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Ese AVE maldito y exterminador, que aletea sobre una España pretenciosa

Pedro Costa Moraga

Demasiados proyectos de alta velocidad, demasiada fanfarria oficial, demasiada credulidad pública, demasiado gasto, demasiados daños: derroche presupuestario, eliminación inducida de líneas tradicionales, servicios y estaciones, es decir, escaso beneficio social, encarecimiento de pasajes aun significando una parte pequeña del coste real, daños ambientales, culto estúpido a una velocidad innecesaria, tecnología utilizada políticamente como activo, brillo y excelencia, alto riesgo, inevitable, de accidentes catastróficos…

Accidente de Adamuz, enero de 2026 (EFE).

Accidente de Adamuz, enero de 2026 (EFE).

Tampoco yo, que pedí en 1986 a la Fundación de los Ferrocarriles Españoles que acometieran el estudio de impacto ambiental del tren de alta velocidad que acaba de anunciar el Gobierno socialista para tenerlo a punto durante la Expo de Sevilla de 1992, pude imaginar los resultados infames, de todo tipo, que ese tren nos ocasionaría. A mí me preocupaba la ligereza con que esa infraestructura novedosa, pero de evidente gran impacto, se asumía sin más, sobre la inexistencia de legislación de impacto ambiental. Y conseguí de la sensibilidad de esa Fundación que me encargara un Estudio de Impacto Ambiental ajeno a legislación alguna, pero que pronto se hizo perentorio cuando Bruselas lo exigió al Ministerio de Transportes como condición para financiar el proyecto.

Fue, en efecto, la chulería y el exhibicionismo de aquellos sevillanos en el poder (Felipe González, Alfonso Guerra), que se dejaron fácilmente encandilar/presionar por sus compadres socialistas franceses y la tecnología de su TGV, lo que nos dio el AVE, que inicialmente se llamaba NAFA (Nuevo Acceso Ferroviario a Andalucía), con velocidad prevista de 250 km/h y que se erigía como una alternativa aparente al paso de Despeñaperros.

Luego se fue desencadenando el “AVE para todos”, que las campañas electorales y el populismo/pueblerinismo de nuestros líderes políticos pretendía, hasta llegar, sin justificación ni sensatez alguna a los más de 2.000 km actuales “segundo país del mundo tras China”. Y quedaba instituida la velocidad ferroviaria de los 300 km/h, saltando sin malla ni medida sobre las velocidades “sociales” de 200 km/h en algunos tramos, pero sin abandonar las tecnologías “a la medida del hombre”, que en ética y política no se deben traspasar impunemente.

Pero más de un centenar de muertos en un mismo año es demasiado e intolerable, por lo que hay que actuar y exigir que los poderes públicos se pongan a la faena, dejándose de tonterías exhibicionistas que no hacen ninguna falta y nos castigan, de forma implacable.

Accidente de Urda, octubre de 2026 (infobae).

Accidente de Urda, octubre de 2026 (infobae).

1) Congélense, pues, como primera medida, o sométanse a moratoria, todos los proyectos de AVE, haciendo oídos sordos a tantos líderes autonómicos que parece que con el AVE van a hacer grande a su tierra.

2) Redúzcase sustancialmente la velocidad actual estándar a niveles no superiores a 200 km/h, que ya está bien, si es que se trata de competir con la carretera y sus 120 km/h máximos.

3) Reconózcase que los costes de esos AVE son faraónicos, puro derroche financiero que en realidad nunca se podrá pagar, con resultados escasamente sociales (por no decir, claramente antisociales).

4) Atiéndase a las demandas de las asociaciones de defensa del ferrocarril, dirigidas hasta ahora sin grandes esperanzas a la reapertura de varias de las líneas que el ministro socialista Enrique Barón cerró el 1 de enero de 1985, arrebatado, como todo su Gobierno, por el impulso a eliminar líneas consideradas (económicamente) deficitarias, presa del liberalismo escasamente matizado de sus pares al mando del país. Las poblaciones de Urda y Los Yébenes, sin ir más lejos, por las que discurren los AVE sin detenerse, disponían de un servicio ferroviario Madrid-Puertollano con conexiones a la red nacional, pero lo perdieron al ser “elegidas” en el trazado de la alta velocidad Madrid-Sevilla.

5) Reconózcase, al tiempo, que los daños ambientales impuestos por las exigencias que la alta velocidad impone a la geografía, con curvas amplísimas y mínimas pendientes, superan en muchos casos lo sostenible, deformando para siempre el territorio y el paisaje y degradando además los ecosistemas afectados.

6) Elimínese la competencia en la red ferroviaria, porque siempre es generadora de malos pensamientos por mor de la competitividad y las ventajas relativas, que siempre llevan a la reducción de costes en personal e, inevitablemente, seguridad.

7) Retómese la política de ferrocarriles como una causa nacional de equilibrio e integración social y territorial, así como de reducción de daños ambientales y perjuicios sociales. Vuélvase al “espíritu” del Plan General de Ferrocarriles de 1986, en mala hora fulminado por el ventarrón del AVE, y vuélvase a la conveniencia de hacer más tupida la red actual.

8) No se tema (no se tema demasiado: actúese con la prudencia debida), lesionar a ese (temible, bien es verdad, por lo poderoso) “bloque” de intereses formado por las grandes empresas del transporte, del petróleo y del automóvil (ahí es nada, pero es necesario); tómese como objetivo y con especial ahínco el reducir los tráficos por carretera de mercancías en primer lugar, y también de automóviles de uso individual o familiar.

9) Evítese a los ministros bocazas, tipo Óscar Puente, que glosan al AVE sin saber de lo que hablan y descártense a la cabeza de la política ferroviaria a economistas liberales (siempre peligrosos) y a tecnólogos incultos (muy abundantes): unos y otros han creado un monstruo al que amamantan contra toda lógica y sensatez.

10) Reconózcase que la envergadura de los daños, humanos en primer lugar, son inadmisibles, que dos accidentes masivos y mortales en un mismo año, con un centenar largo de víctimas mortales destrozadas, resulta absolutamente intolerable, y no pueden dejarse pasar como si nada, o como si se pudiera volver a las andadas pasado el trauma. Que la tecnología implicada en la alta velocidad no puede darse (tampoco) por segura, al menos en relación con los desastres que implican sus fallos.

Yo propondría, como iniciativa urgente y necesaria, un seminario intensivo a los actuales decisores en materia ferroviaria sobre los desastres que implican las prisas, es decir, el virus, dejado en libertad, de la velocidad a todas luces excesiva del AVE, por el alto riesgo que comporta. Y que dejen de mirarse en China o Japón, que en Europa la alta velocidad hace tiempo que se estancó y es de irresponsables arrogarse el liderazgo en esa tecnología.

Pedro Costa Morata
Publicado en Alteridad

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