La estrategia del dolor ajeno

Alojamientos improvisados en la playa de El Trampolín de Ceuta. / Foto: María Inmaculada Balbás Pérez
Ha quedado clarísimo que quienes pretenden acceder a este lado de esa frontera no son personas que merezcan nuestro respeto, son seres prescindibles, vidas que no merecen ser vividas.
Quede claro que escribimos estas líneas no para tratar de hacer reflexionar a los mierdarracistas —batalla perdida sin duda alguna— sino, primero y fundamentalmente, para aportar análisis a nuestras aliadas antirracistas para ayudarlas a que en sus entornos más cercanos puedan rechazar los discursos racistas y evitar a los mierdarracistas en sus vidas; y, en segundo lugar, por si alguna autoridad competente nos lee que sepa que su deber es combatir el racismo y a los mierdarracistas. Si no lo hace es porque le interesa, es decir, es racista, le va bien que los racistas agiten, aterroricen, apalicen, martiricen, incluso sacrifiquen a gentes a las que odia y cuyo dolor le resulta ajeno. Y todo ello porque en la actualidad y desde hace unos años, el odio y el dolor causado por el odio han vuelto a formar parte del argumentario político permitido/admitido/consentido. La derecha utiliza el odio para agitar a sus seguidores, para ganar nuevos adeptos y para vencer en los relatos y en las elecciones. Mientras tanto, la izquierda usa el odio derechista como argumento timorato para no llevar a cabo ninguna política verdaderamente antirracista. En ese combate siempre gana el odio y como la derecha domina el relato en connivencia con los medios de comunicación y con el apoyo de las fuerzas y cuerpos de seguridad y la judicatura, que nunca han dejado de ser fachas, pues resulta que siempre gana el racismo y perdemos todas, las racismeadas y las vulnerabilizadas por otras opresiones: recuerda, el machismo y el racismo como expresiones violentas del continuum de la dominación patriarcal son los hijos sanos, fuertes y dominantes del patriarcado.
¿Ceuta: el fracaso total de la falsa democracia? No, no. Para nada. Ceuta es la consecuencia del colonialismo y la imposición de un sistema hegemónico blanco/payo, o sea payocéntrico, donde la blanquitud/payitud es la norma y el ejemplo. Todo lo que está fuera de la blanquitud/payitud o es percibido como si no formara parte de la misma (personas moras, gitanas, negras, latinas…) puede ser considerado enemigo y, por tanto, abatible, prescindible.
En Ceuta, como en otros lugares fronterizos, el poder ensaya fórmulas de control social y, según sus propias conveniencias, sube o baja el nivel del odio racista para aprender cómo modular la respuesta social. Así, nos han convencido (desde el franquismo, pasando por Aznar, Rajoy, Zapatero y Sánchez y su ministro Grande-Marlaska) de que una frontera con terribles murallas de cortantes cuchillas, con devoluciones en caliente, con masacres habituales (todo totalmente contrario a los derechos humanos)… es imprescindible para mantener nuestra seguridad. En este montaje, ha quedado clarísimo que quienes pretenden acceder a este lado de esa frontera no son personas que merezcan nuestro respeto, son seres prescindibles, vidas que no merecen ser vividas (“Lebensunwertes Leben” que definieron los nazis para justificar su política eugenésica), vidas válidas solo a efectos de integración (inserción en los sectores laborales menos deseados por los blancos) y validación social (los buenos migrantes, los que vienen a trabajar —esto no es nada nuevo, ya se aplicó con éxito durante siglos al Pueblo Gitano—).
Es esta misma lógica colonial y racial la que nos permite asociar las imágenes de población ceutí cortando el paso a los camiones de alimentos básicos para la población migrada que sobrevive en Ceuta, con la misma acción tantas veces desarrollada por la población sionista cortando el paso a los camiones de ayuda humanitaria en Palestina, a población que sufre un genocidio. Son violencias cortadas por un mismo patrón que no se explican sin siglos de deshumanización.
¿Podemos hablar de pogromo? Qué entendemos por pogromo y por qué importa nombrarlo. No. Lo que está ocurriendo en Ceuta va más allá de un pogromo. En Ceuta, ahora mismo, se dan la mano el odio de la oposición derechista y ultraderechista con el interés del Gobierno. Sí, es terrible, pero es una pinza en la que ambas facciones del poder blanco salen ganando.
La violencia racista de grupos de vecinos blancos, payos y autóctonos no es una excepción: se repite desde hace años y, demasiadas veces, se desata con brutalidad sangrante —palos, piedras y fuego— contra quienes no son blancos, ni payos ni vistos como autóctonos. Sin embargo, cada vez que ocurre, el poder y los medios de comunicación nos lo venden como un estallido puntual o como conflictos de convivencia, como si el racismo fuera una tormenta inesperada y no un clima estable, sostenido y estructural. Como si no existiera una historia larguísima de pogromos, cacerías y linchamientos que se repiten bajo distintos nombres y excusas según la época.
En este caso, los agitadores de derechas han querido montarse su propia conspiranoia incluyendo al régimen alauita del mismo modo que en el franquismo se invocaba al contubernio judeomasónico internacional. Con ello consiguen desplazar la responsabilidad de nuestras autoridades hacia unas instancias inalcanzables (los poderes marroquíes) y que las personas que vienen buscando un futuro se transformen por arte de birlibirloque en agentes terroristas que cometen toda clase de delitos para desestabilizar nuestra sociedad.
Por supuesto que es un pogromo pero también es una estrategia política para justificar lo injustificable: el desprecio a los derechos humanos y a las vidas de quienes se atreven a cruzar la frontera. Los pogromos y ataques documentados en nuestro libro Vivir contra el racismo. Pogromos y violencia racial en España muestran que ciertos cuerpos —gitanos, moros, migrantes— han sido y siguen siendo deshumanizados, perseguidos y castigados colectivamente, muchas veces con complicidad o tolerancia institucional. Reconocer estos hechos es esencial para entender que la violencia racial en España no surge de conflictos puntuales, sino de una tradición de exclusión sistemática y racialización social que atraviesa siglos y continúa hoy día.
Por otro lado, conviene subrayar que ni en Ceuta ni en ningún otro lugar existe una verdadera convivencia: la vida en cada pueblo y barrio de España con presencia de personas racializadas es profundamente deshumanizadora y hostil. Las personas autóctonas nos miran con odio y las racializadas respondemos con desprecio. Esta hostilidad estructural provoca que cualquier roce, cualquier conflicto menor, pueda desencadenar un pogromo en cualquier momento. Y esto es también consecuencia de la estrategia del odio: ningún gobierno, ni el central ni los autonómicos ni los locales, quiere realmente una sociedad intercultural y respetuosa. No, lo que todos quieren es seguir manteniendo el sistema racista de privilegios en el que los hombres blancos salen siempre victoriosos y copan el poder institucional, económico y cultural.
¿Qué significa vivir contra el racismo? Enfrentar una violencia sistémica y seguir luchando por crear una sociedad mejor. Una lucha que empieza en el hecho mismo de existir y sobrevivir frente a tantos siglos de intentos de aniquilación. Nuestra obstinación es vivir de manera consecuente: frente al odio oponemos amor. El amor por nuestras cosmovisiones ancestrales, por nuestra historia, por nuestros pueblos, por nuestras comunidades hermanas y por quienes sufren otras opresiones similares al racismo.
No te dejes engañar por el poder. El poder no nos quiere. No quiere protegernos. Quieren protegerse ellos mismos, sus privilegios de blancos/payos poderosos y sus riquezas. Y no solo protegerse sino ser cada vez más potentes, tener cada vez más poder sobre nosotras.
Así que nuestro consejo es que mires con amor a quienes huyen del odio.
Silvia Agüero Fernández / Nicolás Jiménez / Youssef Ouled
Publicado en Píkara



