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Steve Bannon con Yolanda Díaz al fondo

El día 1 de julio, Steve Bannon deberá ingresar en la cárcel para cumplir una pena de cuatro meses de reclusión por desacato al Congreso de los Estados Unidos. Detrás de las rejas, el ideólogo de la derecha alternativa norteamericana podrá contemplar qué paisaje político queda en Europa después de la expansión de sus ideas. Posiblemente aún estará en prisión el día 4 de noviembre cuando se vote al presidente de los Estados Unidos. Si Donald Trump gana de nuevo, Bannon sonreirá: ¿qué son cuatro meses de cárcel ante la magnitud de un triunfo histórico? Trump, de nuevo en la Casa Blanca, una crisis monumental en Alemania y Francia, y las tropas rusas avanzando hacia Járkiv.

Hace cinco años, las elecciones europeas del 26 de mayo del 2019 parecían haber cerrado el paso a las ideas de Bannon, que en aquel tiempo trabajaba para abrir un centro de estudios en Italia, bajo la protección de Matteo Salvini, el líder de la Liga Norte, hoy también de capa caída. La península Ibérica destacaba como bastión del europeísmo. Ignorábamos entonces lo que estaba por venir: una epidemia y una guerra. Una guerra que ya fue imaginada por Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad de Jimmy Carter, en su célebre manual de geopolítica El gran tablero mundial. La gran llanura ucraniana es una rótula fundamental de la plataforma euroasiática. “Quien controle el Este de Europa controlará el corazón de Eurasia (Heartland), quien controle el Heartland controlará la Isla-Mundial (Eurasia y África), quien controle la Isla-Mundial controlará el mundo”, decía el geógrafo británico Halford J. Mackinder, considerado uno de los padres del pensamiento geopolítico moderno.

No se pueden valorar los resultados de estas últimas elecciones europeas sin tener en cuenta los efectos materiales y psicológicos de la guerra de Ucrania en las sociedades europeas. Los hombres del Kremlin deben de estar contentos. La confusión política progresa en la Unión Europea y en estos momentos los gobiernos de Francia y de Alemania son dos muertos vivientes.

En Italia, Giorgia Meloni ha ganado bien, pero deberá estar atenta al crecimiento del Partido Democrático (centroizquierda). Hay oposición en el laboratorio Italia. Los herederos del neofascista Movimiento Social Italiano no podrán hacer lo que quieran con la Constitución de 1948 y no tendrán a Mario Draghi en la presidencia de la Comisión a modo de Lord Protector. La grave crisis política francesa impide a Emmanuel Macron proponer a Draghi, tal y como se filtró hace unas semanas, para que una figura sin partido presidiese la Comisión en lugar de Ursula von der Leyen, rebajando así el poder de Alemania. Esa opción parece hoy casi imposible. La vivaz Meloni influirá en Bruselas, pero no tendrá la sartén por el mango. Una victoria de Trump podría serle de gran ayuda.

En este contexto cobran importancia los resultados de las elecciones en Polonia y en la península Ibérica. La segunda victoria del europeísta Donald Tusk en Polonia  frente a los ultranacionalistas del partido Libertad y Justicia puede evitar una mayor inflamación del corredor que va del Báltico al mar Negro. Y la pervivencia del europeísmo en la península Ibérica es otro valioso factor de equilibrio. En Portugal ha vuelto a ganar el Partido Socialista, seguido muy de cerca por la Alianza Democrática, la derecha tradicional. Un punto de distancia entre ambas formaciones. La extrema derecha (Chega) no llega al 10% y el ex primer ministro António Costa se perfila como futuro presidente del Consejo Europeo. El resultado portugués es el que a Pedro Sánchez le habría gustado obtener, pero no ha sido posible. La ley de Amnistía y el caso Begoña Gómez lo han impedido. Ambos asuntos no han tumbado a Sánchez, tal y como pretendía la derecha, pero han frenado al PSOE en el 30%, después de una campaña electrizante en la que los socialistas han abierto sendas crisis diplomáticas con Argentina e Israel, se han encarado con algunos jueces, han desafiado a varios diarios digitales y han pasado el rastrillo entre el electorado de sus aliados de izquierda, especialmente Sumar.

Madrid DF ha respondido a los bríos del PSOE con un 56% de los votos para las tres candidaturas de derecha en la comunidad uniprovincial que preside Isabel Díaz Ayuso. La provincia de Barcelona, tantas veces determinante en la moderna historia de España, ha replicado con un 51% de los votos para las candidaturas de izquierda.

La ley de Amnistía no ha tumbado a Sánchez como creían José María Aznar, Felipe González, Alfonso Guerra y otra mucha gente de las viejas guardias, también alguna gente de Barcelona. La tensión política ha sido tan brutal durante estos meses que ha propiciado el nacimiento de una tercera rama de la derecha: el espabilado Alvise Pérez y su manual trumpista para hombres jóvenes que se creían apolíticos. Atención a sus buenos resultados en la costa andaluza, especialmente en la provincia de Málaga. Al PP le va costar tiempo y dinero evitar que en las próximas elecciones generales haya una tercera oferta de derechas.

Sánchez ha empleado muchas energías para obtener el 30% que le empodera como negociador europeo. Ha vaciado Sumar y ha acelerado el descalabro de Yolanda Díaz, buena ministra de Trabajo que no tiene madera para el liderazgo político en alta presión, por su propensión a la fantasía. Recomponer un espacio electoral a la izquierda del PSOE que pueda obtener 30 diputados en unas generales es hoy imposible. Antonio Maíllo, nuevo líder de Izquierda Unida, persona seria, lo va a intentar, pero hay mucha tierra quemada.

Catalunya.

El gen convergente le ofrece a Sánchez tres años de estabilidad a cambio de la Generalitat, pero está por ver si los independentistas se atreven a ir a una repetición electoral. ERC tiene miedo a decidir.

El nuevo paisaje, con todas las perspectivas y detalles, no se acabará de dibujar hasta el mes de noviembre.

Atando cabos

La comprensión y digestión de los resultados de las elecciones europeas, especialmente de estas elecciones europeas, es una tarea ciertamente complicada. Muchos niveles y muchos datos. Hay que atar cabos muy diversos, empezando por la crisis política que se abre ahora en Alemania y Francia. El marco general europeo es necesario para entender mejor los resultados en España. Pedro Sánchez se jugaba su papel en Europa, un terreno que le interesa y en el que se desenvuelve bien. Un resultado humillante habría sido leído como un severo castigo electoral por la aprobación de la ley de Amnistía y como una reprimenda ante la investigación judicial a la que esta siendo sometida su esposa. Un PSOE muy por debajo del 30% habría entrado en crisis. Sánchez y el actual grupo dirigente del Partido Socialista se han empleado a fondo para evitar esa situación, que les habría puesto en jaque.

Han girado a la izquierda y han reclamado el voto de los electores y simpatizantes de sus aliados de izquierda, empezando por Sumar. Esa táctica ha funcionado, pero la caída en picado de Sumar acaba de desatar una grave crisis de liderazgo en esa formación que no será fácil de resolver. Esa crisis avivará la pugnacidad de Podemos que ha conseguido un resultado meritorio y que ahora quiere vindicarse. El de Sumar y Podemos quizás sea un cisma sin solución posible. Sánchez ha salvado los muebles, pero ahora puede tener un incendio en el ala izquierda de la coalición. El debilitamiento de Esquerra Republicana también le puede perjudicar.

A su vez, Alberto Núñez Feijóo deberá ver ahora qué hace con el nuevo pasajero de la extrema derecha española, el movimiento de Alvise Pérez, que podría llegar a ser más eficiente que Vox. Yendo de lo general a lo particular acabamos en Catalunya, donde se está empezando a jugar una partida muy delicada. Las elecciones europeas del 9 de junio del 2024 establecen una relación muy intensa entre política exterior y política interior, el tema preferido del boletín Penínsulas. Seguiremos el filón.

Enric Juliana
Publicado en La Vanguardia

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