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Montesquieu frente al fuego

Empecé a escribir una primera versión de este artículo el verano pasado. Y aunque las regiones que arden no son las mismas, las causas, debates y perspectivas no han cambiado. Los incendios que arrasan el territorio, en España y más allá, son un brillante recordatorio de que hay problemas que, por mucho que uno se niegue a mirar de frente, no se pueden evitar. Casi lo peor es la sensación de que cuando pase el verano, volveremos a olvidarnos de este creciente problema. En 2027 sufrirá nuevamente nuestro patrimonio común, mientras abandonamos a las personas que se juegan la vida contra monstruos cada vez más poderosos, alimentados por la falta de cuidado y el inevitable cambio climático. Los incendios, como fue la DANA, muestran la falta de adaptación de nuestras instituciones a un nuevo mundo.

Los europeos y estadounidenses llevamos varias décadas paseándonos por el mundo, mirando por encima del hombro a toda sociedad que no imitara nuestra forma política y económica – cuando no directamente obligando de una u otra forma a que la adoptaran. Vestigios del colonialismo, sí, pero también la arrogante convicción de que habíamos descubierto la cúspide de la civilización. Aquí dimos supuestamente con la conjunción de prosperidad y libertad que los otros modelos fallaban en proporcionar. Para quién, y a costa de qué y de quién, son preguntas que interesadamente no nos hacíamos en este tiempo. Entre otros nos vanagloriamos de las distintas instituciones, de sistemas de control y contrapoder, que, organizados de distintas maneras según cada país, evita la tiranía y los abusos de poder. Al menos en teoría, aunque esto está en evidente retroceso. La Democracia tal y como nos la hemos dado en occidente, ni controla al poderoso estamento económico, ni está siendo capaza de dar respuesta a los problemas del presente.

Montesquieu y los otros fundadores del liberalismo político se revolverán en su tumba viendo como la división de poderes que teorizaron, se convierte en excusa para eludir responsabilidades. En España,  el Gobierno no se toma del todo en serio la emergencia que declara, mientras el Parlamento sólo se pone de acuerdo en que no está de acuerdo. Y, para colmo, y el poder judicial lo único que dice sobre el clima es que – en eso – no puede corregir a los otros poderes. Si las instituciones democráticas se demuestran incapaces de resolver problemas materiales que se agravan ante nuestros ojos, acabarán perdiendo legitimidad. Por eso la defensa de la democracia no consiste solamente en conservar instituciones, sino en hacerlas capaces de responder a un mundo que ha cambiado.

A nadie le resultará ajeno la imagen de responsables de administraciones a distinto nivel, echando las culpas a otra administración por la más reciente catástrofe. Sean estas la DANA o los incendios a lo largo del país. Y sí, las competencias en emergencias en España están claras: corresponden a las Comunidades Autónomas. Esas que en su mayoría están gobernadas por gente cuyo objetivo principal es “bajar impuestos”, y luego dicen que no hay dinero para prevención de incendios. No lo digo yo, sino el Consejero de Emergencias de Castilla y León. O la Presidenta de Madrid cuyo plan, irrealizado, de combatir el Cambio Climático con plantas en los balcones no está arrojando los frutos esperados. El negacionismo, encarnado en España por PP y VOX es criminal, guiado por creencias ideológicas o intereses de negocio. Pero todas las Administraciones tienen responsabilidades, desde los ayuntamientos hasta la Unión Europea.

Hay un problema que es más difícil que el institucional, y es que cualquier institución la forman las personas que están en ellas. Hay, como en la sociedad, de todo. Pero incluso aquellos, muchos, que están en política por verdadera vocación de servicio público tienen, antes que nada, que estar para poder hacer un efecto positivo. Y ese juego de politiqueo – que no político – puede ser el primer escollo en políticas de prevención, por ejemplo, frente a incendios. Porque la prevención, siendo clave, tiene muy poco lustre, pues en el mundo de la política mediatizada lo que no pasa, no es noticia, y por tanto no aporta puntos para una futura reelección. Medios que luego tienen dificultades, sorprendentemente en ligar reducción de presupuestos en prevención y aumento de incendios.

Con todo, esta gente consciente o inconscientemente lo que hacen es degradar la democracia. La ola autoritaria en Occidente responde también a esta incapacidad, o falta de voluntad, de responder a los problemas que afronta la mayoría, tanto en el plano social como en el ecológico. Por supuesto que el modelo que ofrecen los conservadores y neofascistas es peor, pero los demócratas en Europa deben perder la arrogancia y asumir que no tenemos todas las repuestas, y debemos adaptarnos a un contexto que cambia peligrosamente. Lo peor que le puede pasar a un sistema político es volverse inútil. Si no eres capaz de solucionar los problemas de los ciudadanos que legitiman el sistema: 1) los problemas serán cada vez mayores y 2) las cosas buenas del sistema quedan opacadas por las incompetencias.

La democracia (la nuestra) tal y como está necesita adaptarse. Profundizarse. Como dice Arsuaga, la evolución es una carrera armamentística, y no parece que estemos dotando a nuestros “ejércitos” de la dirección y herramientas necesarias. Hace 20 años veía incendios en la tele, los medios que se usaban para apagarlos eran en España, más o menos, los mismos que ahora: Aviones amarillos lanzando agua como quién apaga la chimenea con un flus flus y helicópteros rociando pequeños baldes. Mientras los y las bomberas a pie de fuego sujetando la línea con picos y palas, y más nos vale que no sean ellos la última barrera para evitar que los sistemas democráticos ardan como el pino.

 Pablo V. Ch.

 

 

 

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