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Emilia Bolinches, periodista y escritora: «Al escribir me he comprendido a mí misma y, de alguna manera, me he perdonado»

La periodista valenciana publica ‘Cartas marcadas’ (Sargantana, 2026), un viaje de reconciliación vital entre los espejismos del pasado, la lucha por la libertad en la Transición y dos encuentros definitivos con la muerte

En mitad del silencio de la pandemia, la veterana periodista valenciana Emilia Bolinches se encontró frente a un espejo doble: la amenaza de la covid y los secretos de una «carpeta verde» que contenía cartas capaces de sacudir su presente. En un ejercicio de honestidad brutal y siendo «justiciera» consigo misma, Bolinches rescata en su obra la memoria de una joven que navegaba entre el amor literario por el famoso Jesús Hermida y una relación extraordinaria con el artista Vicente Martínez, todo mientras su carrera periodística servía de escudo para una normalidad que no sentía.

A través de una narrativa que transita entre el relato autobiográfico de sus años bajo la censura franquista y la ficción necesaria para dotar de sentido a sus recuerdos, la autora repasa su lucha por la igualdad y los valores de Mayo del 68. Tras sobrevivir a una intervención cerebral a vida o muerte, Bolinches cierra este círculo literario con una voz de gratitud, transformando el desasosiego en perdón. Una revisión vital que, como ella misma confiesa, ha sido el camino necesario para poder «vivir tranquila». Actualmente, tras este proceso de catarsis, la autora ya se encuentra trabajando en su próximo libro, centrado en una historia sociológica -y personal- sobre sus veranos en Benidorm.

El género de su obra ha sido calificado como autoficción. ¿En qué proporción diría que hay biografía y cuánto de ficción?

Sinceramente, no sabría decirte un porcentaje exacto porque no creo que la obra funcione por cuotas; es algo transversal entre la ficción y la autobiografía. Como toda literatura, la autoficción consiste en explicar y amagar: cuentas cosas, pero también escondes aquello que quizás no te conviene. En una autobiografía pura, supuestamente, tienes el compromiso de contarlo todo hasta donde la memoria te alcance, pero en la autoficción la prioridad es otra.

Entonces, ¿cuál es la prioridad cuando se decide ficcionar la propia vida?

La prioridad es que el libro sea interesante, y para eso la ficción tiene que cobrar peso porque su proceso es distinto al de la realidad. Tienes que ir viendo qué te pide la novela y darle exactamente eso, aunque implique una «traición» a los hechos reales, como cambiar fechas porque a la narrativa le conviene más. Al final, en mi libro está casi todo lo importante de mi vida, pero pasado por ese filtro literario.

Al principio del proceso tenía ciertas reticencias a incluir a personas de su entorno, ¿cómo evolucionó?

Es cierto, al principio me daba mucho reparo incluir a los demás porque no es solo mi vida, sino la de aquellos con los que me he conectado. En los primeros borradores lo ponía todo con iniciales, pero a medida que el proceso avanzaba, la intención literaria se impuso al deseo de escribir un diario. Entendí que yo no estaba escribiendo un diario personal, sino haciendo literatura, y llegué a la conclusión de que si yo aparecía con nombres y apellidos, los demás también debían hacerlo; así que acabé sacándolos a todos.

El libro parece estructurarse en tres bloques muy definidos por la cercanía con la muerte. ¿Podría explicarnos cómo se dividen?

Aunque no están especificados formalmente como capítulos, el libro tiene tres partes. La primera trata sobre la covid y es puramente autobiográfica, narrando con pelos y señales las cuatro semanas que pasé enferma. La segunda parte es la de los enigmas de la carpeta verde, donde la ficción cobra muchísimo más peso, aunque parta de elementos biográficos. Finalmente, el tercer capítulo, que titulo «Segundo aviso», narra otro encuentro con la muerte a través de una intervención médica in extremis, y vuelve a ser un relato totalmente real.

¿Qué fue lo que disparó la necesidad de escribir este libro en un momento tan vital?

Fue un cúmulo de cosas. Primero, enfrentarme a la muerte con la covid me hizo hacer balance de mi vida ahora que ya soy mayor. Al estar encerrada en casa, me puse a limpiar carpetas y documentos, y ahí encontré la famosa carpeta verde. Al ver esas cartas, me planteé si tirarlo todo y hacer como si no existiera o aprovecharlo para entender por qué hice lo que hice y cómo he cambiado. Luego, un amigo al que le conté el hallazgo me insistió en que ahí había una novela y que debía escribirla.

Al ser una revisión vital tan profunda, ¿hubo algún límite que se autoimpusiera para proteger su intimidad?

Sí, por supuesto. Mientras escribía, tuve algunos encuentros con una psicoanalista y ahí fue donde estudié y determiné hasta dónde podía y debía llegar en este proceso de abrir la carpeta verde y revisar mi vida.

En esas cartas aparece con fuerza su vocación periodística. ¿Cómo era el deseo de ser periodista en aquella época?

El periodismo tiene un valor fundamental desde el principio porque yo quería ser periodista por encima de todo. Recuerdo la angustia de no tener ni una máquina de escribir para contar lo que pasaba en el mundo. En las cartas se refleja mi obsesión por estudiar y pasar cursos para poder trabajar en algún medio; sentía una necesidad vital de contar a los demás lo que ocurría en la calle.

Trabajó durante el franquismo y la Transición, ¿cómo recuerda el ejercicio de la profesión en esos años?

En el libro aparece cómo me movía bajo el franquismo, escribiendo bajo la censura. Casi siempre fui periodista de economía y trabajo, empezando en Valencia Fruits, luego en Valencia Semanal durante la Transición y después en el Diario de Valencia. Fue una época difícil porque, durante el franquismo, enviabas el material a censura y te quitaban artículos que tenías que sustituir por otros; tenías que aceptar pasar por esas «horcas caudinas».

A menudo se habla de esos años como la «época dorada» del periodismo. ¿Siente nostalgia o idealiza aquel tiempo?

No, yo no idealizo nada, todo lo contrario; soy muy crítica conmigo misma y con lo que pasaba. Vengo de una familia muy conservadora y tenía que luchar contra el franquismo en la calle y contra mis padres en casa, con discusiones diarias. Es verdad que antes de empezar la carrera idealizaba la profesión, como se ve en lo que le escribía a Jesús Hermida, pero en cuanto pisé la calle para trabajar, dejé de idealizar el periodismo.

¿En qué se diferencia más radicalmente aquel periodismo del que vemos hoy en día?

Es un mundo totalmente distinto. Antes las cabeceras estaban acreditadas y cada una tenía su papel y sus lectores. Durante la Transición fue especialmente duro porque las fuerzas reaccionarias no querían el cambio y se producía un choque constante que estábamos obligados a contar. Ahora, lo digital y las redes sociales lo han cambiado todo.

¿Qué es lo que más le preocupa de este nuevo ecosistema mediático?

Me preocupa que muchas veces no sepas quién está detrás de una cabecera, si es una empresa o un banco. Además, la información ya no es diaria o semanal, es cada minuto y te llega al móvil sin que tú la busques. Lo más peligroso es que en las redes sociales cualquiera puede aparecer como periodista y propalar bulos y mentiras de forma impune gracias al anonimato. Todo está «enfangado» y la inteligencia artificial lo complica más; creo que habrá que poner orden para separar el barro del agua y evitar que se emitan tantas barbaridades.

Ya había escrito una biografía sobre Pilar Soler. ¿Le resultó más natural este paso hacia la literatura de ficción?

Con Pilar Soler me vi un poco obligada porque ella solo confiaba en mí para contar su historia, que por cierto era de película. Pero la escritura es algo constante para mí. Aunque ahora estoy jubilada, sigo escribiendo poemas y, de hecho, estoy trabajando en otro libro sobre la historia sociológica de Benidorm y mis veranos allí.

Para concluir, tras este proceso de mirar atrás y escribir, ¿ha logrado esa paz que buscaba?

Sí, rotundamente. Escribir me ha obligado a aceptar cosas que tenía aparcadas y que me daban vergüenza o rabia. Al ponerlo sobre el papel, me he comprendido a mí misma y, de alguna manera, me he perdonado. Es la única forma que he encontrado para poder vivir tranquila, y yo quiero vivir tranquila

Amparo Soria
Publicado en Levante.emv

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