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Estrategias políticas frente el cambio climático

Las organizaciones medioambientales más influyentes echan en falta reformas políticas y económicas profundas en nuestros gobernantes. Les exigen una postura global progresista y valiente, porque no defienden actitudes más comprometidas y de largo alcance. Por su parte, los políticos tachan dichas exigencias de poco realistas y acusan a los activistas de radicales, pero son ellos quienes viven alejados de la realidad.

En efecto: los grupos ecologistas han recibido información completa y perfectamente demostrable de científicos y académicos con amplios conocimientos en distintos ámbitos y su objetivo es exponer lo que saben a políticos que quieran implicarse a fondo en la cuestión.

El primer objetivo de las organizaciones medioambientales es desarrollar una acción que alcance cero emisiones de carbono, la eliminación de combustibles fósiles y la implantación de una agricultura extensiva. Ahora bien, solo se podrá conseguir mediante acuerdos internacionales basados en iniciativas globales en las que participen todos los países. Entre otras cuestiones, los países «ricos» tendrán que plantearse el pago de la inmensa deuda que tienen con los países a los que colonizaron y continúan explotando y que viven, por su culpa, en una extrema pobreza. Aunque, afortunadamente, algunas antiguas colonias en manos de países occidentales, se han empezado a liberar, como es el caso de la India o Irán.

Sin embargo, ese objetivo se encontrará con obstáculos que ya están sobre «la mesa planetaria». Uno de ellos es el desmoronamiento de las infraestructuras y la sanidad pública, una educación malograda y miserable, el desempleo, el empleo precario, la falta de empleo para gente muy preparada, el pluriempleo indigente, las migraciones forzosas, las guerras… Otro, la aceptación por parte de políticos, empresarios y público de las propuestas de los grupos medioambientalistas, por muy convincentes y verídicos que sean los planteamientos. Los mismos activistas solo ven factible un cierto éxito mediante el diálogo y el respeto hacia las bases sociales y saben que el camino es largo y arduo; pero también saben que no nos queda otra opción.

El segundo objetivo de las organizaciones medioambientales es conseguir la consolidación de una estructura democrática y un contrato social a nivel mundial mediante reuniones regulares que solucionen los problemas que vayan surgiendo. Principalmente, a través del sacrificio de los países ricos y de su ayuda a los países en vías de desarrollo, puesto que los primeros son los causantes del desastre climático actual.

En ese sentido, es fundamental la creación de un organismo que resuelva los problemas mediante la elaboración, revisión, perfeccionamiento y supervisión de acuerdos y que tenga el poder suficiente para obligar a cumplir los acuerdos y aplicar las sanciones. No debería estar vinculada ni a Naciones Unidas ni a la Unión Europea, ya que han acaparado el rechazo de la población de todo el planeta por no cumplir las expectativas puestas en ellos. Tan solo cabría una alianza humana mundial para combatir al verdadero enemigo.

Dicho organismo debería empezar retomando los aspectos positivos de las reuniones para debatir propuestas y establecer compromisos.  Dada la gravedad de la situación, contar también con información completa y reunirse con frecuencia y, aun siendo su ámbito de actuación el cambio climático, incluir el apoyo socioeconómico a países en vías de desarrollo. Es decir, favorecer una alianza estable,  una cooperación justa y una supervisión honesta y transparente. Finalmente, debería plantearse la erradicación definitiva de la estructura «crecentista» propia del capitalismo, pues nuestros recursos son finitos.

De todos modos, no podemos obviar la existencia de dos corrientes: la de los escépticos, que no creen que lleguemos a tiempo por, entre otras cosas, el desconocimiento en el que nos movemos y la de los optimistas, que consideran la planificación posible por necesaria, ya que las consecuencias futuras son graves y la supervivencia de muchas especies está en juego, pero partiendo de una política pragmática y experimental que se ajuste continuamente a los cambios que vayan llegando.

Dicha planificación debería contar con una red que tuviese en cuenta los recursos existentes a nivel planetario para no agudizar los riesgos que conlleva cualquier alteración en las vidas humanas y en las economías. Podría tratarse de una especie de «economía de guerra» ante al cambio climático.

En última instancia, el establecimiento de una democracia global basada en la cooperación debería considerar la sustitución del capitalismo por una estructura económica que neutralizase el cambio climático. En gran parte, se podría conseguir con el dinero dedicado hasta ahora a los conflictos bélicos. De hecho, el billón de dólares que gastaron en defensa los diez países más ricos en 2015 bastaría para combatir de manera eficaz el cambio climático. En cuanto a cómo conseguir dinero, se podrían subir —de una vez por todas— los impuestos a los más ricos y potenciar la vuelta al trabajo de los desempleados.

Una democracia global podría proyectarse sin demasiados problemas a los ámbitos nacionales y locales reservando espacios para que la ciudadanía se reuniese y dialogase. Quizás descubriríamos que muchas de nuestras necesidades son prescindibles y «renunciables» y aprenderíamos a emplear nuestros recursos con más sensatez y a ser más solidarios de lo que somos por culpa del sistema capitalista.

Pepa Úbeda

 

 

 

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