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Las palabras claro que importan

María José Navarro Vercher

¿Qué es lo que se va a perseguir en las aulas? ¿Les da miedo que se hable del dictador que nos gobernó durante 40 años? ¿Temen que en las aulas se hable de los Derechos Humanos? ¿De la diversidad de las familias?

Si algo sabemos bien las y los educadores sociales, es el impacto que tienen las palabras sobre quien las recibe. Con las palabras se generan expectativas positivas o negativas, con las palabras podemos transformar una crisis en una oportunidad, pero también puede ser todo lo contrario

Según los términos utilizados, el discurso va a calar de una u otra manera y la persona receptora va a construir desde esas palabras su relato, más o menos distorsionado, más o menos aterrador, más o menos acorde a la realidad.

Cuando los medios informan de un asesinato machista con un titular como «Muere una agente de la Guardia Civil tras ser presuntamente tiroteada por un compañero», le están quitando gravedad al hecho. Trasladan una visión sesgada que disfraza la violencia: presentan al agresor (que resulta ser su expareja) con una pátina de inocencia, omiten la brutalidad del crimen y borran de un plumazo el infierno que esa mujer llevaba tiempo padeciendo.

Lo mismo ocurre si machaconamente desde los medios de (des)información se habla de “invasiones” o de “menas”… Cuando se utilizan estas expresiones, se está despersonalizando a quienes llegan, se les invisibiliza, se les deshumaniza y con ello se nos arrebata la empatía, poniendo el foco sobre estas personas como si fueran seres que nada merecen, y, como decía Galeano, valen menos que la bala que les mata.

Si a la compleja situación de Ceuta le sumamos la irresponsabilidad de quienes, desde la oposición, piden confinar la ciudad ceutí, por no se sabe muy bien qué horrorosa infección (tal vez sean ellos quienes tienen el cerebro infecto y el corazón reseco) la reacción de la ciudadanía es, como no podría ser de otra manera, de miedo extremo y de rechazo absoluto y después se han de lamentar sucesos donde una población atemorizada y repleta de odio sale a la “caza del migrante” o impide la entrada de alimentos a la zona. Desde aquí todo nuestro apoyo a los compañeros y compañeras que estos días están sufriendo agresiones y ataques que les impiden realizar su trabajo humanitario.

Otro ejemplo alarmante lo tenemos con el “adoctrinamiento” que presumiblemente se realiza en las aulas, y para evitarlo se ha decretado que la inspección educativa actúe de facto y revise planes de estudios y lecturas recomendadas… Y ¿dónde están los límites? ¿Qué es lo que se va a perseguir? ¿Les da miedo que se hable del dictador que nos gobernó durante 40 años? ¿Temen que en las aulas se hable de los Derechos Humanos? ¿De la diversidad de las familias? ¿De las personas LGTBI?

En este momento tan complejo en el que vivimos, donde la polarización se mastica, en el que los discursos de odio se convierten en mantras, se hace absolutamente necesario nombrar la realidad con rigor y humanidad. No es una cuestión estética o secundaria; es el primer acto de responsabilidad democrática. Porque el lenguaje no solo describe el mundo que habitamos: lo construye o lo destruye. Cuidar las palabras es, en última instancia, la única forma de cuidar a las personas.

María José Navarro Vercher
Publicado en Levante.emv

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