El poeta, novelista y director del Instituto Cervantes repasa la convulsa realidad mundial, donde los autoritarismos parecen estar ganando terreno a las libertades.

Tengo que confesar que siento una especial debilidad por Luis García Montero. Ahora no leo ni la mitad de la mitad de lo que hacía antes, es otra confesión que tengo que hacer para seros sinceros, pero durante muchos años devoré su obra, así como la de la añorada Almudena Grandes.

Como director del Instituto Cervantes, es lógico que García Montero muestre su preocupación por los derroteros por los que el mundo está yendo desde hace ya algunos años. La deriva autoritaria que estamos sufriendo a nivel mundial, con gente como Donald Trump, Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu, por nombrar solo a los más destacados de la lista, es algo que le preocupa, no solo por las implicaciones políticas de sus decisiones, sino también por lo que salpican a la cosa pública, como es la institución que él dirige desde 2018.

Así nos lo reconoció durante la muy interesante entrevista que le hizo recientemente nuestra compañera Ana Pérez a propósito del Día del Libro. El poeta y novelista nos habló de todo un poco, especialmente de cosas tan importantes y denostadas últimamente como la libertad o el amor, temas recurrentes en su obra.

Pero también nos habló sobre los peligros que acechan a esa frágil libertad que todos damos por hecha y que tanto les costó recuperar a generaciones pasadas tras tantos años de una España en blanco y negro. El granadino no es persona de quedarse callada ante una situación social que se complica día a día. De hecho, de lo primero que nos habló fue sobre el individualismo, ese concepto que a muchos seduce pero que, evidentemente, tiene un reverso oscuro que amenaza con destruir muchas cosas que hemos construido entre todos:

Es una estrategia. Sustituir las ilusiones colectivas por el individualismo más radical. La libertad deja de ser el respeto a la diversidad y a la opinión del otro para ser la ley del más fuerte. Para hacer lo que me dé la gana, ya sea invadir un país ya destrozar una economía. Ese individualismo dicta que quien triunfa no le debe nada a nadie. Es su mérito. Y el que fracasa, por tanto, es culpable.

En ese momento, recordó que ese concepto de ir cada uno a lo suyo es incluso más peligroso cuando se mezclan rencores y odios, algo tan común en un país como el nuestro:

El problema es que cuando el individualismo se agrupa y lo hace en torno a rencores compartidos, a odios comunes, se convierte en algo muy peligroso. A mí me gustó siempre, en la poesía y en la vida, unir las relaciones privadas y de la intimidad con las relaciones públicas. La construcción de un «nosotros».

Esa deriva individualista es, en su opinión, especialmente nociva cuando atañe a lo de todos, es decir, a lo público:

Ocurre igual. Un contrato social democrático ilustrado es la articulación de los distintos intereses privados en un espacio público donde se respeten los derechos sociales. Se puede entender el espacio público de dos formas: como un espacio de diálogo, de respeto a la diversidad, o como el espacio donde una identidad se impone a las demás desde un autoritarismo radical.

Y ahí fue donde destacó eso que vemos día a día en muchos de nuestros representantes público o, sin ir más lejos, en cualquier red social: la ley del más fuerte, algo que deja fuera y muchas veces victimiza a los más desfavorecidos:

Y esto lo estamos viendo, que en muchas situaciones diversas vuelve a haber un intento de identificar lo público con el dominio de una identidad que se impone. Del mismo modo que la libertad está siendo sustituida por la ley del más fuerte y la igualdad, por la homologación.

Trump, Putin, Netanyahu… nombres que ejemplifican perfectamente esa ley del más fuerte y que se creen con el derecho de «borrar del mapa» civilizaciones enteras, como dijo hace no mucho el presidente de los Estados Unidos. A veces dan ganas de bajarse del mundo que nos está tocando vivir, ¿verdad?

Gustavo Higueruela
Publicado en Esquire