Tiranía de los círculos y ondas samaritanas

En la vida se puede estar en modo círculo o en modo onda. El círculo ha sido históricamente el símbolo geométrico de la plenitud. Del átomo al planeta, del disco solar a la cúpula de nuestros templos, el círculo atraviesa todas las tradiciones religiosas, que vieron en él un recinto de lo sagrado; las espiritualidades, que lo situaron en el ámbito de la intimidad; las filosofías, que estimaron el carácter circular del tiempo; y las ciencias, que postulan una realidad sin principio ni fin, totalmente conectada.
Asimismo, el círculo forma parte de nuestra vida cotidiana: “Formen en círculo”, decía el maestro de primaria para mantener el orden en el patio del colegio. “Hagamos un círculo”, propone el asambleísta para excluir toda jerarquía. “Sentémonos en círculo para oírnos mejor”; en círculo jugamos para facilitar el paso de la pelota.
Actualmente, en la esfera sociopolítica se ha impuesto la tiranía del círculo, que ha convertido a EE. UU. en un rancho particular cerrado y al resto del mundo en círculos concéntricos ordenados según el petróleo disponible. El trágico epílogo de este proceso es la civilización del cowboy, que excluye, somete o elimina según la voluntad del sheriff; y la sociedad de la vigilancia que pronosticaba Michel Foucault, a imagen y semejanza de las cárceles que sitúan las celdas en torno a una torre central desde la que se puede observar y controlar el comportamiento de todos los reclusos. Los resultados más evidentes son la deportación de las personas inmigrantes y las guerras destinadas a defender el círculo de privilegios e intereses.
Hay una teología que intenta legitimar esta tiranía afirmando que el amor al prójimo se organiza en círculos concéntricos y jerarquizados: primero Dios, después uno mismo, a continuación la familia, los vecinos, la comunidad, la nación y, si queda algo, el resto del mundo. Esta idea se reconoce con el nombre de ordo amoris, que el vicepresidente de EE. UU., J. D. Vance, recientemente convertido al cristianismo tras la lectura de las Confesiones de san Agustín, ha convertido en arsenal político.
Sostiene que la jerarquía del amor —ordo amoris— no es solo una tesis teológica, sino también de sentido común: “La idea de que en el amor al prójimo no existe una jerarquía de obligaciones —afirma Vance— viola el sentido común, ya que el amor no puede dirigirse a todos con la misma intensidad y por ello debe establecer prioridades”. La conclusión para la administración norteamericana es evidente: los recursos deben priorizar a los propios ciudadanos antes que a los inmigrantes; hay que defender a los nuestros y excluir a los otros. “America first”.
Francisco percibió la peligrosidad de esta tesis y se apresuró a escribir una carta al episcopado norteamericano un mes antes de morir (febrero de 2025), en la que afirmaba que “el amor cristiano no es una expansión concéntrica de intereses que poco a poco se extiende a otras personas y grupos; el verdadero ordo amoris es el que promueve la parábola del samaritano: una fraternidad abierta, sin exclusiones”.
El amor al prójimo no depende de la cercanía geográfica, cultural o ideológica; no se administra, sino que se entrega; no se practica solo con los cercanos, sino que se abre hacia lo lejano. En la visita que J. D. Vance hizo a Francisco en vísperas de su muerte, le expresó —según las crónicas más acreditadas— su radical rechazo a las políticas antimigratorias y afirmó que el amor cristiano es universal y no admite excepciones, especialmente cuando se trata de los más necesitados. No se nacionaliza ni se regula con pasaporte, sino que se dirige de manera preferente a los pobres. Esta inequívoca posición de Francisco le valió ser acusado de “filantropía globalista”, “igualitarismo ingenuo” o “cosmopolitismo abstracto”.
En la parábola del samaritano, Jesús discute con un jurista que creía —como J. D. Vance— que solo tenemos deberes hacia nuestros familiares, conocidos y compatriotas. Cuenta entonces la historia del hombre herido en el camino, ignorado por un sacerdote —que era un próximo por nacionalidad— y por un levita —que lo era por religión—, pero finalmente auxiliado por un samaritano, miembro de un pueblo distante y despreciado por los israelitas. Jesús no discute directamente el deber de ayudar a todos; plantea más bien una pregunta decisiva: ¿quién fue el prójimo del hombre herido? La respuesta es inequívoca: prójimo es quien se detuvo a ayudarlo. El amor al prójimo no surge de la proximidad geográfica ni de la pertenencia cultural, sino del acontecimiento mismo de la ayuda.
La parábola del samaritano ha sido reivindicada en la actualidad como el primer intento de cuestionar los vecindarios cerrados o, como diríamos hoy, la clasificación entre prójimos nacionales y extranjeros, cercanos y lejanos. De este modo concluye Amartya Sen, autor de los informes de Desarrollo Humano de la ONU, que “quedan muy pocos ‘no vecinos’ en el mundo actual”.
El amor no se realiza en círculos ni en jerarquías, sino como ondas expansivas que se centrifugan y desbordan los espacios, los tiempos y los círculos. Mientras los círculos se estructuran y ordenan de una vez y para siempre, las ondas son puntos de fuga flexibles; están siempre en estado naciente en las circunstancias concretas. Simbolizan lo abierto, lo imprevisible, lo progresivo, lo conectado sin centro.
El prójimo no es una categoría abstracta, sino una realidad situada histórica y socialmente: alguien que, cualquiera que sea su origen, su nacionalidad o su género, irrumpe en nuestra vida y reclama atención. Es aquel que encontramos en el camino, herido y necesitado, sea el padre o el hijo, el conocido o el extraño, el amigo o el enemigo, el nacional o el extranjero. Santo Tomás de Aquino recurre a un ejemplo clarificador: “Si aparece un extraño en situación extrema, debe ser atendido antes que el propio padre”. La prioridad la marca la intensidad de la necesidad. Así lo cuenta también santa Teresa de Jesús cuando se vio obligada a elegir entre asistir a una hermana enferma o cumplir con la hora de oración: no tuvo dudas, Dios la esperaba en el lecho de la hermana. El amor a Dios y el amor al prójimo no suman dos. Por esta razón, Francisco prefería hablar de Dios en forma de gerundio: Dios es “misericordiando”.
Recientemente, León XIV, en la exhortación apostólica Dilexi te, utiliza la parábola del buen samaritano para reflexionar sobre nuestra actitud hacia los más vulnerables y necesitados. Y pregunta: «¿Con quién te identificas?». Subraya así que ser cristianos implica reconocer la dignidad de cada ser humano, especialmente de los más frágiles.
Cuando se levantan círculos para excluir, el Evangelio abre ondas de misericordia que ensanchan el corazón hasta que nadie quede fuera. Pasar de una visión de la plenitud centrada en círculos de proximidad cerrada a un enfoque de ondas abiertas y progresivas es la tarea ineludible ante la barbarie de la guerra y las deportaciones de inmigrantes.
Ximo García Roca



