Los struthios camelus erectus
Desde siempre me ha llamado la atención las referencias a los avestruces como animales que esconden la cabeza en un agujero en tierra para no ser visto por sus predadores. Esto no deja de ser una falsa percepción, un mito. Sin embargo, en su defensa, el avestruz llega a alcanzar en caso de necesidad o peligro hasta 70 km/ h.
Este mito es igualmente falso para el resto de las aves pertenecientes a la familia struthio. Los struthio camelus, o sea, las avestruces, los ñandús, los emús, los molibdopanes de cuello azul, los syriacus, coppensis, massaicus, australis, etc, todos ellos corren para huir o esquivar el peligro. Es más, ningún otro animal es tan estúpido como para esconder la cabeza ante el peligro salvo una única excepción: los ejemplares de otra especie que también se sostiene sobre dos patas, aunque corremos muchísimo menos. Cierto, está comprobado científicamente que esta majadería se da en muchos casos entre los descendientes del Homo erectus.
La Historia está plagada de muestras y pruebas de que este imbécil comportamiento es muy común entre muchos de los autodenominados Homo sapiens. (perdonémonos la ausencia de recato, humildad o mesura en esta autodenominación) Los sapiens desde hace miles de años habitamos todos los rincones del planeta Tierra, nos hemos multiplicado, aunque para ello hayamos creído necesario devastarlo, nos hemos impuesto absolutamente a las demás especies, acabando con unas y asolando o controlando al resto y, para ello tampoco nos ha sido necesario recurrir al bobo y falso truco de esconder la cabeza. En eso nos hemos comportado siempre y en todo lugar como cualquier otro animal: hemos sobrevivido dando la cara o recurriendo al recurso de huir cuando ha sido preciso.
Pero llegados aquí sí que me parece oportuno resaltar, que este nuestro animal comportamiento solo lo hemos aplicado en nuestras relaciones con las demás especies pero casi nunca con nuestros iguales o semejantes. Si reflexionamos con un mínimo de rigor, tendremos que reconocer que la Historia de la Humanidad, en cualquier lugar y época, está plagada de momentos en los que individual como colectivamente los humanos hemos introducido nuestra testa en el humillante refugio del primer agujero que se nos haya puesto a mano.
Existen múltiples ejemplos ante nuestra vista, a nuestro alrededor, en todos los lugares, en todos los continentes, en todos los tiempos, que si un servidor pretendiese simplemente enunciarlos no terminaría jamás de escribir este artículo. Por eso, contando con que como muestra vale un botón, me limitaré a un solo ejemplo esperando del amable y sufrido lector que no reaccione ante su gravedad ocultando la cabeza de nuevo, una vez más, en los cuentos que les cuentan en la tele: Este país, España, a partir de los años ochenta, vivió momentos muy potentes de ilusión, de cambios… y también de ilusión de cambios, un momento en el espacio tiempo en que los poderosos andaban dubitativos, algunos aterrados, no estaban seguros de poder seguir manteniendo el control de su propio futuro, ni el nuestro, ni el del país. Empezaban a cambiar algunas cosas y parecía prometer, y prometían, que podrían cambiar otras; incluso hubo algunos que, ilusoriamente, soñaban que iba a cambiar todo. El momento era, o lo parecía, prometedor. Algunas cabezas empezaban a asomar y otras salir de los agujeros negros del franquismo mientras muchas testas adictas al régimen se sumergían en nuevos y flamantes agujeros negros y, otros, en hoyos recientemente desocupados. Descubrimos entonces con pena que muchos de los que recientemente habían asomado la testa llevaban tanto tiempo en su agujero que se habían acostumbrado y apenas sabían vivir fuera del hoyo. Otros, muchos, desconfiaban de los supervivientes del grupo que resolvían las cosas como lo hacen los avestruces, o sea, corriendo y peleando; unos no creían que estos valientes tuviesen algún futuro, otros consideraban que lo mejor era esperar de nuevo en sus agujeros a que aquellos supervivientes les sacasen las castañas del fuego y, otros, los “listillos” pensaban que, a rio revuelto, ganancia de pescadores…
Así fue transcurriendo el tiempo, los adelantos sociales y políticos no terminaban de cuajar, se había aceptado como de soslayo, como si tal cosa no tuviese alguna importancia, que en la Constitución se declarase la economía de mercado como el clítoris del Nuevo Sistema y, poco después, otros nos metieron en la OTAN prácticamente a empujones. De nuevo, lentamente, aunque bastante asustados, empezaron a salir de sus agujeros a la luz cabezas, pero esta vez con boinas rojas, con yugos y flechas, otros con birretes, otros con togas y puñetas… mientras que, simultáneamente, otros, los pusilánimes, volvían a sumergirse en sus hoyos para, desde allí, intentar volver a comenzar a ser espectadores de la construcción de su propio futuro. Y, así, con unas Fuerzas Armadas y de Seguridad intocadas, tal cual como las dejó el Caudillo, con un ultracontaminado Sistema Judicial, con una Iglesia que no ha cesado de conseguir más privilegios que los que el mismo Franco les dio (Aznar 20.014 inmatriculaciones; Zapatero les subió la parte del IRPF del 0´52 % al 0´70 %, etc, etc) comenzó la actual involución.
Más de cuarenta años después, con unas nuevas generaciones que no han conocido una saludable reforma integral de la educación, una formación humanística, un conocimiento de la Historia real de su país ni de ninguna otra parte del globo, preocupados por tener salarios de pena, con graves problemas habitacionales, por ser conscientes del panorama oscuro que se cierne sobre ellos, conscientes también de que no somos una excepción, que el resto del mundo está igual o peor, los jóvenes de hoy se enfrentan a la triste visión de un mundo en franca decadencia. En este lance ¿Se les puede exigir hoy que se tiren al monte? ¿Que se agencien unos buenos hoyos? Nada de eso los salvará, lo siento. Tendrán que encontrar nuevos y mejores métodos de buscarse la vida.
Mguel Álvarez



