Sociedad migrante

Ximo García Roca
De una sociedad con inmigrantes está naciendo una sociedad migrante, que se construye en el encuentro entre personas diferentes, en el intercambio de capacidades, en el reconocimiento de vulnerabilidades compartidas y en el enriquecimiento mutuo entre pueblos. Surge lentamente una forma de pertenencia que va más allá del documento nacional de identidad, de las patrias excluyentes y de los arraigos definitivos
Las organizaciones solidarias y las entidades cívicas han colaborado decididamente en la regularización administrativa de las personas que viven y trabajan, aman y sufren en España. La medida es razonable para ampliar el mercado laboral, aumentar las cotizaciones a la Seguridad Social y contribuir a equilibrar la brecha demográfica de una sociedad envejecida. Pero, sobre todo, es una medida justa en el largo camino hacia la igualdad, el reconocimiento de vidas invisibilizadas y la consolidación de derechos y responsabilidades.
Es un camino sostenido por esperanzas y desolaciones personales, por aspiraciones colectivas y profundas desigualdades. El joven senegalés creyó que era irreversible cuando fue expulsado ante la valla de Melilla: «Si vosotros construís muros, nosotros construiremos túneles». Hoy, sin embargo, ese camino permanece bloqueado por prejuicios ideológicos que proyectan sobre las migraciones las carencias irresueltas y las frustraciones colectivas. Se ignoran así las razones y los datos que demuestran que no estamos ante una invasión, que las personas migrantes no quitan empleo, no aumentan la delincuencia ni colapsan los servicios públicos.
Frente al fanatismo y la xenofobia, que alimentan el odio hacia las personas migrantes, proclaman la prioridad nacional y proponen centros de internamiento en países extracomunitarios, necesitamos recrear los mapas cognitivos, los marcos afectivos y las políticas de inclusión. Necesitamos un horizonte que haga visibles las aspiraciones de quienes están en peor situación y abra un camino de humanidad para todos.
El ideal de una sociedad migrante se anticipa en múltiples espacios cotidianos que transforman nuestra comprensión de la identidad, de la pertenencia y de la convivencia. Pregunté a una persona si era inmigrante y me respondió que era «algo más que inmigrante»: somos hermanos y hermanas, padres e hijos, maestros y abogados, gerentes y hortelanos, cantantes, poetas, amantes de los animales, estudiantes y profesores.
La sociedad migrante aspira a la igualdad de trato y al acceso a los servicios públicos según la necesidad. No necesita políticas asistenciales dirigidas exclusivamente a los inmigrantes, que con frecuencia terminan segregándolos, sino bienes de justicia, servicios públicos y medidas de prevención, inclusión y desarrollo adaptadas a cada situación de vulnerabilidad. El tiempo en que las personas migrantes eran consideradas objetos de asistencia ha quedado atrás. Hoy son socios, aliados, compañeros y conciudadanos. La prioridad social no la determina el origen, sino el grado de vulnerabilidad y la magnitud de la necesidad; todos atravesamos momentos de fragilidad y de extranjería, contextos que incapacitan y otros que protegen, vínculos frágiles y vínculos consolidados.
A escala cotidiana, la sociedad migrante se hace visible cada día en el patio de una escuela, donde niños y niñas juegan sin importarles el color de la piel, se entienden aunque hablen lenguas diferentes y se abrazan sin reparar en el origen o la nacionalidad. Todo ello ocurre antes de que las pantallas y las redes sociales modelen sus prejuicios y sus hábitos. Al fin y al cabo, extranjero es alguien a quien todavía no conocemos.
A escala planetaria, la sociedad migrante se manifestó en los pueblos devastados por la dana, donde la destrucción no distinguía entre nacionales y extranjeros. Lo vemos también hoy en las catástrofes naturales que derriban barreras físicas, mentales y afectivas entre países ricos y empobrecidos. Cuando la destrucción alcanza a todos y nos reconocemos miembros de un mismo «nosotros», dejan de servir los viejos esquemas que clasifican a las personas entre «los de casa» y «los de fuera», entre residentes e inmigrantes. Si una parte muy importante de la población mundial no vive donde nació, con independencia de su lugar de residencia, su origen o su condición social, existen derechos que todos deben respetar, bienes de justicia que todos deben poder disfrutar y responsabilidades a cumplir.
En una sociedad con inmigrantes parece que, cuando unos ganan, otros pierden. La sociedad migrante, por el contrario, se sostiene sobre una lógica cooperativa: todos ganan cuando quienes viven y trabajan en un mismo país participan plenamente en los sistemas laboral, sanitario, educativo y de vivienda. Y, si los recursos públicos resultan insuficientes, estaremos en mejores condiciones para reclamarlos juntos. Porque necesitamos todas las energías, todas las capacidades, todas las iniciativas y todas las miradas.
Ximo García Roca
Publicado en Levante.emv



