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Sacudida de inhumanidd

Ximo García Roca

Sostiene la sociología crítica que “dejar hablar al dolor es la condición de toda verdad”; en Ceuta se condensan simultáneamente los cuatro rostros del sufrimiento social: la precariedad del desarraigo, la humillación del rechazo, la soledad de los sin-nadie y la desesperanza del descartado. No basta con vigilar y castigar, ni siquiera con restaurar la vieja normalidad, ya que lo acontecido afecta a los cimientos mismos de la organización social; ni es suficiente considerar lo sucedido como una crisis migratoria cuando es un instrumento de poder, presión y reivindicación. La interpretación migratoria pervierte los hechos al convertir el episodio en un asunto patriótico, a las personas desplazadas en peligrosos invasores, e introduce una lógica profundamente perturbadora que fabrica una diana contra las políticas de acogida e inclusión, por razón de origen, raza o nacionalidad.

En la avalancha humana que ha dejado, según el recuento de Caminando Fronteras, 145 personas fallecidas, muchas de ellas ahogadas al intentar alcanzar la costa, se condensan las grandes contradicciones de la inhumanidad: el enorme foso de desigualdad económica entre África y Europa, y cuyo desafío expresó El Roto en una viñeta a través de una voz que salía desde una patera: «No podíamos esperar a que la deriva de los continentes nos acercase a Europa». Los flujos de capital obligan a los empobrecidos del mundo a desplazarse tras su estela; cuando no se puede cambiar una situación, se cambia de lugar: la geografía sustituye a la política.

Se condensa igualmente la contradicción migratoria entre ser necesarios para sostener el bienestar de unos y ser rechazados por indeseables. Esta contradicción la ha expresado de manera desencarnada Rafael Chirbes en su novela En la orilla: «Nos necesitan, argumenta Abdeljaq, y mientras nos necesiten tendrán que aguantarnos, y si dejan de necesitarnos, se librarán de nosotros».

Se condensa también la contradicción de un país que en 2025 recibió 96,8 millones de turistas internacionales y que podría superar los 100 millones en 2026, mientras una parte de la población se siente colapsada por la llegada de personas empobrecidas que esperan encontrar un lugar para trabajar, vivir y soñar con un futuro diferente.

Cuando un edificio se tambalea, empieza a destruirse por la parte más débil: la infancia y la adolescencia, y los sujetos frágiles de cualquier edad y condición, vulnerados por poderes que destruyen su identidad personal, sus vínculos afectivos y comunitarios y sus expectativas de futuro. Las personas vulneradas requieren una forma empática de emocionarse, un nuevo marco colaborativo, nuevos actores políticos y sociales y renovadas prácticas de protección y cooperación.

En la frontera sur de Europa se confrontan distintos modos de emocionar la realidad, que, según mostró Maturana, preceden a cualquier respuesta institucional. El miedo a perder lo que creemos que nos pertenece en exclusiva  se despliega en el rechazo y la confrontación, en la deportación y el confinamiento, en la vigilancia y el control, en recursos policiales y militares.  Y, por otra parte, está la confianza como forma de emocionar al ser humano, que se hace cargo, vital y afectivamente, de la situación singular de cada persona, con sus expectativas y heridas particulares. La confianza permite sentir al “otro” sin generalidades ni estereotipos, penetrar en su mundo sin juicios previos, empatizar con cualquier persona confundida o marginalizada en su identidad, pertenencia o destino, para ofrecerle la oportunidad de comenzar de nuevo.

Mientras el miedo cerraba comercios, quemaba las pequeñas pertenencias de las personas desplazadas y bloqueaba el reparto de ayuda humanitaria blandiendo banderas españolas, en Ceuta se cultivaba silenciosamente también la empatía solidaria en las casas que acogían a niñas y adolescentes, en los voluntarios que les llevaban comida y en prácticas administrativas amables y en funcionarios decentes.

Compiten en la gestión de la crisis dos marcos cognitivos. Uno ha convertido el mundo en un universo de medios: el menor de edad es un artefacto jurídico que desposee a los niños y adolescentes de sus capacidades personales; y llamarles “menores no acompañados” (Menas) es una construcción política que fortalece la dependencia del adulto. Las personas se deshumanizan al identificarlas con cifras y números, bien para expulsarlas como objetos, bien para repartirlas como indeseadas. Se sustituye la observación participativa por el cribado para medir su arraigo familiar o para clasificar la gravedad de su estado.

¿Podemos imaginar un universo de fines en el que estén involucrados el derecho a existir, a ser querido, a ser reconocido y a participar en los asuntos colectivos? Tras cada persona que transita por Ceuta hay una vida que desea sobrevivir; una vida afectiva que reclama el amor que no existió; una vida social que demanda un papel activo en las cuestiones que le afectan; y una vida espiritual que busca encontrar una comunidad para ser reconocida en su singularidad, quedar vinculada a un territorio común y ser copartícipe en la construcción de un destino colectivo.

Este ideal social alimentó la imaginación profética del papa Francisco cuando, afectado por un hecho similar en Lampedusa, pronunció una utopía viable: “¡Basta que cada parroquia, convento o comunidad cristiana incorpore a una familia inmigrante para solucionar el problema!”. Imaginemos que los miles y miles de centros educativos que han establecido conciertos educativos con las Administraciones Públicas ampliaran sus conciertos —subvencionados con dinero público— para acoger cinco menores en sus centros. Sin duda, nos haría a todos más humanos y a ellos más evangélicos.

Los sucesos de Ceuta acontecen en plena transformación de los peligros en riesgos. En la sociedad del riesgo, las instituciones se han mostrado radicalmente insuficientes para afrontar las emergencias sin la responsabilidad personal, la participación ciudadana y un sistema democrático; ya no sirven los dispositivos que se inventaron para gestionar peligros concretos e identificados, como el abandono familiar, la explotación laboral, la violencia física o la transgresión de la ley.

Un ejemplo ayudará a comprender esta transformación. Cuando los accidentes en carretera se producen en una curva o en un determinado kilómetro, basta colocar a la guardia de tráfico al principio y la ambulancia al final; si el accidente se produce en línea recta, por haber dormido poco, consumido alcohol, atendido el móvil o estar estresado, se precisa la implicación personal, la responsabilidad colectiva y la vigilancia comunitaria, junto a las instituciones potentes y los sistemas de vigilancia.

Los riesgos son siempre imprevisibles. Podemos reducir la incertidumbre, pero no eliminarla a través de centros de internamiento, ejércitos o fronteras. Será necesario potenciar la ayuda internacional a los países en desarrollo, que en la actualidad es manifiestamente insuficiente; garantizar los niveles mínimos de protección a través de la renta universal; y cultivar la soberanía alimentaria y la autoconciencia de la dignidad mediante los derechos humanos universales. En caso contrario, no habrá futuro para nadie.

Ximo García Roca

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