BLOG | Artículos de Opinión

Palestina vuelve al Máshrek

Hasta la caída del Imperio otomano, los Estados del Mediterráneo oriental formaron parte del Máshrek2 y se relacionaron entre ellos por medio de una red histórica, ideológica, social, económica y cultural multisecular.

Hasta su «desmembramiento» a manos de los imperios colonizadores occidentales, tuvieron una estructura respetuosa con las identidades comunales, pues proporcionaba un marco favorable a la coexistencia de las diferentes comunidades. Pero el modelo de Estado nación que impuso Occidente, intensificó las divisiones etnonacionalistas y religiosas y sustituyó la coexistencia por la tensión.

En el caso de Palestina, el proyecto sionista perseguía la creación de un Estado europeo en el corazón del Máshrek y optó por su desarabización alimentando el racismo frente a lo árabe. Para revertir la situación, una nueva Palestina debería recuperar las relaciones esenciales, geográficas, culturales y religiosas con el mundo árabe y el Máshrek. También los restante países del área que coexistieron en el pasado. Sobre todo, porque, tras la Primera Guerra Mundial (1918), los modelos políticos basados en la Ilustración occidental —nacionalista y liberal— y el pensamiento político islámico —que cree en la recuperación del califato o en un Estado gobernado por la ley islámica— no han funcionado.

El legado del Estado nación westfaliano, predominante en el Máshrek hoy, ha causado el colapso total del Estado sirio, manteniendo a Irak y Líbano en una inestabilidad perpetua y agotado a Libia y Yemen.

Por el contrario, el Imperio otomano ajustó realidades multiétnicas y multiculturales de todos los Estados negociando y permitiendo el tránsito de diferentes tradiciones y principios morales. En el Máshrek, las personas vivían dentro de una realidad formada por muchos grupos y no querían pertenecer a un grupo o tener que pertenecer todo el tiempo a un mismo grupo, así que las diferentes comunidades coexistían y gestionaban los asuntos intercomunales sin demasiado conflicto.

Hoy padecen los mismos conflictos del Norte global, alejado del internacionalismo y el universalismo por su empeño en imponer un sistema de valores al resto del mundo totalmente obsoleto. Para solucionar los problemas más graves de la humanidad —como el calentamiento global— y desarrollar un mundo menos brutal, es necesario superar ese modelo.

La Palestina posterior a Israel debe recuperar la libertad de movimiento mediante la reconexión con el Máshrek mediante carreteras, trenes y rutas aéreas. Solo así se creará una red nueva de negocios conjuntos, iniciativas culturales y conexiones familiares.

Asimismo, a los países del Mediterráneo oriental les conviene descentralizar sus Estados nación y disminuir sus gobiernos convirtiéndolos en unidades más pequeñas y autónomas (como las antiguas ciudades Estado), si bien gestionar los temas regionales mediante un organismo multinacional más amplio.

Convendría suprimir todos los Estados nación independientes y soberanos porque están desfasados y hay marcos políticos más eficaces, como las confederaciones. En el Máshrek, debería reconceptualizarse la relación entre sus diversas sectas. Musulmana, cristiana y judía en el caso de Palestina.

La agonía del modelo westfaliano

Vivimos en un mundo «postwestfaliano» y los Estados nación que conocemos han perdido importancia.

La Paz de Westfalia (1648) desembocó en los Estados nación occidentales y puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa. Impuso el principio de que un Estado poseía la soberanía sobre sus territorios para que las restantes potencias no pudiesen interferir en los asuntos internos de un Estado dentro de sus fronteras y evitar más guerras producidas por disputas teológicas. El modelo westfaliano se extendió por todo el mundo e, incluso grupos anticoloniales acabaron aceptándolo como modelo político, de manera que idearon, borraron o reinventaron naciones. Ocurrió también con las sectas, tribus y monarquías indígenas del Sur global, que se fusionaron, dividieron o tacharon al crearse sus Estados nación.

En el Máshrek, ese proceso se produjo entre 1916 y 1924, cuando Gran Bretaña y Francia se repartieron las provincias otomanas del Mediterráneo oriental y las convirtieron en Estados nación. Por su culpa, los enfrentamientos bélicos no han dejado de crecer y son cada vez más brutales.

El modelo westfaliano fomenta el aislamiento y la reclusión y es un obstáculo para una vida mejor, no solo en el Máshrek o Palestina, sino también en el resto del planeta, porque no sabe abordar los problemas mundiales más graves: calentamiento global, pobreza, población refugiada…

Otro modelo, por favor

Deberíamos volver la vista hacia el Máshrek otomano del siglo XIX, porque era un lugar en el que los reformistas otomanos, la intelectualidad local y los líderes religiosos construyeron y sostuvieron un modus vivendi entre las diversas comunidades y entre estas y las autoridades.

Los otomanos que ocuparon el Máshrek fueron gobernantes innovadores que siempre buscaron la colaboración con las sociedades bajo su dominio para mantener el Imperio por consentimiento y no por la fuerza. Fomentaban la instalación de elites locales, rurales y urbanas árabes-otomanas para que gobernaran en su nombre y funcionaran como un puente con la población de las provincias árabes. Los resultados eran positivos porque estas elites contaban con la confianza de sus propias comunidades, cosa que no ocurre con nuestras actuales elites políticas…

Sus negociaciones se basaban en una noción no europea de coexistencia laica entre grupos que se identificaban por la religión, la cultura y el origen étnico. Como ciudadanos, eran leales al Imperio y creaban una convivencia auténtica entre las diferentes comunidades.

El marco de la identidad colectiva no era sectario, sino ecuménico, que es un modelo político que defiende la «igualdad política laica para toda la ciudadanía». Las políticas desde arriba y el renacimiento cultural del Máshrek entre 1860 y 1914 produjeron una visión laica de la coexistencia, pero no a la manera europea. Se trataba de una visión esperanzadora basada en la solidaridad entre la ciudadanía de diferentes tradiciones y creencias dentro del Imperio otomano. En muchos lugares —como Palestina— era una realidad cotidiana antes de las agresivas intervenciones europeas en el Máshrek.

En el corazón de esa coexistencia estaba el grupo, asociación de gente mucho más flexible que una secta y con una forma social que permitió una auténtica convivencia entre 1860 y 1914 y que estableció una forma de relación entre la ciudadanía y sus Estados alejada del Estado nación westfaliano. Se era ciudadano o ciudadana en un marco ecuménico propio basado en el grupo etnocultural y en una entidad política supranacional. Todas las personas tenían los mismos derechos de ciudadanía y, a la vez, tenían derechos y obligaciones en el interior del grupo al que se habían incorporado. Esta estructura podría aplicarse al futuro y se trataría de una confederación o unión de agrupaciones iguales que rendirían cuentas a la ciudadanía del Máshrek.

Por tanto, este modelo del pasado no está obsoleto para gestionar la diversidad y el pluralismo, mientras que el laicismo y la democracia liberal de los modelos políticos occidentales no son el mejor camino por su gran estrechez de miras. Se trata de un nacionalismo limitado que nada tiene que ver con el movimiento palestino, cuya liberación requiere una imaginación universalista, porque los nacionalismos que hemos conocido procedentes del modelo westfaliano han sido despiadados e ingentes y nos han azotado desde la Paz de Westfalia.

El marco ecuménico, que aún sobrevive en algunos aspectos en el Máshrek, es un antídoto para el cochambroso sistema del Estado nación que se le impuso y una alternativa a los regímenes autoritarios y a quienes hacen del sectarismo religioso su principal programa político.

Las relaciones intercomunitarias dentro del Máshrek eran mucho menos conflictivas y la persecución solo ha llegado con el sionismo.

El camino para la reconstrucción de un mosaico de identidades en el futuro empieza en las ciudades. Jerusalén, que antes de 1948 era una ciudad próspera y cosmopolita, es famosa por sus barrios históricos: el armenio, el musulmán, el judío y el cristiano. Todo el mundo tejía lazos que trascendían esas divisiones y la realidad diaria era la coexistencia.

La nueva Palestina debería basarse en esas realidades y su impacto sería su mejor salvaguarda.

1 Este artículo está basado en los escritos de Ilan Pappé. 

2 Región oriental del mundo árabe que, en árabe, significa «lugar por donde sale el sol» o «el Oriente». Se opone geográficamente al Magreb, «el Occidente» o «lugar donde se oculta el sol».

                  Es el corazón histórico de Oriente Próximo y abarca los países situados en Asia occidental y noreste de África: Egipto, Irak, Siria, Jordania, Líbano y Palestina.

Pepa Úbeda Iranzo

 

 

 

 

¿Quieres dejarnos algún comentario?

Tu email no será publicado, únicamente tu nombre y comentario.