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“El librero de Gaza”- Rachid Benzine

Libro: “El librero de Gaza”.

Autor: Rachid Benzine

Editorial: Salamandra. Año: 2026

Rachid Benzine, es un escritor, dramaturgo y politicólogo nacido en Kenitra (Marruecos) pero reside desde niño en Francia. Ha ejercido la docencia en diversas universidades e instituciones francesas. Es un buen representante del Islam liberal francófono.

Esta obra representa el sufrimiento de Gaza y de sus gentes que arranca desde este período tumultuoso y terrible que va desde Octubre del 2024, hasta la actualidad y sus antecedentes. Es un revival en que la población gazatí se mueve en un contexto aún más restringido que el periodo anterior fruto de la invasión de su territorio por las fuerzas armadas israelíes quedando reducido su espacio vital a un territorio muy escaso, que corre en forma de franja, aún más restringida y limitada entre el mar y la línea de demarcación. El texto arranca aquí y ahora para profundizar en las sucesivas emigraciones interiores en la población palestina y en ese contexto histórico que le llevó a la primera época de éxodo que sufrió la población palestina y que marcó la fundación del Estado de Israel y después a los sucesivos episodios bélicos como la guerra de los Seis Días de los años 60, el Yom Kipur, o las diferentes intifadas ocurridas en Palestina.

Recoge el texto las penalidades de su población actual en un contexto de destrucción bajo un mar de intrincadas carpas donde malvive su población, aunque aún se conserva en la ciudad de Gaza un entorno urbano, ocupado por casas y calles dispuestas en un precario jeroglífico. Fruto de los últimos acontecimientos militares los servicios para atender a la población han sido muy maltratados, y tanto en los aspectos sanitarios, como en los educativos y sociales de la población que malvive a duras penas con escasa ayuda exterior.

A pesar de ello, el autor nos ilustra sobre las ganas de vivir, las sonrisas de los niños y el dolor de los mayores, muchos de los cuales han perdido a los suyos en medio del afán de supervivencia en un contexto marcado por el hambre y las necesidades de todo tipo.

Describe el autor estampas como esta en las iluminadas mañanas de un día cualquiera “El rojo de los tomates, el verde de las hierbas frescas, el amarillo de los limones. Los tenderetes rebosan vida en los mercados y las gentes se apretujan a su alrededor con las manos llenas y los ojos brillantes”. Es reconfortante observar que la vida se abre camino entre tanta devastación. Todos saben que la paz es provisional y que la distancia entre la vida y la muerte es muy escasa. El polvo lo cubre todo y las mujeres y los niños chillan en una algarabía incontenible. Las calles de Gaza a pesar de todo tienen vida. Bocinas de coches viejos y el acarreo constante de gentes y de enseres. Es un desorden metódico. Pilas de objetos de todo tipo por los rincones de los colmados.

Gaza como la propia franja es un territorio en constante reescritura, una caligrafía miserable en la que yacen cuerpos y almas en un desorden metódico en medio de la sal y la brisa marina. Un paisaje maldito en una tierra atormentada. Las casas y los restos de las que se sostienen son como cajas torácicas desvencijadas expuestas al sol del Mediterráneo con sus tripas retorcidas y expuestas hasta el suelo. Son el grito abierto al mundo de un doloroso aullido interminable.

El autor nos ilustra sobre estos restos y sobre las gentes que lo habitan como despojos paseando como fantasmas sobre un escenario. El galardonado reportaje Naza, sobre este episodio sangriento de la humanidad, nos acerca a través de sus propias imágenes todo el horror del apocalipsis vivido. Son las huellas de la barbarie que pintó Picasso en el Guernica. Constituyen el grito amargo del fracaso de nuestra civilización. No importa la causa o el motivo, es el ejemplo de lo peor y lo más sórdido de nuestra especie que creíamos olvidado con el amargo episodio del Holocausto. Es terrible que los mismos que sufrieron aquel terrible episodio perpetren a otros congéneres la maldición bíblica de semejante castigo. Todo ello indica lo poco que hemos aprendido de nuestras propias experiencias. Hasta en el cementerio las sobras parecen perdidas. Y sobre ese retablo de miseria y vergüenza aún se perpetran atentados y hostigamientos periódicos de las tropas israelíes incansables a sus objetivos de aniquilamiento. Porque sus fines son el aniquilamiento de la población.

El autor se detiene en el relato a seguir cada uno de los detalles de los escenarios de la catástrofe y al largo peregrinar de sus habitantes qué, en un denodado esfuerzo por sobrevivir, reconstruyen una y otra vez el mínimo de existencias para pertrecharse, y ahogan el grito de dolor sufrido por la perdida de sus seres queridos, o de sus pertenencias. A pesar de ello, aún queda un punto de sonrisa en sus niños, en sus juegos, o en el color en los lápices de sus cuadernos.

Entre tanto la vida sigue, el teatro de la vida con fantasmas deambulando por la escena. Todo esfuerzo es vano para alcanzar la normalidad buscada.

En un esquinazo, un librero, un montón de libros apilados, centenares más extendidos sobre una lona, un lector esculpido por los años indagando a través de las gafas inclinado sobre un texto. Estamos ante un mundo diferente. El lector huele la hoja, la acaricia y la somete a su escrutinio. A su lado, un desportillado vaso de té, es todo un ejercicio de abstracción en que el tiempo se detiene en medio de la barbarie. El observador dispara su cámara y capta el momento. El mundo se detiene en un instante. Visita el espacio con los estantes apilados de libros en medio de un edificio que apenas se sostiene. El librero le ofrece un texto de André Malraux. “La condición humana” un resumen de la síntesis de la existencia. Toda una ironía sobre el paisaje. Naturalmente el lector puede elegir sin duda, pero hay libros que te eligen a ti. El librero le invita a leerlo, es de lectura difícil pero imprescindible leerlo, le dice el anciano. Hágalo, le dice, ha resistido el paso del tiempo. Le ofrece otros libros y le invita a volver.

El paseante sigue entre los restos del diluvio de cascotes y de polvo. Es una estampa para el recuerdo. Todo un rincón del saber en medio del infierno. El observador del relato incrementa con fotos las estampas de otras instantáneas que manda a la redacción a París. Es un reportero gráfico sobre el terreno.

Vuelve sobre sus pasos. De nuevo la librería. Café árabe con el librero, todo un ritual. Diálogo entre gestos de cortesía, todo un pretexto para cultivar una amistad y contar la vida de sus antepasados. La evocación incluye otras masacres perpetradas por la rama militar judía del Haganá, cuando se perpetraron otras razzias y represalias contra la población palestina en los años previos a la instauración del Estado de Israel, en 1948. Represalias sobre represalias, odios hacinados en la historia entre la población autóctona. Y después siempre el éxodo, la búsqueda del camino, para vagar hasta otro punto de la geografía, a la búsqueda de un nuevo asentamiento. La diáspora para alcanzar otro punto al abrigo de la desesperación, para buscar el reposo, pero no siempre la paz. Era la Nakba, el camino del exilio de la población en el territorio que luego sería de Israel. Volver a empezar de cero en otro lugar en la franja de Gaza o en el territorio de Cisjordania. En medio de cada reconstrucción una tragedia. Un nuevo purgatorio para la supervivencia. La proclamación del Estado de Israel en 1948 fue para muchos la esperanza, cuando no la promesa, quizá la posibilidad de volver a sus territorios de origen, lugar también de su tierra prometida, y para otros, la cancelación de sus propios sueños y de la condena de vivir en la diáspora permanente. En ello están todavía, incluso para lograr la difícil convivencia de la población palestina que habita desde entonces en el territorio del nuevo Estado. o en los espacios ocupados de Gaza y Cisjordania, con la tristeza, cuando no el odio en sus venas acumulado por la Nakba.

El libro de Rachid Benzine es un retablo de amistad y de tregua, quizá una más, en medio de la barbarie. Un mensaje con vocación de iluminar el atisbo de una sonrisa en medio del caos. Una mirada compasiva sobre la especie humana. La misma mirada de Primo Levi proyectada en sus libros, testimonio amargo del Holocausto. La huella del rescate del pasado y de la historia.  El autor nos aproxima en su texto a la realidad encontrada, al aliento y al registro de una estampa literaria de esperanza en medio de la amargura de cada fotograma.

Es más fácil hablar de los horrores de la guerra que de la belleza de las cosas, este autor a pesar de ello lo hace. Quizá la paz vuelva a esta tierra alguna vez, y anide en el hogar de Nabil, el protagonista, y de los supervivientes. Que puedan degustar el olor al trigo, el sabor del pan de pita y vean florecer en las librerías los poemas de Mourid Barghouti, y en el campo, el paisaje verde de otro tiempo.

Pedro Liébana Collado

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