquellos años (1991-2015) hubo una larga (y sucia y desigual) guerra de desgaste de Barberà y su sórdido escudero Alfonso Grau, enarbolando un proyecto que beneficiaba a grandes constructores e inversores, contra los vecinos afectados (que en realidad eran todos, aunque no lo supieran aún), abanderados por la plataforma Salvem el Cabanyal.
La principal consecuencia de la batalla fue la diáspora provocada en la “zona zero”. Muchos vecinos tuvieron que marcharse, algunos para siempre. Perdieron sus casas o renunciaron a rehabilitarlas o repararlas, ya que, durante muchos años, ni siquiera se concedieron licencias. Se devaluó completamente su patrimonio. Se les negó la posibilidad de vivir donde habían nacido. Hubo gente de mucha edad que falleció inmersa en el conflicto. Nadie debería tener que ser un héroe para proteger sus derechos y su forma de vida. Menos aún en el caso de personas mayores. El consistorio permitió (cuando no auspició) una degradación insoportable, como estímulo para que se marchara gente de toda la vida, y se hizo la vista gorda para que sus casas las ocuparan personas problemáticas, utilizadas de forma torticera como arietes.
Todo aquello afectó a “tot el poble”, más allá de la “zona zero”. Se asoló infinidad de patrimonio, entre el cual había emblemas como la Casa de la palmera o el Forn de l’Estrela con su miramar. Se expropiaron centenares de casas a un precio incomparable con el de las viviendas que se pretendían construir en su lugar. Se destrozó el entramado del pequeño comercio. Se alteró para siempre la cohesión social. En fin, fue una auténtica pesadilla, larguísima, de la cual seguimos pagando las consecuencias, porque los que vinieron detrás no entendieron que, tras 24 años de guerra sucia, el Cabanyal necesitaba un plan especial e integral ambicioso para devolverle la vitalidad, para preservar el patrimonio, para recuperar la cohesión, sin caer en la trampa de creer que, descartada la prolongación, estaba todo hecho.
También hubo dignidad y muchas historias encomiables de resistencia, por supuesto.
Ahora, diversos colectivos, a iniciativa de la asociación de vecinos, han solicitado al ayuntamiento del cap i casal, gobernado por PP y Vox, que bautice una nueva plaza, surgida de uno de aquellos solares, en reconocimiento a la labor de Salvem el Cabanyal. El espacio no puede estar más cargado de simbolismo: está justo al lado de l’Escorxador, el actual centro cultural donde Salvem hizo cientos de reuniones y actividades; en el corazón del devastado carrer Sant Pere, uno de los más antiguos e importantes de la Valencia marítima.
Que un partido político reconozca un error tan flagrante, aunque sea de una forma tan tibia como poner el nombre de Salvem el Cabanyal a una pequeña plaza, debería ser algo habitual en política, algo que aplaudiría una mayoría de ciudadanas y ciudadanos. La alcaldesa María José Catalá podría mostrarse generosa con quienes dedicaron sus vidas a salvar el Cabanyal del bulldozer y la depredación, y tener el detalle de ese reconocimiento. De hecho, podría hacer algo más que aplaudiría todo el pueblo, los que la votan y los que no: abordar de una vez por todas el renacimiento del antiguo Poble Nou de la Mar sobre los ejes de consenso a que ya hemos hecho referencia y restañar así, al menos en parte, la herida provocada por la megalomanía voraz de los gobernantes de un periodo turbio, oscuro y poco edificante de la historia de nuestra querida ciudad de Valencia.
Felipe Bens
Publicado en La Vanguardia



