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Antonio Muñoz Molina – “No te veré morir”

Libro: “No te veré morir”.

Autor: Antonio Muñoz Molina

Editorial: Seix Barral 2023

Antonio Muñoz Molina, nacido en1956, es un conocido escritor español con una afamada obra literaria, que comienza en los años 80 y llega hasta la actualidad. Nacido en Úbeda (Jaén) ha ido esculpiendo su obra literaria, paso a paso, sin apenas pausas. En muchos casos sus obras han ido desgranando las señas de identidad de nuestro país

En esta obra reflexiva y nostálgica, el autor ha construido un espacio de memoria apoyado en el territorio de sus pensamientos, lugar donde se hilvanan y cohabitan muchos de ellos con sentimientos, y emociones. Con un lenguaje sencillo, sustentado en una prosa de gran musicalidad la narración discurre como un meandro. Sus reflexiones se prologan más allá de sí mismo, para refugiarse en el texto. Sin prácticamente puntos en ella, al menos en su primera parte, el lector surfea entre las palabras para recoger el interior del autor, anotando reflexiones de una visión derramada, en la que se mezclan los protagonistas y sus propias vivencias.

La obra contiene y se sustenta en el poder de la memoria y el olvido. Constituye una ventana por la asoma la lealtad, la traición e incluso la cobardía. Incluye valoraciones sobre el amor y las diversas formas de amar, y sobre la obstinación y supervivencia de ese amor cuando el sentimiento es sincero y profundo, incluso sobre los espejismos que la acompañan.

La novela parte un amor conmovedor, de una pasión entre dos personas, frustrada por la vida y acaba en un retrato de la vejez escrito con extrema delicadeza, la complicidad de las miradas cuando la vida está próxima a la estación termini, cuando a uno y otro se le acaba el tiempo. Es conmovedor el final.

La estancia de Muñoz Molina en USA como director del Instituto Cervantes, y sus referencias a la ciudad de Nueva York, marcan mucho el escenario de algunas de sus novelas. En esta también. Es preciso recordar sus reflexiones recogidas sobre ese mismo escenario en el relato de “La noche de los tiempos”. En esta narración, el autor nos devuelve a los espacios de los grandes bosques, las amazónicas autopistas americanas, la visión del río Hudson y la vida en algunos barrios de Nueva York. También sobre la soledad que albergan algunas personas de ese país iluminadas por las estampas de los cuadros de Hopper.

Gabriel Aristu y Adriana Zúber constituyen la pareja sobre la que pivota la novela. Una relación que concibieron para siempre, pero a la que la vida y las circunstancias se interpusieron en el camino, lo que les condujo a sufrir destinos diferentes, separándose durante casi 50 años. Tan solo, ya, de mayores, en el ocaso de sus días, la vida les vuelve a unir, como los salmones cuando retornan a los lugares donde nacieron.

Las caricias de entonces, las miradas, la complicidad, los deseos acallados. Los viejos reproches, todo vuelve a brotar como en el pasado, superponiéndose en el texto al tiempo transcurrido. Uno de los personajes señala que el olvido los sepulta, pero sin buscarlos, las huellas afloran en los sueños.

La novela es un juego, destila un aroma de antiguos sentimientos entre una pareja que se amó en su tiempo, pero que, sin quererlo, se expone a que aquello que no pudo consolidarse, aflore de nuevo. Es un vaivén entre el pasado y el presente. Son dos seres escrutándose de nuevo, buscándose ambos sobre los restos de las viejas emociones, sentimientos que con el tiempo se fueron volviendo evanescentes, pero que conservan aún ciertas esencias básicas de un pasado lejano.

La España de la Dictadura que los separó en 1967 era muy diferente a la americana. Ella, atrapada por el sistema político, acabó casándose, y él siguiendo el éxito profesional, terminó por recalar en USA. Allí, primero en California y luego en Nueva York acabo componiendo otra vida, una familia, unos hijos y otra personalidad. Ninguno de ellos quiere saber mucho más de España que el poso de unas visitas esporádicas.

El que se marcha olvida con mucha más facilidad que el que se queda. Para el que se marcha desaparece el mundo en el que se anclaba la memoria, tan solo se ve sometido al pasado, algunas veces, a través del inconsciente.

El autor se detiene en analizar y reconstruir los antecedentes y la huella de Gabriel. El papel de su padre, culto, recién salido de la cárcel, con convicciones religiosas y monárquicas en el pasado, malvivió en medio de sus silencios en la larga dictadura, ganándose la vida redactando libretos para los conciertos. Su pasado como experto en musicología, fue siempre intenso y de gran entrega, destacando como colaborador de Manuel de Falla y Adolfo Salazar, sus antiguos maestros empeñados en la divulgación de la música durante el periodo republicano. Sus aportaciones se produjeron entre otras aportaciones a través de las misiones pedagógicas, instrumento cultural del gobierno republicano al servicio de las zonas rurales.

Después del final de la guerra, sus esfuerzos se volcaron en educar a los hijos en una nueva opción emancipadora, en medio de las estrecheces existentes, forzándoles a aprender idiomas, a forjarse un futuro, y si es preciso, incluso, a salir al extranjero. Es el escenario de un país exhausto, hundido, en el que se desarrolla una realidad miserable y ruin. Gabriel estudia y cumple su parte en ese contrato no escrito, para emanciparse, y se prepara para evadirse o, por lo menos, para alejarse de la España en la que se ha criado y que llevaron a la generación de su padre a la cárcel y al exilio interior. A otros congéneres la historia les condujo a las cunetas.

Otros autores, como Theodor Kalifatides, han descrito realidades semejantes, en ese caso de la sociedad griega, bajo el yugo de la cruda realidad de la invasión alemana y la enconada guerra civil que la acompañó con dictadura incluida que condujo a una diáspora considerable en el país heleno. Kalifátides escapó a Suecia para huir de una realidad miserable y canalla. Acabó labrándose un porvenir en una lengua y una sociedad en las antípodas de la suya. Siempre dice que lleva a su antigua patria no en el corazón, como muchos emigrantes, sino en la cabeza, como una boina. Ha escrito páginas maravillosas sobre la patria de origen y las circunstancias que le marcaron para siempre y su visión cuando retorna por temporadas a la tierra que le vio nacer.

Una vez que la relación del personaje masculino con Adriana se aparca, éste emprende una nueva vida en USA llevado por el río de la vida de su nueva realidad. Pertenece ya a otra sociedad sujeta a otros parámetros. Es curiosa la referencia que contiene el libro sobre los rasgos diferenciales que el autor encuentra entre las dos sociedades. Es todo un cambio de escala entre la sociedad americana y la europea. Reflexión que sale de la propia experiencia del autor al observarla desde la ventana del Cervantes en Nueva York.

Cuando él protagonista marchó de España, las mujeres llevaban velo en las iglesias, y la supeditación de la mujer al marido constituían un martirio, incluso en las relaciones de adulterio, la cosa podía acabar dilucidándose en una denuncia a la mujer y una condena bajo la espada del código penal. En cambio, en California a donde se inició en su aterrizaje americano, el pasado no existe, es una cosa de los europeos.

Esta obra es junto con la anterior “Volver a donde” todo un depósito de memoria, un ejercicio reflexivo de como las sociedades evolucionan y con ella los individuos, pero la relación entre ellos está sujeta a parámetros semejantes, que en muchos casos son espejos de la situación, e hijas del medio en que se desarrollan.

Hay un punto de tristeza en sus reflexiones, fruto de las carencias observadas, pero también de esperanza. La reflexión alcanza a la historia y a la memoria de este país. Sin memoria no hay futuro, no hay señas de identidad, no hay divulgación de valores democráticos, ni se cultivan sociedades libres. El pasado también cuenta y forma parte del presente.

El empeño de Muñoz Molina siempre ha albergado ese compromiso. Se puede observar en todas sus obras. En la mirada de los fenómenos, o en las situaciones que narra, en la complicidad con el lector, y en la defensa de los valores que atesoran sus obras.

Pedro Liébana Collado

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