Vicent Garcés: “La democracia hay que defenderla antes de que parezca estar en peligro mortal”

Vicent Garcés durante la presentación del libro en Valencia el pasado juevesLVE
El valenciano, exasesor de la Unidad Popular y autor clandestino de ‘Chile. Análisis del primer año de dictadura militar (1973-1974)’, habla en esta entrevista de su experiencia junto a Salvador Allende, del golpe de Pinochet y de la vigencia de aquella tragedia medio siglo después: «Las democracias no son irreversibles»
Vicent M. Garcés (Liria, 1946) vivió desde dentro los últimos días del Gobierno de Salvador Allende y la llegada de la dictadura de Augusto Pinochet. Su hermano Joan Enric, asesor político del presidente chileno, estuvo junto a él en La Moneda durante aquellas horas decisivas. Garcés consiguió salir del país y, un año después, escribió en la clandestinidad Chile. Análisis del primer año de dictadura militar (1973-1974), un libro que pretendía dejar constancia de la represión y desmontar el relato impuesto por la Junta Militar. Publicado bajo el seudónimo de Pablo Santillana, su distribución quedó truncada por la represión. Más de cincuenta años después, la obra ha sido reeditada en Chile y regresa ahora a València. En esta entrevista, que se realizó el viernes a distancia, Garcés recuerda aquella experiencia, explica cómo nació el libro y reflexiona sobre las lecciones que dejó el golpe de 1973 para las democracias de hoy.
Usted y su hermano fueron asesores de Salvador Allende. ¿Qué recuerda de aquellos días previos al 11 de septiembre de 1973? ¿En qué momento percibió que el golpe militar ya era inevitable?
Mi hermano Joan Enric era el asesor político personal de Salvador Allende. Yo trabajé como ingeniero agrónomo en el Ministerio de Agricultura, participando en el diseño de algunas políticas agrarias en aquellos tiempos de transformación del sector agroalimentario impulsado por el gobierno progresista de la Unidad Popular.
Recuerdo aquellos últimos meses como un tiempo de enorme ilusión y esperanza popular. También de una fuerte resistencia por parte de los poderosos sectores oligárquicos chilenos y sus patrocinadores del gobierno del presidente Nixon en EE.UU. El abortado Tanquetazo del 29 de junio advirtió sobre la existencia de sectores golpistas en el interior de las FF.AA. Aumentaban la desestabilización económica, la violencia de grupos de extrema derecha y la implicación de sectores militares claramente golpistas. Pero hasta el último día existía la esperanza de una salida política a la crisis y que las Fuerzas Armadas se mantendrían dentro de la Constitución subordinadas al Gobierno legítimo y democrático del presidente Allende.
Fue la noche del 10 al 11 de septiembre cuando los golpistas se impusieron en el interior de las FF.AA. y salieron a la calle a derrocar al gobierno de Chile e imponer la ley de la fuerza a sangre y fuego. Fue mi hermano Joan quien esa madrugada me informó que el golpe había iniciado y que él, acompañando al presidente Allende, se dirigía a La Moneda.
El libro fue escrito apenas un año después del golpe, en 1974, bajo el seudónimo de Pablo Santillana y en condiciones de semiclandestinidad. ¿Qué necesidad personal y política le llevó a escribirlo tan pronto, cuando todavía estaba tan presente el miedo y la represión?
Fundamentalmente, una necesidad de informar y resistir. Queríamos explicar qué estaba sucediendo en Chile cuando todavía estaba sucediendo.
Después de salir de Chile, estuve un tiempo en La Habana. Allí Beatriz Allende, una de las hijas del presidente Allende, me impulsó a continuar el trabajo de búsqueda de información lo más completa posible sobre lo que estaba ocurriendo en el interior de Chile, más allá de la versión de los golpistas. Para eso me desplacé a Buenos Aires y allí, con Eduardo Trabucco, socialista como yo, articulamos una amplia red de recogida de información. En condiciones de semiclandestinidad comenzamos a elaborar informes periódicos que nutrían los boletines de la resistencia chilena en el exterior. Aquellos informes, documentos y análisis, posteriormente ordenados y reelaborados, terminaron convirtiéndose en el libro.
Había urgencia. Cada día llegaban noticias de detenciones, torturas, asesinatos y persecuciones. Era necesario escribir, narrar los hechos, porque había que dejar constancia de lo que estaba ocurriendo y porque informar era también una forma de luchar contra la dictadura.

Allende durante una concentración de la Unidad Popular.© Archivo de la familia Puccio Huidobro.
Usted vivió desde dentro la experiencia de la Unidad Popular. Con la perspectiva de más de medio siglo, ¿qué cree que se ha entendido mal o se ha simplificado demasiado sobre aquel proyecto político y sobre las razones que condujeron a su fracaso?
Se ha simplificado Se ha simplificado interesadamente diciendo que la Unidad Popular fracasó porque su proyecto era inviable. No comparto esa interpretación. Se intentó un proceso de cambio en libertad, democrático, pluripartidista y dentro de la Constitución. Con profundas transformaciones económicas y sociales que iban fortaleciendo la dignidad y el poder de las clases populares frente a las tradicionales y ya existentes fuerzas de las oligarquías chilenas. Se avanzaba hacia la construcción del socialismo en libertad y democracia. Era una experiencia inédita, vista con mucho interés por las fuerzas populares de América Latina y Europa, fundamentalmente.
¿Se cometieron errores? Seguramente. No era fácil avanzar en línea recta y precisa en un contexto de confrontación en el que las fuerzas oligárquicas chilenas y el gobierno de Nixon y Kissinger estaban empeñados en desestabilizar y acabar rápidamente con ese ejemplo.
En mi libro de 1974 aparecen autocríticas de los partidos de la Unidad Popular, pero también se afirma que esos errores no justificaban el asalto militar, el golpe, la muerte y destrucción, la dictadura y la violación de todos los derechos humanos que siguieron.
La lección no es que intentar transformar democráticamente una sociedad conduce necesariamente al fracaso. La pregunta sigue siendo cómo hacer compatibles la transformación social, el pluralismo político y la defensa de la democracia frente a quienes están dispuestos a destruirla.
El libro pretendía también disputar a la Junta Militar el relato sobre lo que estaba ocurriendo en Chile. ¿Hasta qué punto era consciente entonces de que la batalla por la información y por la memoria iba a ser también una batalla política?
Sí, aunque probablemente entonces hablábamos más de información que de memoria histórica. Comprendimos inmediatamente que la Junta quería controlar no solamente el país sino también el relato de lo que estaba sucediendo.
Por eso en la elaboración del libro se utilizaron documentos oficiales de la propia dictadura, prensa chilena e internacional, declaraciones de partidos de la Unidad Popular, de la Democracia Cristiana y del MIR, sindicatos y organizaciones sociales, documentos clandestinos y testimonios procedentes del interior y del exilio.
Eso confirma algo que entonces intuíamos: la lucha contra una dictadura también es una lucha para impedir que la dictadura monopolice la verdad.

Augusto Pinochet y su esposa Lucía HiriartTerceros
¿Cómo consiguió escribir y hacer circular un libro como este en aquellas circunstancias? ¿Qué papel desempeñaron las redes de solidaridad y el exilio para que aquel testimonio pudiera salir de Chile y llegar a otros países?
Sin aquellas redes, el libro no habría existido. A Buenos Aires llegaban testimonios de quienes escapaban de Chile, documentos transportados clandestinamente, informaciones facilitadas por personal diplomático, periódicos y emisiones de radio. También llegaban dirigentes políticos y sociales que habían conseguido salir clandestinamente del país.
El seudónimo de Pablo Santillana era una medida de protección. También se indicó falsamente París como lugar relacionado con la redacción. Todo ello buscaba dificultar mi identificación por los servicios represivos chilenos y argentinos.
Según los editores, Prensa Latinoamericana imprimió 8.000 ejemplares. No consiguió tener una distribución normalizada. La creciente represión argentina y la preparación del golpe militar posterior lo impidieron.
En sus páginas aparece el impacto inmediato de la represión: las detenciones, los asesinatos, la persecución política y el exilio. Al releer hoy aquel texto, ¿hay algún episodio o algún pasaje que le siga resultando especialmente difícil de recordar?
Más que un episodio concreto, lo que me sigue impresionando es la velocidad con que cambió la vida de millones de personas. Un país como Chile, con una larga tradición democrática, se convirtió en veinticuatro horas en un país de detenciones, torturas, ejecuciones, clandestinidad y exilio.
Imborrable la imagen de cuando sacan a Allende muerto de La Moneda. O las largas horas de incertidumbre sobre el paradero de mi hermano.
La reedición llega más de cincuenta años después y se publica precisamente en Chile. ¿Qué significa para usted que un libro que nació en la clandestinidad pueda regresar ahora al país de manera pública y pueda ser leído por generaciones que no vivieron el golpe?
Es cerrar un círculo que durante muchos años pensé que nunca se cerraría. El libro nació fuera del país, con el corazón y el cerebro dentro de Chile, escondiendo el nombre de su autor, tuvo una distribución frustrada y sobrevivió disperso en unos pocos ejemplares. Medio siglo después Ediciones Pampa Negra, desde Antofagasta, resucita el libro.
La reedición devuelve el libro al país y devuelve al autor su verdadero nombre. Pablo Santillana ya no necesita esconder a Vicent Garcés.
Pero lo que más me interesa son los jóvenes. No quisiera que recibieran el libro como una reliquia. Quisiera que lo discutieran, incluso críticamente. La información y los documentos nacidos bajo persecución deben preservarse, contextualizarse, discutirse y transmitirse a las generaciones siguientes.
Una de las ideas que atraviesa esta reedición es la fragilidad de las democracias. Después de haber vivido en primera persona la destrucción de una democracia como la chilena, ¿qué señales deberían preocuparnos hoy cuando vemos crecer la polarización, el autoritarismo o la desconfianza hacia las instituciones?
La principal lección es que las democracias no son irreversibles. Hay señales que deberían preocuparnos: cuando se convierte al adversario en enemigo; cuando se normaliza la violencia política; cuando se desacreditan sistemáticamente las instituciones democráticas; cuando grandes poderes económicos o mediáticos, internos o externos, consideran que sus intereses están por encima de la democracia, la libertad y la justicia social; cuando la mentira reiterada sustituye al debate sobre los hechos; y, sobre todo, cuando una parte de la sociedad empieza a considerar aceptable una solución autoritaria.
Chile tenía una larga tradición constitucional. Tenía Constitución, Parlamento, partidos políticos, sindicatos, universidades, prensa y elecciones. Allende amaba la libertad; quiso darle una salida política democrática a la aguda crisis existente. Lo impidieron. Todo fue destruido.
Mi experiencia posterior en España reforzó esa convicción. Regresé cuando el franquismo se acercaba a su final, participé en la recuperación de las libertades y las autonomías, en la rearticulación del socialismo, en la construcción de las instituciones democráticas y a tratar de resolver los conflictos mediante las armas de la política y no de la represión y la muerte. Creo que la democracia hay que defenderla antes de que parezca estar en peligro mortal.

Soldado portan el cuerpo sin vida de Salvador Allende Uncredited / LaPresse
Chile ha hecho durante décadas un complejo ejercicio de memoria sobre la dictadura de Pinochet. ¿Cree que la sociedad chilena ha conseguido cerrar aquella herida o considera que todavía existen batallas pendientes sobre la verdad, la justicia y la memoria?
Chile ha realizado un enorme esfuerzo de verdad, justicia y reparación durante décadas, sobre todo tras la detención de Pinochet en Londres. Ha recuperado la democracia, ha investigado crímenes, ha desarrollado políticas de memoria y ha llevado ante la justicia a responsables de graves violaciones de los derechos humanos. Pero no creo que una experiencia de esa magnitud pueda declararse simplemente «cerrada». Ninguna diferencia política justifica destruir la democracia, torturar, asesinar o hacer desaparecer al adversario.
La propia historia del libro lo demuestra. Si más de cincuenta años después un documento escrito en aquellas condiciones vuelve a Chile y suscita interés, significa que aquella historia todavía plantea preguntas al presente.
Usted escribió este libro para explicar un presente que acababa de vivir y para impedir que otros impusieran el relato. Medio siglo después, ¿qué le gustaría que un joven que hoy lo lea entendiera sobre aquel 11 de septiembre de 1973 y, sobre todo, sobre el valor de defender la democracia antes de que sea demasiado tarde?
Ante todo, quisiera que entendiera que lo ocurrido no era inevitable. La historia siempre contiene alternativas y decisiones humanas. En el mundo de hoy debería prosperar la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.
Quisiera también que la juventud de hoy comprendiera qué significó aquella generación que lo intentó. Con todas nuestras diferencias y errores, muchos creímos posible construir una sociedad más justa, libre, igual y solidaria sin renunciar a la democracia. Y quisiera que entendiera qué ocurre cuando se abandona la política y se acepta que las armas decidan quién tiene la razón.
Eso es probablemente lo más importante que quisiera que sobreviviera de Chile. Análisis del primer año de dictadura militar (1973-1974): no solamente la memoria de lo que ocurrió, sino una advertencia para quienes todavía pueden impedir que vuelva a ocurrir.
Salvador Enguix
Publicado en La Vanguardia



