El jardinero y la muerte
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. Esa sí es una primera frase. Como pedía Borges. Un inicio que noquee. ¿Pero qué queda por contar después? En la segunda línea, el autor se pone a la altura del lector y le mira a los ojos: “No sé por dónde empezar”. Porque el final es el inicio. El inicio es la muerte. El libro es El jardinero y la muerte (Impedimenta).
Gueorgui Gospodínov escribe con la misma edad que yo sobre el mismo boquete interior: la muerte del padre. 56. Es edad ya de ver morir a un padre, me digo. ¿Y entonces? ¿Entonces qué?, dice mi voz interior más huraña.
Gospodínov dice que no es un libro sobre la muerte, sino sobre la tristeza por la vida que se va. No hay metafísica. No hay trascendencia. Hay sentimientos. Hay vida. El libro que me acompaña estos días desprende la luz suave de la tarde, cuando la vida parece posible, incluso una aventura deseable y hermosa.
“De un año para otro, vivimos mejor; de un día para otro, peor”. Esa es frase para la mayoría: la vida suele ir mejor en lo material mientras tu físico se va deteriorando tranquilamente. Para los enfermos ni siquiera vale eso: es evidente que va a peor. Cada día. Cada año. Cada campanada.
Mi padre también murió en invierno, cuando el trabajo se ha acabado. El trabajo en el campo, quiero decir. El principio de todo y de todos. Las muertes de los padres se parecen. Quisiera vivir un poco más para que mi nieta me recuerde. Mi padre también dijo algo así tras el primer pronóstico vital. Eso lo consiguió.
“Me da vergüenza el mundo del que mi padre se está yendo”. Y tanto. Pero qué importa el mundo en esta habitación. Traigo el periódico del día y queda en la silla, abatido y desarmado. Así otro día más. La actualidad requiere fuerza. Ya no intenta los pasatiempos. Como si dijera que el tiempo ya pasó. Es solo él en la cama. Se enfada a veces. Llora. Quizá esa es mi herencia: hay horas en que me sorprendo llorando sin saber. La situación no es para esto, me digo. Y qué, dice la voz interior borde, la de la niña cabrona de Se tiene que morir mucha gente.
“Lo miro y pienso: no nos han enseñado a envejecer”. ¿Qué se hace al final de la vida? Este es el fin, dice él en un momento de sosiego. No te queda guerra por dar, digo yo. Y no sé lo que digo ni por qué. No me salen los consuelos. Ni las frases grandes de los grandes momentos. Le digo cuatro cosas que aprendí en una serie cuando los ojos se cierran. Te quiero, gracias, te perdono, perdóname.
“Nunca se lo perdonaré a la enfermedad: podrías llevártelo sin humillarlo”. ¿Cómo se hace normal que un día aparezca un objeto con forma de cono con la morfina que se lo irá llevando? Recuerda a la trompa que me enseñaste a lanzar, aunque nunca supe hacerlo bien, como casi nada con las manos. Ahí está la gota que colmará el vaso. ¿Por qué sonrío ahora? ¿Dónde está la voz interior?
El hombre y la muerte. Es verdad: sobreviven solo las historias. El jardinero y la muerte.
Alfons García
Publicado en Levante.emv



