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La reina de África

Juan R. Gil

Sánchez ha aprovechado la confección de las candidaturas para soltar todo el lastre posible en pos de un solo objetivo: conseguir, en un esquema de máximos, que el PSOE sea el partido más votado en España, aunque eso no le sirva para mantener el Gobierno porque sus posibles aliados en una investidura esta vez no sumen los escaños suficientes. de los asistentes al mitin de Fuenlabrada, con carteles de apoyo a Pedro Sánchez.

El mejor analista político que conozco, jubilado hace tiempo tras haber desempeñado en València y Madrid las más altas responsabilidades, me decía ayer que después de ver las candidaturas que la izquierda, pero sobre todo el PSOE, ha pergeñado para las elecciones generales que se celebrarán el 29 de noviembre, la imagen que una y otra vez le venía a la cabeza era la escena de “La reina de África”, la película que John Huston rodó en 1951 y que le valió el único Oscar de su carrera a Humprey Bogart, en la que el capitán y la misionera que interpreta Katharina Hepburn arrojan por la borda todo lo que hay en el pequeño vapor que les transporta por un río de aguas turbulentas con la esperanza de que la embarcación no acabe destrozada y ellos puedan cumplir con su misión de impedir que los alemanes tomen el control del Congo en la Primera Guerra Mundial.

El ejemplo está bien traído. Sánchez ha aprovechado la confección de las candidaturas para soltar todo el lastre posible en pos de un solo objetivo: conseguir, en un esquema de máximos, que el PSOE sea el partido más votado en España, aunque eso no le sirva para mantener el Gobierno porque sus posibles aliados en una investidura esta vez no sumen los escaños suficientes. O, en su defecto, que el PSOE, aun perdiendo, salve los muebles y se mantenga sin ninguna sombra de duda como la única alternativa real de gobierno a la derecha. En el puente de mando socialista están convencidos de que la primera de las metas (ser el partido más votado) es posible, aunque parezca improbable. Pero que, en todo caso, persiguiendo ese fin puede conseguirse el segundo: que, aunque se pierda el Gobierno el resultado sea lo suficientemente digno como para que el PSOE no se hunda y Sánchez pueda controlar el proceso que tendrá que venir una vez abandonada La Moncloa.

Todas las elecciones generales son a la postre un plebiscito. Y estas lo son en grado sumo. No solo se enfrentan modelos opuestos de sociedad. En este caso, la polarización que padecemos ha hecho que el dilema se simplifique al máximo. Hay quien va a ir a votar para echar a Sánchez y quien lo va a hacer para que la ultraderecha no llegue al Gobierno. Por eso, importa poco quiénes sean los candidatos que en cada una de las 52 circunscripciones presenten los partidos. Por sí mismos, pueden mover pocos votos.

Pero al mismo tiempo la confección de esas listas provinciales no es indiferente porque dice mucho de cómo se va a plantear la campaña en cada lugar, así como del estado de salud y de ánimo de las distintas fuerzas políticas en cada territorio. Por eso, por lo que dejan entrever, pero también porque una buena lista no agrega votos pero una mala puede restar los suficientes para que un escaño que esté bailando caiga del lado propio o del rival si los resultados están verdaderamente ajustados, es por lo que los candidatos y el proceso por el que son seleccionados es relevante.

¿Y qué dicen ese proceso y esas listas en el caso de la Comunitat Valenciana? Pasen y vean.

  1. La izquierda perdida. La Comunitat Valenciana es una de las pocas donde la izquierda que se reclama a la izquierda del PSOE ha conseguido cerrar un acuerdo, enhorabuena. Pero el curso que ha seguido el asunto no ha podido ser más deprimente para cualquier votante de esas opciones ni más contradictorio para quienes la representan. En general, no hemos visto un debate político, sino nominalista. Proclaman que hay una emergencia por el avance de la ultraderecha, pero responden a ella peleándose por los nombres y por los recursos públicos que cada diputado supone para la formación a la que pertenece. En cualquier caso, el pacto entre Compromís, Podemos, Esquerra Unida y Esquerra Republicana lo que anticipa es una campaña de marcado acento nacionalista en esta autonomía. ¿Es lo que toca, cuando el debate general es entre izquierda y derecha y no territorial? Creo que no. Aunque como en política las más de las veces no hay mal que por bien no venga, un votante progresista puede confortarse pensando que quizá ese error del Front Valencià acabe llevando votos a la saca del PSOE. En todo caso, con ese acuerdo Compromís vuelve a regalarle a Podemos la cabecera por Alicante, un puesto que el partido de Irene Montero no se había ganado.
  2. La interrogante Vox. El partido de Abascal no ha tenido a bien comunicar aún a sus electores quienes formarán sus candidaturas. Hasta aquí eso le ha dado igual, porque sus electores sólo quieren echar a Sánchez y todo lo demás les importa una higa. Pero la cosa empieza a no ser tan fácil. En primer lugar, porque todo crecimiento implica responsabilidad. Si Vox tiene tan claro que estará en el próximo Gobierno, necesitará cuadros más preparados que lo que hasta aquí ha ofrecido y diputados que sepan hacer algo más que insultar y patalear en el Congreso. Además, en los últimos tiempos se ha puesto en evidencia que los voxistas quieren en alguna medida “institucionalizarse”. Entonces, la pregunta es: ¿serán capaces en estas elecciones de poner en sus listas a un condenado por malos tratos como hicieron sin cortarse un pelo en las anteriores?
  3. Las cuentas socialistas. Las listas del PSPV reflejan exactamente las pulsiones que se señalaron al inicio de este artículo: de un lado, tratar de ser el partido más votado en España, y de otro preparar a la organización para que una derrota no la deshaga y Sánchez pueda pilotar el postpartido. Los socialistas han puesto en Valencia a quien creen que más puede dinamizar la campaña, la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé, aunque eso suponga que haga doblete, porque también la han proclamado candidata al Ayuntamiento de València, y conlleve un gran riesgo, porque si se estrellara sacando menos votos que los que en 2023 registraron, Bernabé quedaría tocada para las municipales que vendrán luego. Apuesta máxima, por tanto. Al mismo tiempo, han procedido a un ajuste de cuentas. Quienes en 2024 disputaron el liderazgo de la organización a Diana Morant, la bendecida por Sánchez, ahora han sido preteridos. Bielsa no ha visto colmadas sus ambiciones en Valencia. Pero peor ha sido el trato al exalcalde de Elche, Alejandro Soler, que fue presidente del PSPV, que hace poco más de año y medio aspiraba a ser su secretario general y el candidato a la Generalitat, que en esta legislatura presidía la comisión de Hacienda de la Cámara Baja, que todavía es miembro de la ejecutiva federal del PSOE y que pese a todo ello ahora ha sido excluido de las listas porque su último padrino era Santos Cerdán. A Soler le interesa que el PSOE saque el mejor resultado, por si hay alguna posibilidad de reengancharse. Pero dará guerra luego: sigue siendo el secretario general de Elche, una plaza simbólica para los socialistas.
  4. El desconcierto popular. El PP no ha dicho aún quién va a liderar su lista por Valencia, lo que da alas a la especulación. Cuando no salta el nombre de la vicepresidenta Susana Camarero (lo que nos llevaría a un escenario donde el eje de la campaña local, con Pilar Bernabé en el otro lado, sería la DANA), salta el del exvicepresidente Gerardo Camps. Así que el partido que gobierna no deja de emitir señales de inestabilidad a pesar de que eso, la estabilidad, es lo que trata de vender en el mercado electoral. Los populares van a tener que concurrir a estas elecciones con una dirección provisional, sin confirmación de quién será su candidato para tratar de revalidar la presidencia de la Generalitat y sin haber tenido claro hasta el último momento quién lo debe ser ahora para las generales del 29N. Paradójicamente, aunque su nombre no esté en las papeletas, el jefe del Consell se lo juega todo en este trance porque, con independencia del resultado estatal, si el PSOE sacara aquí un voto más que el PP o simplemente creciera y los populares se estancaran, a él le liquidarían al día siguiente.

CODA. La primera edición de la Noche de la Economía Alicantina se celebró en 1975, sólo dos años después de la pionera en la Comunitat, que fue la de Valencia. En ambos casos, organizadas por sus respectivas Cámaras de Comercio. Pero desde el principio, la de Alicante tuvo como singularidad la dureza con la que se trató a los responsables políticos después de que en 1983 se constituyera el primer Ejecutivo autonómico. Eso hizo que Lerma no asistiera a ninguna de las cenas en los doce años que gobernó. O que Francisco Camps abandonara precipitadamente una de sus galas sin esperar a los postres ante el chaparrón que le había caído de boca del entonces responsable cameral, Antonio Fernández Valenzuela. En los últimos años, sin embargo, el acto se ha degradado tanto que hemos visto a su presidente, Carlos Baño, dedicar una parte del discurso a alabar a Carlos Mazón tras la DANA. En esa línea, este año han decidido contratar un presentador para el acto. Y el elegido ha sido Bertín Osborne. No hace falta decir más.

Juan R. Gil
Publicado en Levante.emv

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