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Necesitamos una izquierda renovada

Partidos de izquierda «light»  

Dadas las actuaciones y actitudes de los partidos de izquierda tradicionales en los últimos años, es difícil que se renueven con éxito cuando entran a formar parte de coaliciones con otros grupos y fuerzas sociales más progresistas que ellos.

Recordemos, además, que los partidos de izquierda tradicionales no son homogéneos y tienen un ala más avanzada, que suele ser «boicoteada» enérgicamente por el resto del partido al que pertenecen. Es lo que les ocurrió a Jeremy Corbyn, líder en su momento del Partido Laborista británico por una aplastante mayoría, y a Bernie Sanders, representante de una política socialista más auténtica dentro del Partido Demócrata de Estados Unidos.

Sin embargo, hasta ahora, han sido incapaces de cimentar una coalición con colectivos de una izquierda renovada, surgida gracias a la energía desplegada por movimientos de protesta masivos como la «Primavera árabe» (2010 – 2011), el movimiento «Occupy Wall Street» en Estados Unidos o el «15M» en España.

El talón de Aquiles de los movimientos de protesta masivos

A pesar de que han ganado batallas políticas sin elecciones ni legislación, necesitan organizarse en sindicatos y partidos que luchen en el ámbito político y en tribunales locales e internacionales. Les guste o no, deben estructurarse tal como hacen los partidos y sindicatos clásicos, lo cual no les debe impedir criticar la corrupción que se mueve en su seno y luchar por erradicarla.

No es suficiente que posean un inmenso caudal de energía, que aprendan a organizarse y que sean muy eficaces para cambiar el modelo político imperante hasta ahora. Más pronto o más tarde, tendrán que enfrentarse a él y a los poderes fácticos que lo alimentan, y que, desgraciadamente, recibe el apoyo de unas masas de población que se apuntan a un populismo que admira la astucia de sus políticos más corruptos.

Afortunadamente, no todos los colectivos piensan así. Todavía hay gente que se enfrenta a los poderes establecidos. Lo estamos viendo en los campamentos a favor de los palestinos en todo el mundo y, ahora mismo, en España, ante la crisis de la vivienda. Por desgracia, hay aún demasiada gente que se siente impotente porque les cuesta controlar la situación al ver que los medios de comunicación están al servicio de las élites políticas y económicas, defienden el capitalismo y desprecian a una ciudadanía a la que consideran poco cualificada para tener una opinión sólida.

Pero no solo los medios de comunicación dan apoyo al capitalismo. También los sistemas educativos «institucionalizados» impiden que la mayoría del alumnado desarrolle un sentido crítico, porque carecen de escuelas con los suficientes recursos para proporcionar una instrucción adecuada.

A pesar de una realidad tan amarga, no debemos dejar de confiar en nosotros mismos: en nuestra capacidad para ofrecer alternativas que revolucionen una estructura política caduca. Es lo que están haciendo las generaciones progresistas más jóvenes, que ya no se acomplejan ante la izquierda tradicional.

Una posible solución es cimentar una izquierda que se alíe ante los nuevos retos que vayan surgiendo, tanto a nivel mundial como local. Y esa alianza debe respetar la existencia de políticas que no sean exclusivamente laicas.

El talón de Aquiles de la izquierda clásica

Es su actitud ante las políticas identitarias o de afiliación grupal —grupos religiosos y etnoculturales sobre todo—, que impide la creación de una alianza sólida y eficiente.

La izquierda tradicional menosprecia a los componentes de esos grupos y los marginaliza. Por lo general, se trata de grupos étnicos que dejan de lado las fronteras que nosotros hemos erigido y que valoran a los demás como personas, sin importar de donde vengan. Es un ámbito de carácter global que la izquierda tradicional debe aceptar y respetar.

De hecho, la izquierda occidental clásica se niega a considerar la afiliación tribal, sectaria o de cualquier tipo porque cree que se opone a una sociedad más justa. Para ella, solo cuenta la clase social para conseguir la justicia social y se niega a analizar qué papel progresista y renovador pueden tener los grupos identitarios.

Con todo, la parte de mundo que no es Occidente respeta las identidades colectivas. En efecto, las organizaciones de derechos humanos pertenecientes al Sur global critican a los tribunales de derechos humanos porque priorizan los derechos individuales y obvian la violación de derechos colectivos, incluso la llevada a cabo por Occidente.

Ciertamente, tanto los derechos individuales como los colectivos deberían ser igualmente sagrados, pero las «sociedades blancas» del Norte global no se consideran un grupo etnocultural más y afirman que el resto del mundo está retrasado en relación con ellas porque mantiene identidades colectivas etnoculturales y religiosas que se organizan de una forma que no aceptan.

Sin embargo, la realidad actual es otra…

Desde mediados del siglo XX, la migración de personas desde el Sur global hacia el Norte global no ha hecho más que crecer como consecuencia de las políticas económicas neocolonialistas del Norte primero y las catástrofes de origen humano y naturales después. El resultado ha sido la aparición de un mundo más multiétnico, multicultural y diverso.

La falsa frontera entre lo que le importa a la gente en el mundo árabe, África, Sudamérica y Asia por un lado y lo que le importa a la gente originaria del Norte global por el otro ha perdido totalmente su relevancia. Solo hay una constatación: la existencia de grupos de personas que comparten una historia, un legado y una cultura específicos y que les conceden una identidad compartida.

Hasta la Primera Guerra Mundial, en la mayor parte del Sur global, esas identidades eran flexibles y proporcionaban una sensación de pertenencia y seguridad que no impedían el desarrollo de los derechos humanos colectivos e individuales.

Si la izquierda clásica quiere renovarse, tendrá que prestar mucha atención a esas identidades y de lo importantes que son para aquellas personas que migran por la razón que sea. Sí, la unidad debe basarse en los intereses económicos compartidos, en la defensa de la clase trabajadora, pero respetando también la existencia de colectividades que tan importantes son para quienes forman parte.

Por tanto, tendrá que anularse el paternalismo de la izquierda clásica laica y respetar la existencia de grupos de izquierda que pueden tener una religión y una tradición que, por su parte, sí que acata la importancia de la lucha de clases. La antropología no deja de recordarnos que la gente siente apegos importantes y racionales hacia sus tradiciones.

Tendremos que empezar a admitir que solo triunfará una coalición que atraiga a grupos etnoculturales que también están a la izquierda.

El creciente aislacionismo de Estados Unidos es positivo para esa izquierda renovada

Porque crea un vacío que pueden llenar los Estados del Sur global y los países occidentales.

1 El presente artículo se basa en los escritos de Ilan Pappé.

Pepa Úbeda Iranzo

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