Rufián y el ‘super glue’

Gabriel Rufián en el Congreso de los Diputados. / congreso.es
El diputado de ERC tiene razón cuando avisa de que vienen nubes negras y toca hacer algo nuevo. La ilusión, es decir, el márketing, funciona
Las ideologías, como los destornilladores o los amigos informáticos, deben ser útiles para la gente. Si no, pa qué. Para entender si una ideología tiene utilidad o no, uno debe alejarse lo máximo posible de sus líderes, de su día a día, del argumentario, de la estrategia con la que aparecen en TikTok o la tele. Cuanto más lejos, más clara se ve la esencia de la cosa. Una señora que llevaba 40 años limpiando escaleras me contó su historia. Los primeros 20 años doblando el lomo era de derechas porque tenía fuerzas y me gustaba criticar a las vagas que limpiaban mal, me decía. Pero un día le entró un lumbago y se hizo de izquierdas porque necesitaba cogerse la baja. Luego, además de tener derecho a enfermar quería tener derecho a cotizar para poder jubilarme algún día, me contaba, así que acabó izquierdista radical perdía. Lejos del dolor y el olor a lejía con limón, lejos de los vecinos pisando lo fregao, un tipo elegante, millonario, entrenador de fútbol de la Premier League llamado Jürgen Klopp se mojaba en rueda de prensa opinando sobre un asunto extradeportivo. Se acercaban las elecciones en Reino Unido y un periodista le preguntó por su visión política. No tengo mucho que aportar, respondió, pero si queréis os cuento mi regla: nunca voto a quien promete bajar los impuestos porque me gusta circular por buenas carreteras, que haya hospitales abiertos y niños yendo a la escuela. Ni la señora ni el entrenador, tan lejos el uno del otro, tan lejos cada uno de ellos de los cuarteles generales de la política, tuvieron que explicar cuáles eran sus siglas políticas favoritas para que se les entendiese la idea. No hacía falta.
Llevo toda mi vida votando a la izquierda de manera poco exigente. Con percibir buenas intenciones y que no sean corruptos, me vale. No necesito que el cabeza de cartel al que votaré sea guapo o guapa, ni que me caiga simpatiquísimo, ni tampoco simpático a secas. He votado a gilipollas porque sé que querían aumentar el gasto social. No me hace falta estar de acuerdo con cada palabra que salga de la boca de la gente en la que deposito mi confianza. Mi voto no depende de que la última campaña en redes sea genial, vibrante, viral. Si tus mítines son aburridos, me la suda, voy a votarte igual. No necesito ilusionarme para acudir al colegio electoral. No voto desde la ilusión –ilusión me hace quedar para tomar algo o sentarme a ver una buena peli–, voto desde la autodefensa. Entiendo la política como una llave inglesa –¿Funciona? Bien; ¿No funciona? Mal–, pero comprendo que no a todo el mundo le pasa. Cada cuatro años sabemos que hay un amigo o familiar que se quedó sin votar porque salió la noche anterior o porque hacía bueno y se fue a la playa. En la izquierda ese amigo es un ejemplar que abunda. Si no tienes ese amigo, el amigo eres tú. Para movilizar a esa gente hay que hacer algo, dice Gabriel Rufián al que siempre hay que escuchar con atención. Tiene razón cuando dice que es más probable que esa gente vaya a votar si la izquierda le monta una campaña ilusionante que si no lo hace. Incluso cuando se trata de esquivar un meteorito, la ilusión, es decir, el marketing, funciona.
Razón no le falta a Rufián cuando avisa de que vienen nubes negras y que toca hacer algo nuevo. Si el líder de ERC me preguntase, mi propuesta para movilizar a la izquierda sería coger de la solapa al dichoso amigo y amenazarle con una buena hostia si se queda en casa. Tal vez no sea el método más Montessori, pero es el mío. Probablemente no el de Rufián, político entregado a la seducción y a la pedagogía que no acaba de articular su propuesta. No vengo a dar soluciones, sino a hacer preguntas, dice el líder de ERC, líder emocional de la izquierda estatal y digital. Simplemente está oteando la escena. Desde la izquierda independentista, incluyendo a sus compañeros de ERC, la idea de la unión de las izquierdas estatales genera rechazo frontal. Queda descartado. También pasa en otros grupos políticos. “Una liga de las estrellas sin base militante organizada y sin experiencia militante compartida me daría repelús. Y si la propuesta va de sinergias colaborativas, le veo el fallo de que, sin la izquierda española, por muy poco edificante que sea su actual dinámica de relaciones entre sí, y sin conocer los mimbres que se quieren sumar al cesto, corres el riesgo de montar unas listas que ríete tú del casting de ‘First Dates’ ”, dice en privado un diputado independentista del Congreso.
Descartada por fantasiosa la lista conjunta –uno de Bildu, uno de Más Madrid– nos queda la ilusión, es decir, el marketing, es decir, ese invento útil. La idea podría ser la siguiente. Gabriel Rufián de Esquerra se presenta por Catalunya y Oskar Matute de Bildu por Euskadi. Pero un día, ambos, bajan a apoyar al candidato andaluz en Algeciras –capital emocional de la propuesta– porque antes que nada somos antifascistas. La imagen de las izquierdas colaborando sería, sin duda, un invento novedoso e ilusionante. Eso que necesitamos para que el amigo no se quede en casa. Algo que haría pensar al potencial votante que, frente al grave riesgo del fascismo más cutre, la izquierda ibérica está unida. Como sabemos, es falso. De ahí el necesario marketing. En la última unión de izquierdas, de pie y frente al abismo, se optó por empujar al vacío al Podemos que había permitido el gobierno de coalición. Podemos sigue vivo, Sumar por los pelos y se trataría, pues, de disimular la enorme división personal existente entre la gente de IU, Sumar y Podemos. De disimular con fuerza que el empeño principal en los cuarteles generales de la izquierda es lograr ser cabeza de ratón, lo de frenar al fascismo es secundario. ¿Es posible disimular tanto como para lograr ilusionar? Quizá sea la pregunta más importante que Rufián, como forense voluntario, deba hacerle a la izquierda española de la que finalmente depende que el marketing ilusionante funcione o no. Parad ya, que estáis rompiendo España, me temo que acabará gritando el líder independentista Superglue en mano.
Gerardo Tecé
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