“No hay razón para creer que saldrás con vida si ya te llaman ‘cuerpo’”
Testimonio de Aliya Rahman, una ciudadana de Minneapolis, ante un foro del Congreso de Estados Unidos, el 3 de febrero de 2026
Mi nombre es Ali Rahman y soy una residente del sur de Minneapolis. Soy una estadounidense de origen bangladesí nacida en el norte de Wisconsin y soy una persona discapacitada con autismo y una lesión cerebral traumática. No todos los cerebros autistas funcionan así, pero el mío se fija en los sonidos, los números y los patrones. Y aunque lo que el mundo vio en un vídeo hace exactamente tres semanas fue una terrible violación, no es nada comparado con las horribles prácticas que vi dentro del Centro Whipple. Por eso, hoy estoy aquí con un deber para con las personas que no han tenido el privilegio de volver a casa. Y ofrezco estos datos porque estas prácticas deben terminar ya.
El 13 de enero, de camino a mi 39ª cita en el centro de lesiones cerebrales traumáticas del condado de Hennepin, me encontré con un atasco causado por vehículos del ICE y sin señales que indicaran cómo evitarlo. No quería entrar en una intersección bloqueada y caótica, pero acepté verbalmente hacerlo y bajé la ventanilla después de que un agente gritara: “¡Muévete! Te voy a romper la puta ventanilla”. Esa fue su primera instrucción. Los agentes que rodeaban mi vehículo gritaban amenazas e instrucciones contradictorias que no podía procesar mientras vigilaba a los peatones. Entonces, el cristal de la ventanilla del lado del pasajero me golpeó en la cara. Grité “¡Soy discapacitada!” a las manos que me agarraban. Y un agente dijo: “Demasiado tarde”. Me sentí inmersa en un patrón y pensé en Jenoah Donald, un hombre negro autista asesinado por la policía durante una parada de tráfico en 2021. Recordé a Silverio Villegas González, asesinado por el ICE en su vehículo el año pasado. Un agente sacó un gran cuchillo de combate delante de mi cara, que pensé que era para cortarme, y más tarde supe que lo utilizó para cortar mi cinturón de seguridad. Un dolor agudo me atravesó la cabeza, el cuello y las muñecas cuando caí de bruces al suelo y el agente se apoyó en mi espalda. Sentí el patrón y pensé en George Floyd, que fue asesinado a cuatro manzanas de allí. Me llevaron boca abajo por la calle, esposada de brazos y piernas, mientras yo gritaba que tenía una lesión cerebral y que era discapacitada. Ahora no puedo levantar los brazos con normalidad. Nunca me pidieron la identificación, nunca me dijeron que estaba detenida, nunca me leyeron mis derechos y nunca me acusaron de ningún delito.
Al acercarme al Centro Whipple, vi cuerpos negros y morenos encadenados juntos, marchando al aire libre bajo los gritos de los agentes. Sigo oyendo la palabra “cuerpos” porque así es como los agentes se refieren a nosotros. “Estamos trayendo un cuerpo. Están trayendo cuerpos. Siete u ocho a la vez. ¿Dónde los pongo? No podemos usar esa habitación. Ya hay un cuerpo allí”. No hay razón para creer que saldrás con vida si ya te llaman “cuerpo”. Los agentes tuvieron que parar repetidamente para preguntar cómo hacer las cosas. No me hicieron ningún examen médico, ni me permitieron hacer ninguna llamada telefónica, ni acceder a un abogado. Me negaron un asistente de comunicación cuando empecé a arrastrar las palabras. Los agentes se rieron cuando intenté inmovilizar mi propio cuello. Pedí mi bastón y me dijeron que no; los agentes me levantaron por los brazos y me empujaron hacia adelante con grilletes en las piernas, riéndose y diciendo: “Camina. Tú puedes hacerlo. Camina”. Los agentes no sabían si el centro tenía una silla de ruedas. Cuando finalmente me sentaron en una para llevarme al interrogatorio, un agente se burló: “Estabas conduciendo, ¿verdad? Entonces tus piernas funcionan”. Supliqué que me atendieran de urgencia durante más de una hora después de que mi visión se volviera borrosa, mi ritmo cardíaco se disparara y el dolor en el cuello y la cabeza se volviera insoportable. Me la denegaron. Cuando me quedé sin poder hablar, mi compañera de celda suplicó por mí. Los últimos sonidos que recuerdo antes de desmayarme en el suelo de la celda fueron los golpes de mi compañera de celda en la puerta, suplicando por un médico, y una voz fuera que decía: “No queremos pisar los callos al ICE”. Cuando abrí los ojos en la sala de urgencias del condado de Hennepin, supe que me habían llevado allí para que me trataran por agresión.
Las repercusiones de la detención del DHS (Departamento de Seguridad Nacional) en mi bienestar físico, mental y financiero y en mi seguridad han sido muy graves. Pero no merezco un trato más humano que cualquier otra persona, sea ciudadana estadounidense o no. Y hoy estoy aquí con un espíritu fuerte y un deber para con las muchas personas que no han tenido el privilegio de contar sus historias o de ver a sus seres queridos volver a casa. Me angustia enormemente el patrón de violencia que las fuerzas del orden han ejercido durante siglos contra las comunidades negras e indígenas y durante más de 20 años contra los supervivientes del DHS. Nos llamamos a nosotros mismos una nación civilizada, pero carecemos de normas y responsabilidad en torno a lo que una persona que dice ser agente de la ley puede hacerle a otro ser humano. No tengo miedo y no temo seguir trabajando en este problema incluso después de que el ICE haya desaparecido. Gracias por su tiempo.
Aliya Rahman
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