Mujeres que vinieron a defender la Segunda República

Gabriela Moriana
Como, recientemente, ha dicho Carlos Bardem, yo también estoy de acuerdo con Jean Paul Sartre, que señalaba que escribir implica una responsabilidad. Responsabilidad que, en muchas ocasiones, no he querido asumir, porque los tiempos están muy malos y me causa mucho estrés. Sin embargo, ahora, sin saber muy bien por qué, estoy cada vez más dispuesta a asumirla. Quizá, por eso, porque los tiempos están muy malos y las mujeres tenemos mucho que decir y no nos podemos callar. Las mujeres nos vemos obligadas a defender, otra vez, los derechos ya alcanzados. Porque, aunque, no hemos logrado la igualdad real y efectiva, en algunos países, hemos conseguido la igualdad legal, que es un paso y el camino.
Ante esto, el patriarcado se reinventa, rearma y reacciona. O no tanto, porque lo ha hecho siempre ante cualquier logro o avance de las mujeres. Ahora, quieren hacer creer que hemos llegado demasiado lejos y vamos a romper la familia. Así, y como también ha hecho siempre, utiliza a las mujeres para que nos cuenten que lo maravilloso y lo que realmente está de moda es ser ama de casa. Ni es maravilloso ni nuevo. Es la tradicional división sexual del trabajo. Ellos, los varones, el productivo y remunerado y nosotras, las mujeres, el reproductivo y no remunerado. Es tan viejo como ir a pie y convierte a las mujeres en dependientes económicamente y, por lo tanto, sumisas. Así, las influencers en las redes sociales, contrariamente a lo que predican, no paran de ganan dinero. Son como las mujeres de la Sección Femenina de la dictadura franquista española, instruían a las mujeres para que fuesen buenas esposas y madres, roles que, en la práctica, ellas transgredían.
O piensan que el mejor destino para las mujeres es estar sometidas, como en la legislación romana, al páter de familias, que era el varón ciudadano independiente con la autoridad máxima en la casa y el control total de los bienes, descendencia y esposa. O como en el franquismo, que la liberación de las mujeres del taller y de la fábrica, principio oficial del Fuero del Trabajo de 1938, en la práctica, justificó la exclusión femenina del ámbito laboral, la perdida de derechos jurídicos y la sumisión al hogar. Porque intentar vender ahora lo bien que van a estar las mujeres en sus casas sin tener que vérselas con este mercado laboral tan duro, competitivo y que tanto las cansa es, exactamente, lo mismo. A lo que se suma otro tema no resuelto, salvo en círculos muy reducidos, siguen siendo las mujeres las que tienen que asumir el trabajo de cuidados y doméstico en el ámbito privado. De donde, siguen creyendo, nunca deberían haber salido.
Y esto me trae al verdadero propósito de este artículo. Las mujeres que vinieron hace 90 años a España a defender a la Segunda República. Si se intentó invisibilizar y silenciar a los varones, ni que decir de las mujeres. Mujeres que también fueron socializadas en patriarcados y en los roles sexuales tradicionales. Pero que tenían clara la necesidad de luchar por una sociedad más igualitaria y justa. Procedían de distintos países. Eran médicas, enfermeras, periodistas, fotógrafas, maestras, artistas, escritoras, obreras y militantes políticas. Compartían la certeza de que permanecer indiferentes ante el avance del fascismo era una forma de complicidad. Unas se integraron en las Brigadas Internacionales; otras, colaboraban desde organizaciones sanitarias, sindicatos, partidos políticos, periódicos y distintos comités de ayuda humanitaria.
Así, la británica Felicia Browne, pintora, escultora e ilustradora, renunció a una prometedora carrera para alistarse como miliciana y se incorporó a una columna que combatía en Aragón, donde la mataron, tenía 32 años. Dejó una colección de dibujos realizados durante la guerra.
Así mismo, la argentina Mika Etchebéhère luchó como miliciana, siendo la única mujer oficial del Ejército Popular de la República. Plasmó su experiencia en Mi guerra en España.
Por su parte, Gerda Taro fue una pionera fotoperiodista, viajó con Rober Capa para documentar la guerra, de él conocemos. Ella realizó fotografías sobrecogedoras en el frente de guerra de las madres protegiendo a su descendencia y mujeres trabajando en la retaguardia, de ella poco sabemos.
Una mención especial a Salaria Kea, enfermera estadounidense afroamericana que se unió al contingente de Brigadas Internacionales de su país. Afirmó que, por primera vez, se sintió tratada como una compañera y no como una mujer negra condenada a ocupar un lugar secundario. Relato que al parecer dejó escrito en Una enfermera negra en la España Republicana.
También, mencionar a la norteamericana Marta Gellhoorn, escritora y periodista. Recorrió hospitales, refugios y zonas bombardeadas para contar como la guerra afectaba a la población civil. Su relación con Ernest Hemingnggway, al que bien conocemos, eclipsó la extraordinaria trayectoria profesional de esta mujer. Considerada como una de las corresponsales de guerra más importantes del siglo XX, de la que apenas nada sabemos.
Pero, además, junto a las mujeres más conocidas, muchas voluntarias anónimas trabajaron en las escuelas, fábricas y hospitales. Entre éstas, hay que destacar a las conocidas como “las mamás belgas”. Se trata de un grupo de voluntarias de organizaciones obreras procedentes de la Europa del Este, que llegaron a España desde Bélgica y ejercieron como enfermeras desde 1937 hasta 1939 en el Hospital Militar de Ontinyent. A ellas ha homenajeado el ayuntamiento de esta ciudad (en el que desde hace años Jorge Rodríguez es el alcalde), poniendo el nombre de “Les mamás belgues” a su parque inundable (que, además, ha obtenido una larga lista de reconocimientos, galardones y premios nacionales e internacionales).
Durante décadas, sus nombres y el de otras mujeres que defendieron a la Segunda República desde la prensa, tribunas y foros internacionales han sido invisibilizados o relegados a un segundo plano. Para ellas es este homenaje, todo mi respeto y toda mi admiración.
Gabriela Moriana
Publicado en Levante.emv



