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El triunvirato

Hay épocas en las que la política se explica por las instituciones y épocas en las que se explica por los temperamentos. Nuestra época tiene la arquitectura, pero no va sobrada de carácter.

2026 será un año feo, pero será también el año en el que las democracias liberales del hemisferio norte descubrirán el mapa de la resistencia a la tiranía, a sus quintacolumnistas (tantos en España, tanto que barrer) y a sus plataformas de odio.

El mapa de la resistencia lo empezó a dibujar un banquero italiano formado por los jesuitas. El hombre que debió ser presidente de la Comisión Europea y no lo fue. Y que gracias a eso ahora puede moverse libremente. Mario Draghi.

El italiano plantea que Europa ya no puede vivir de inercias pasadas, que necesita una nueva escala de acción para no ser objeto de la historia ajena y que debe hacerlo dando un salto hacia una integración federal. Draghi, que además de ser uno de los europeos vivos más inteligentes es de los políticos más listos, sabe que no se dan las condiciones. Y aún así tiene sentido lo que hace.

El mapa de Draghi encontró en Davos un obrero inesperado. Un liberal (en América del Norte liberal equivale a socialdemócrata europeo) canadiense, Mark Carney. En el pueblo suizo lo dijo sin rodeos, donde otros tuvieron miedo a levantar la voz: la vieja relación de integración creciente con Estados Unidos “se acabó”, y con ella un modelo de globalización anclado en Washington. Ese mundo ha muerte. Llorarlo para que vuelva es inútil y sólo conduce a la melancolía. Hay que pasar página.

Ausente en Davos por el accidente de tren, en Dubai, con algo de retraso, apareció Pedro Sánchez. En una sala oscura, y con un discurso y una estrategia que venía rumiando desde hace casi un año, el español cerró el círculo.

Al ideológico Draghi y al obrero Carney les faltaba un resistente. Y Sánchez es enemigo ideal para los Duvor o Musk. Se ha creído eso de que es «last man standing».

Cuando en estos días llegan los comentarios de analistas y periodistas europeos aplaudiendo que alguien plante cara a Nerón, y otros dicen que está siendo valiente, él finalmente aprendió que, en realidad, tiene muy poco que perder, porque la historia enseña que si te van a ejecutar igual, mejor que te ejecute un tirano por resistirte antes de que te ejecute la próxima democracia por haber colaborado con el tirano.

El triángulo Mario Draghi, Mark Carney y Pedro Sánchez no forma ninguna alianza orgánica, no se reparten papeles ni tienen una liturgia común. Cada uno tiene sus formas, las propias, las que le sirven. Y, sin embargo, están convergiendo.

Draghi, Carney y Sánchez convergen porque han sabido diagnosticar mejor que nadie el tiempo histórico que vivimos: el fin de la inocencia geoeconómica, la erosión del multilateralismo que el mal llamado Occidente se dio hace 80 años, el retorno de una política de poder y fuerza, de presión tecnológica, de mentiras, de dominación y vasallajes.

Draghi, Carney y Sánchez encarnan, cada uno, una función estratégica distinta en un mismo proyecto: defender y actualizar las democracias liberales en un entorno hostil. Donde Starmer tiembla (incomprensiblemente desde Madrid), Merz sólo mira por su industria automotriz, Von der Leyen hace el avestruz y en América Latina Lula y Petro se van quedando solos ante el crecimiento de los peones de Trump, Draghi, Carney y Sánchez han decidido otro camino.

Draghi puso el buque rumbo a un destino que sabe difícil, pero correcto. Vayamos de la confederación ficticia a la federación pragmática. Avancemos con los dispuestos y consolidemos después instituciones más fuertes. Dejemos de compartir comunicados para compartir Defensa, Industria y Finanzas. Que Europa aplique una estrategia de poder legítimo y democrático. Draghi deja atrás el «más Europa» como consigna moral para ir hacia el «más Europa» como condición material de autonomía. Casi de supervivencia.

Sánchez no es el teórico Draghi. Pero representa una virtud indispensable de la que Draghi adolece: la resistencia. Sánchez no cede. Ni ante el adversario interno que controla, por primera vez en democracia (ay Bolaños, ay Marlaska), buena parte de los poderes del Estado, hasta el adversario externo. La resistencia frente al clima de una época que premia la simplificación autoritaria y que hace que supuestos progresistas (otra vez Starmer) parezcan reaccionarios no porque lo sean, sino por miedo a parecer lo que son.

Gobernar en minoría desde hace casi ocho años, bajo una presión judicial y mediática insoportable y una polarización extrema, exige sobre todo sentido de la resistencia. Y Sánchez aprendió que lo mejor era no ceder ni un centímetro en el terreno institucional, no regalar la agenda, ir contra casi toda Europa si era lo correcto (migración) y no confundir nunca cansancio con derrota. Sánchez sería un portente en ciclismo de ultradistancia. Apretar los dientes y resistir.

Su estrategia contra la nueva plutocracia reaccionaria (que lleva meses en el horno y un año de trabajos invisibles -¡ay, periodistas madrileños, qué despiste, qué despiste!-) pone a España al frente de quienes han decidido que ni la democracia ni el derecho internacional ni la soberanía pública y el espacio informativo van a caer a los pies de los nuevos nerones. Por mucho que ladren. Sobre todo, si ladran.

Carney completa el triángulo porque es el político de la síntesis. El canadiense, que tenía todas las papeletas para perder, ganó las legislativas en marzo de 2025 porque su pueblo votó contra Trump. No a favor de Carney. Pero apareció un Carney que en Davos sorprendió al mundo. Es creíble. Tiene razón y las ideas claras. Es el obrero.

Su giro estratégico es el más valioso, porque él sí tiene mucho más que perder. Más que Draghi y más que Sánchez. Carney puso las palabras. Debemos, dijo «buscar una coalición de países de ideas y valores parecidos» para defender la democracia, la cooperación, el comercio abierto (a Sánchez le gusta hablar de autonomía estratégica abierta) y unas reglas comunes.

Carney es audaz por necesidad. Sabe que la nostalgia le llevará a la derrota. Y una derrota para Canadá sería la desaparición.

El triángulo no tiene sala de mando, pero converge. Draghi pinta el mapa: si no quiere ser un vasallo, Europa debe ser federal. Sánchez muestra la táctica: resistencia ante el asedio reaccionario. Y devolver los golpes cuando el rival no los espera. Apretar los dientes, cerrar los puños. Carney despliega a sus obreros: hacer que esos valores liberales que defiende le sirvan para ganar apoyos de potencias medias no dispuestas a arrodillarse.

El trío defiende una soberanía compartida: comercial, energética, militar, tecnológica. Porque es imposible gestionar todo eso desde el marco nacional.

Defiende a ultranza la democracia y el pluralismo que protege las libertades sin que eso implique ser neutral ante actores que erosionan deliberadamente el espacio democrático. Las democracias deben ser militantes, para protegerse de los quintacolumnistas que pretender erosionarlas y derribarlas.

Defiende el multilateralismo: los tres levantan la bandera de las reglas globales, de la legitimidad y de la paciencia y la resistencia institucional.

¿Son Draghi, Carney y Sánchez la esperanza de las democracias liberales del hemisferio norte? En sentido estricto, institucional, político, seguro que no. En sentido histórico sí, porque sus tres respuestas son las respuestas al desafío.

Draghi nos cuenta que sin un mapa nos perdemos. Sánchez que si somos pusilánimes abandonaremos. Ceder, por ejemplo, en política migratoria a los cantos de sirena de la extrema derecha, al racismo, al miedo, es caminar hacia la derrota. Carney nos enseña que debemos poner los medios para que la resistencia no sea inútil.

El tirano prospera ante quienes agachan la cabeza porque fragmenta, intimida. El triángulo Draghi, Sánchez y Carney propone lo contrario: integrar, resistir y construir.

Idafe Martín Pérez

  1. Desamparados Bellver Cebria Says:

    De lo mejorcito que he leído en los últimos tiempos.
    Gracias por la propuesta que arroja algo de esperanza

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